Hoy, 4 de abril, se cumplen seis meses desde que me dio un infarto. Sé que no soy el único y que, además, soy un afortunado porque lo puedo contar. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2015 fallecieron en España a causa de esta enfermedad 422.568 personas, lo que significa que los infartos son la principal causa de mortalidad en este país. Los infartos, desconozco si es por casualidad o no, afectan más a los hombres que a las mujeres pero en ningún caso del estudio se puede desprender que los actores de cine, al margen de su calidad profesional, sean más proclives a este tipo de dolencias que el resto de los mortales. Si los factores de riesgo mayores para el infarto son el sedentarismo, el tabaco y la obesidad resulta incomprensible que una médico deje colarse a una de esas estrellas rutilantes en su consulta dejando atónitos al resto de los pacientes y teniendo en cuenta que practica ejercicio y no está gordo. Lo de fumar lo desconozco.

A lo mejor hay otros estudios posteriores y más documentados que el que me acabo de referir y será por eso que una cardióloga del Hospital La Princesa de Madrid de nombre María Teresa debió de entender que por delante de varias personas que estaban allí tenía la obligación de atender al actor José Coronado, que ni siquiera tenía cita.  Me había costado seis meses y varias reclamaciones por escrito que me recibiera la cardióloga. Al actor parece que bastante menos. Es más, supongo que le bastó con una simple llamada a su pariente (la médico). Más tarde explicaré en este caso concreto el significado de la palabra pariente. Primero voy al relato cronológico.

Estaba citado a las 12.54 horas y llegué más que puntual. Con las cuestiones de salud no se juega. Ya me advirtió la enfermera de que la cosa se iba a retrasar; algo nada raro en las citas médicas. A esa hora había delante de la puerta de la consulta unos diez pacientes, unos acompañados y otros no. Pasadas las 13.30 una persona entró y se sentó en la habitación donde estaba la enfermera que era una especie de antesala a la consulta.

No se dignó a esperar con el resto de los pacientes. La enfermera con voz lacónica y tal ver un poco avergonzada por la situación nos comentó que había venido un “pariente” de la doctora María Teresa y que iba a atenderle antes. Dicho así parecía un claro caso de enchufe. Vamos, que si eso le ocurre a un político se pasa el día pidiendo perdón y dando explicaciones. Pero en aquella consulta todo parecía normal, como si ese tipo de situaciones se dieran con frecuencia.

Pasados unos 25 minutos veo salir a un hombre de estatura mediana (sin la barba blanca) con el casco de la moto en su mano izquierda. Se despide con un par de besos de la enfermera, signo inequívoco de que se conocían de antes y de que era un modus operandi habitual. Se va sin saludar, aún sintiéndose observado (él pensaría que admirado). Era la típica escena de una película que bien podría interpretar Coronado en la que daba vida a un señorito que se colaba en la consulta del médico y que ni siquiera se atrevía a mirar a la cara a los pringados que estaban allí esperando desde hacía más de una hora.

La indignación por el desprecio de quien se siente el centro del mundo por creerse una estrella y las mentiras de la médico alegando que iba a recibir a un pariente hizo que algunos de los allí presentes nos indignáramos. Yo mismo fui donde la enfermera para exigir una explicación y para que me enseñara la lista de pacientes. La buena mujer alegó que la Ley de Protección de Datos se lo impedía, olvidándose de que nos había llamado a todos en voz alta uno a uno por nuestros nombres y apellidos y que en dicha lista (que pude ver porque la tenía encima de su mesa) no estaba el nombre de José Coronado.

Casi al mismo tiempo un señor de avanzada edad junto a su mujer pedía con educación pasar antes que algunos de nosotros (creo que cuatro en total), porque tenía otro médico a las tres en otro centro lejos de allí y no iba a llegar a tiempo. Nadie puso ningún reparo a pesar de que el retraso en la cita con la cardióloga (al menos en mi caso) era ya más de hora y media. Mientras tanto, volví a la carga e insistí con la enfermera para saber si había un protocolo especial exclusivo para personas con el corazón más dañado y que permitiera entrar en la consulta sin cita previa,  el nombre del responsable de la unidad de cardiología del Hospital de La Princesa, su número de teléfono. Todo fue un encogerse de hombros aunque acertó a decir con un hilo de voz apenas imperceptible el nombre de Fernando.

A la médico preferí no decirle nada. Me interesaba más que me informara sobre mi estado de salud que mantener una discusión que no iba a llevar a ninguna parte. Pero el sentimiento de rabia e impotencia no se me iba de la cabeza. Pregunté a la doctora por varias cuestiones médicas, entre ellas saber el número de pulsaciones que debía mantener mientras realizaba alguna actividad deportiva. Su respuesta fue desmoralizadora. Me hizo ver que en una  consulta de “seis minutos” (la verdad es que no recuerdo si dijo seis u ocho) no me podía dar todas esas explicaciones. Como solución, me envió a que hiciera rehabilitación en el hospital Gregorio Marañón, donde podrían satisfacer todas mis curiosidades.

Volviendo a Coronado, cuando la médico me decía esas cosas mirándome a los ojos y sin ruborizarse lo más mínimo, me acordaba que su “pariente” se había tirado allí más de veinte minutos (una pena no haberlo cronometrado ni haberme sacado un  selfie para ilustrar la historia)  y de que salió de allí con una sonrisa de oreja a oreja y dando dos besos a la enfermera. Yo, que había pedido cita y que había esperado 105 minutos en ser recibido por la cardióloga, salí malhumorado y sin apenas mirar a los ojos de la enfermera. Yo, es que sólo soy un simple periodista sin aspiraciones a ponerme pajarita en la gala de los Goya.

Iñigo Corral