Estaba recordando mis días de verano en la playa de La Barrosa, en Cádiz. Playa bonita donde las haya. Estaba recreándome en la visión de mi misma sentada en una silla reclinable que me compré este año, con mi marido al lado ya con todo colocado, y con ese vientecillo que siempre hace en Cádiz y sin quererlo he esbozado una sonrisa y he soltado una carcajada, cosa que siempre, y más ahora, es muy sano.
Nosotros solemos llegar pronto a la playa para la hora a la que suele llegar la gente en las playas del sur, aunque es verdad que este verano muchos intentábamos llegar lo antes posible, ante la posibilidad de quedarnos sin sitio en la playa, cosa que nunca ocurrió porque, aunque había bastante gente, la playa de La Barrosa es lo suficientemente larga y ancha, para que quepa mucha gente. Además, todos nos íbamos colocando armoniosamente cumpliendo normativa sin necesidad de que nadie dijera lo que teníamos que hacer.
A primera hora, yo señalaba el lugar más idóneo para instalarnos, mi marido colocaba la sombrilla, yo desplegaba las sillas, nos dábamos el bronceador y nos sentábamos un rato antes de darnos un paseo. El primero de los dos o tres que solíamos darnos cada mañana (este año la vuelta era un poco más incómoda porque, desde luego, se tenía que hacer con las mascarilla puesta). Pasear por esa playa con esa arena tan fina y sin desniveles hay que reconocer que es una verdadera delicia
Día tras día, como esa zona de Cádiz tiene mucho turismo nacional y familiar, acabábamos cruzándonos o coincidiendo con muchas de las personas del día anterior, lo que denota lo que ya sabíamos, y es que las personas somos animales de costumbres.
Este año observaba un comportamiento que se repetía al 95% en casi todas las familias o parejas, que a mí me resultaba especialmente gracioso. La gente para evitar el contagio, se hacía una especie de parcela marcando alrededor en la arena hasta donde llegaba su espacio y con ellos yo deducía si eran más o menos egoístas en función de la parcela que señalaban.
Pero no quiero irme de la idea lo que me hacía realmente muchísima gracia, que pasa siempre, pero que este año he observado en detalle, era que normalmente es la mujer la que decide el lugar donde se debe de instalar el habitáculo y esto requiere de su estudio pormenorizado, de tal manera, que normalmente las mujeres y digo las mujeres porque yo también lo hago, una vez en la arena oteábamos el horizonte y nos adelantábamos escrutando el lugar más idóneo para colocarnos. Y nuestros queridos chicos siguiéndonos detrás, no llenos de bártulos y nosotras sin nada, como en el chiste, pero sí que es verdad que siempre un poco más cargados (para eso tienen más fuerza física).y pacientemente esperaban a que nosotras encontráramos sitio donde establecernos o, como diría aquel, árbol donde ahorcarnos. La realidad es que en muchos casos, incluyendo el mío propio, primero decía aquí y luego me ponía a calcular cuánto subiría la marea hasta la hora en la que me iría (porque depende de la luna) y entonces decidía que nos pusiéramos un poco más pegados a la orilla y, cuando ya mi marido, como tantos otros hombres, iba a pinchar el palo de la sombrilla, le decía que un poco más a la derecha o un poco más a la izquierda, o más arriba o abajo, de tal manera que colocarnos suponía una especie de proceso no exento de su ritual.
En fin, que este mismo comportamiento lo observaba en muchísima gente, con el papel de la mujer igual al mío y el del hombre igual al de mi marido. Hubo algún caso que el hombre ya harto de lo que su chica tardara tanto en elegir el sitio idóneo en semejante playa, tan larga y ancha, que tiraba todos los bártulos y se sentaba pacientemente a esperar la decisión y en otros el señor presa de la ira porque estaba deseando soltar todo y ponerse debajo de la sombrilla de una pu.. vez, le daba un grito a la susodicha y se ponía a colocar la sombrilla donde la daba la gana, craso error, porque muchas veces la tenía que acabar cambiando, porque su mujer no le había hecho ni caso y había decidido que no debía de colocarse ahí y había dejado su silla y la bolsa en otro lado.
Hay que reconocer que hay muchos comportamientos que se repiten en un sexo y otro sexo sin darnos cuenta pero que, por lo menos en mi opinión, denotan que hay diferencias, pero tampoco pasa nada, porque aunque el mundo se empeñe en mostrarnos a cambiar las minucias o a centrarnos en lo inocuo, los que nos jactamos de tener sentido común y defender que pongan a las mujeres en el lugar que nos corresponde, sabemos que este tipo de cosas son tonterías e incluso tienen su morbo y que las minucias y lo superfluo no hacen que cambien las cosas aunque nos lo quieran vender a diario.

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