“Cuando era joven me discriminaban por ser mujer y ahora me siento discriminada por ser mayor”. Esta frase, pronunciada por Margarita Salas a los setenta y siete años en su despacho del Instituto de Biología Molecular Severo Ochoa donde continuaba trabajando, es quizá la que mejor define toda su vida.
Margarita nació en 1938 en un pueblecito asturiano llamado Canero. Cuando tenía un año se trasladó junto a su familia a Gijón. A los tres años entró en un colegio de monjas en el que cursó sus estudios hasta finalizar el bachiller. Sus padres siempre tuvieron muy claro que sus tres hijos, dos chicas y un chico, tenían que hacer una carrera universitaria por lo que Margarita hizo el curso preuniversitario decantándose por las ciencias, que le parecían más interesantes.
Química
Cuando llegó la hora de escoger carrera no acababa de decidirse entre Ciencias Químicas y Medicina. Así que optó por ir a Madrid para estudiar un curso selectivo que le valdría para ambas. El selectivo constaba de cinco asignaturas: Física, Química, Matemáticas, Biología y Geología que había que aprobar para acceder a la carrera de Químicas. Mientras que para hacer la de Medicina no hacía falta aprobar Geología, asignatura que a Margarita no le entusiasmaba pero que aprobó igualmente. Finalmente se decidió por la Química que enseguida le encantó por la cantidad de prácticas de laboratorio que se realizaban. En especial, en el tercer año, en el laboratorio de química orgánica hasta el punto que pensó que ese podía ser su futuro.
Aquel verano tuvo la oportunidad de conocer en Gijón a Severo Ochoa a quien su padre, primo político y compañero de la Residencia de Estudiantes, invitó a comer. Durante la comida, Severo Ochoa les propuso acompañarle a una conferencia que daba al día siguiente en Oviedo. La charla, que trataba sobre su investigación, dejó fascinada a Margarita y despertó su atracción por la bioquímica. Ante semejante fascinación, Severo Ochoa le recomendó que hiciese la tesis doctoral en el laboratorio de Alberto Sols, prestigioso bioquímico, en Madrid y luego se fuese con él a Nueva York a realizar su formación post-doctoral.
Eladio Viñuela
Al año siguiente conocería al que fue el amor de su vida: Eladio Viñuela. Se hicieron novios al acabar la carrera y ambos, siguiendo la recomendación de Severo Ochoa, se postularon para hacer su tesis doctoral en el laboratorio de Alberto Sols. Como comentaba Margarita, “por aquel entonces a la mujer no se la consideraba apta para la investigación, se consideraba que las mujeres no valíamos para hacer investigación. Pude hacer la tesis doctoral gracias a que Severo Ochoa me recomendó al director de tesis y gracias a eso me aceptó”.
Años más tarde, en la entrega del premio Severo Ochoa de investigación de la Fundación Ferrer a Margarita, Sols reconocería que cuando esta fue a su laboratorio a pedir plaza para llevar a cabo su tesis, pensó: «Bah, una chica. Le daré un tema de trabajo sin demasiado interés, pues si no lo saca adelante no importa». Esta anécdota da idea del pensamiento de aquella época y del machismo que tuvo que sufrir Margarita durante toda su tesis doctoral.
En EE.UU.
En 1963, tras finalizar la tesis doctoral, se casaron gracias a la beca de 12.000 pesetas que la Fundación March concedió a Margarita, lo que les permitió alquilar un piso. Al año siguiente, siendo ambos ya doctores, se marcharon a Estados Unidos para trabajar en el laboratorio de Severo Ochoa, en la Universidad de Nueva York. Severo Ochoa era consciente de la poca ‘visibilidad’ que podría tener Margarita en un mundo dominado por hombres, pues en la mayoría de los matrimonios que trabajaban juntos los descubrimientos solían ser atribuidos al hombre, así que los separó profesionalmente. En el laboratorio de Ochoa, Margarita nunca se sintió discriminada por ser mujer. Sus logros obtenían el reconocimiento que merecían. Fueron los años más felices de su vida.
