Hace unos días releí por casualidad un artículo de hace unos años, que destacaba una frase que ya me había llamado la atención. “La mujer española vive mucho porque habla mucho” afirmaba el psiquiatra Luis Rojas Marcos. Para mí hablar es tan necesario y positivo como comer o beber y, como tal, solo puede tener efectos beneficiosos, así que, teoría validada.

Rojas Marcos mantiene que al hablar se fomentan las relaciones personales y afectivas, lo que favorece la capacidad de enfrentarse con los malos momentos. Además, el neuropsiquiatra afirma que hablar es uno de los protectores de la felicidad. ¡Todo son ventajas!

No necesito buscar más información sobre este tema, porque cada día lo confirmo y ratifico, no solo en mí misma, sino en las mujeres de mi familia, amigas y conocidas. Hablar nos libera, conecta y enriquece tanto, que, salvo por timidez, agotamiento, enfermedad o alguna razón muy particular, sorprende que haya personas que no disfruten del placer que supone hablar y hablar…, con todos y de todo. Siempre se ha dicho que es algo mayoritariamente femenino. Ni tengo datos ni sé si es un prejuicio, pero sí sé que para la mayoría de nosotras es esencial.

Mi madre, con la que hablo todos los días, me dice “Hija: Me alegra ver que soy una especie de válvula de escape para ti, que sirve para que no llegue ninguna sangre al río”. En nuestra conversación, donde le cuento una retahíla de sucesos, ironías, quejas, reivindicaciones…, puedo hablar con un tono elevado o suave, reírme, llorar, enfurecerme, relajarme e incluso pasar de un estado a otro, sin casi despeinarme. Todo ello entremezclando mi voz con sus palabras y consejos. Después de nuestra conversación, las nos quedamos más animadas, más tranquilas, más unidas.

Otra persona que también era consciente del resultado que producía en mí hablar y discutir, cuando era pertinente, fue uno de mis jefes. Erróneamente interpretaba que cuando entraba a su despacho para hablar o reivindicar algo a mi parecer justo, por supuesto dentro de los límites de la educación y buenas formas entre jefe y empleada, tras esa charla o discusión me quedaba, entre comillas, como una seda, cosa que, en su opinión,  valoraría mi familia, sobre todo mi marido, al regresar a casa después de un estresante día de trabajo. Siempre le insistia en que no se trataba tanto de mi probable relajación posterior (quedarme a gusto), como de que, si no lo hablaba, aun cuando al final no consiguiera lo que perseguía, me sentía fatal. Ahora sé que ¡hasta me podría haber acortado la vida!  Menos mal que lo hablaba, incluso contra viento y marea, y aunque a veces pudiera perjudicarme.

Hablar es una de las mejores y más efectivas terapias. Y si no que se lo digan a muchos de nuestros mayores, que no tienen  familia o viven solos. Cuando les preguntan qué echan de menos o qué le gustaría tener que no tengan, dicen, sobre todo si son mujeres: compañía, poder hablar con alguien.

Y aunque solo sea hablar para hablar también es fabuloso. Hablando y escuchando, aprendemos, incluso del que menos lo esperamos y en conversaciones nada intelectuales.  Si en esa conversación activamos la escucha activa, mucho mejor. Nos daremos cuenta de muchas cosas que nos estaban pasando desapercibidas y que podrían mejorarnos y mejorar nuestro entorno. Algunos caballeros deberían de probarlo. Otros no lo necesitan, porque hablan tanto o más que nosotras.

En caso de que seamos tan soberbios que pensemos que no necesitamos hablar o que es una pérdida de tiempo, ¡ojo al dato!, su vida -según los científicos- será menos longeva y ya sabemos que, a medida que nos hacemos mayores, la mayoría cada vez se aferra más a ella.