Todos mis amigos conocen, y muchos siguen, esta revista y los temas que aquí tratamos. Por eso, hace unos días, mi amiga Marta me dio un libro titulado: “Estrategias de carrera para mujeres directivas”. “Por si te interesa”, me dijo.
Se trata de un libro-resumen de unas jornadas que, sobre el tema “Estrategias de carrera para mujeres directivas”, organizó el Instituto de la Mujer dependiente del Ministerio de Asuntos Sociales.
Empecé a leerlo con enorme curiosidad, porque es uno de los trending topics de nuestras conversaciones y disertaciones. Para mi sorpresa, en la cuarta página leí: “No es bueno marcar excesivamente las diferencias eminentemente femeninas en lo que al comportamiento se refiere. Se ha de intentar comportarse, en la medida de lo posible, de modo similar a los hombres…”. ¿Cómo? No daba crédito a lo que estaba leyendo. Pero… ¿de cuándo es este libro? La fecha que aparece en la introducción junto a la firma de su autor es: diciembre de 1989.
Han pasado sólo treinta años y parece que han sido siglos. A lo largo del libro, que aún no he terminado, he encontrado otras “perlas” que no tienen desperdicio. En el capítulo dedicado a cómo aprender a trabajar con colegas masculinos en los equipos de dirección, junto a otras recomendaciones, se dice: “Hay que ser natural, especialmente ante situaciones de acoso sexual, ataque verbal o comentarios soeces. Incluso se recomienda parar estas situaciones con un trato cuasi cordial”. O “la mujer ha de acostumbrarse a un vocabulario fuerte, y a no escandalizarse cada vez que en su presencia se diga algo poco correcto”.
Pero no todo son críticas, ni mucho menos. Ya entonces tenían muy clara la necesidad de acabar con los estereotipos femeninos “que influyen en las decisiones que limitan las oportunidades de carrera de las mujeres”. Aunque me ha hecho gracia que entre los más corrientes se citen: “…está muy extendido el pensar que si una mujer es guapa será necesariamente tonta; que si está casada, tendrá problemas que dificultarán su desempeño laboral (si bien a otros les hace falta saber que está casada para sentir que de ese modo les proporciona mayor seguridad); y si es mayor y está soltera, estará frustrada y tampoco será capaz de realizar un buen trabajo”.
Leyendo el libro tengo sentimientos encontrados; por un lado siento que soy muy mayor (¡qué horror!); estas cosas se decían hace treinta años, cuando yo ya estaba en el mundo laboral, y ahora parecen del Pleistoceno. Por otro lado, siento una profunda satisfacción al comprobar que, ¡afortunadamente!, las cosas han cambiado muchísimo.

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