De regreso a España
Sin embargo después de tres años, en 1967, decidieron volver porque querían estar en España y desarrollar en su país la biología molecular que habían aprendido en el laboratorio de Severo Ochoa. De hecho introdujeron en la Universidad Complutense la asignatura de genética molecular. Como entonces en España no era posible conseguir financiación para investigar, nuevamente Severo Ochoa les ayudó a conseguir financiación de la agencia americana Memorial Fund for Medical Research para su proyecto: el estudio del virus Phi29. Su objetivo era entender los mecanismos utilizados por el bacteriófago (virus que infecta a bacterias) Phi29 para su morfogénesis, es decir, para formar las partículas del virus a partir de sus componentes: las proteínas y el material genético.
Inicialmente Margarita y Eladio formaron un equipo de investigación y trabajaron juntos en el proyecto. Dentro del laboratorio no tenían ningún problema, ambos eran iguales y respetados de la misma forma por sus doctorandos, todos hombres, pero de cara al exterior Margarita era “la mujer de Eladio”.
Al cabo de unos años, Eladio Viñuela, que era consciente de esta situación, abandonó el proyecto de investigación que compartían e inició otro tema de investigación para dejar a Margarita como directora única de la investigación del fago Phi29. Esta generosidad de Eladio permitió a Margarita Salas convertirse en una científica con nombre propio.
El hallazgo más relevante de su investigación fue descubrir el mecanismo mediante el cual el Phi29 infecta a una bacteria y se reproduce en su interior; el fago introduce su ADN dentro de la bacteria y produce una serie de proteínas, entre las cuales se encuentra la ADN polimerasa, que es la responsable de la replicación del ADN viral y cuenta con propiedades que la hacen única para la amplificación del ADN. Partiendo de cantidades muy pequeñas de ADN puede producir miles o hasta millones de copias para su uso en análisis genéticos, en medicina forense, en estudios arqueológicos, etc. La patente de la ADN polimerasa, hasta que expiró en 2009, es la patente que más beneficios ha dado al CSIC.
Además de su trabajo como investigadora, Margarita Salas dedicó una parte importante de su vida a la docencia. Desde 1968 a 1992 Margarita fue profesora de Genética Molecular de la Facultad de Químicas de la Universidad Complutense pero también tuvo bajo su tutela a un gran número de doctorandos así como alumnos post-doctorales.
En 1988 ocupó la presidencia de la Sociedad Española de Bioquímica y la dirección del Instituto de Biología Molecular del CSIC en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Pasados cuatro años, en 1992, fue nombrada directora del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa y, en 1997, presidenta de la Fundación Severo Ochoa. También pasó a formar parte de la Junta de Gobierno del CSIC y, más tarde del Consejo Rector del mismo. Desde 1989 hasta 1996, fue miembro del Comité Científico Asesor del Max-Planck Institut für Molekulare Genetik de Berlín y, en 2001, del Instituto Pasteur. Fue académica de la RAE donde ocupó el sillón i y perteneció a la comisión de vocabulario científico. En 2007 se convirtió en la primera mujer española en ingresar en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y perteneció a la European Molecular Biology Organization, a la Academia Europea y a la American Academy of Microbiology.
A lo largo de su carrera, Margarita recibió numerosos premios internacionales y nacionales, entre los que se encuentran la Medalla Mendel, el Premio Rey Jaime I, el Premio Nacional Ramón y Cajal, el Premio L’Oreal UNESCO y la Medalla Echegaray.
Investigadora senior
En los últimos años Margarita ya no se sintió discriminada por su género, sino por su edad. La única manera que encontró de seguir investigando después de la jubilación a los setenta años fue su nombramiento por parte del CSIC como profesora ad honorem del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Pero esta es una vía que depende del presidente del CSIC y con la que no todo el mundo puede contar. “Evidentemente un investigador no es lo mismo que un obrero de la construcción, que tiene un trabajo físico y a lo mejor a los sesenta y cinco años no tiene fuerzas para seguir trabajando. Pero un investigador, aunque nos dejen a los setenta, yo por qué voy a ser distinta a los setenta que el día siguiente que tengo setenta más un día. Yo considero que la jubilación es discriminatoria, y yo estoy sintiendo que estoy siendo discriminada por razón de la edad” comentó en una entrevista.
Margarita quería ser como Rita Levi-Montalcini, quien fue todos los días al laboratorio hasta los cien años. Pero su sueño se truncó el 7 de noviembre de 2019 a los 80 años tras una complicación de una dolencia digestiva por la que llevaba tres semanas en observación y de la que iba a ser operada.
Más información aquí.
En este enlace, puedes consultar una extensa entrevista para conocer su visión de las cosas.

Deja un comentario