En estos días de vacaciones de Semana Santa para unos y de prevacaciones para otros, he salido tres días al pueblo donde nació mi padre. Todas las mañanas, prontito, porque, aunque es Castilla-León me doy cuenta como el cambio climático es una realidad -no hace para nada el frío que hacía cuando veníamos algún fin de semana de pequeñas-, saco a mi perrita a una zona de campo que llamamos “el Parque”. Me encanta esta hora de la mañana, con el rocío todavía brillando sobre las hojas y el césped. Me tranquiliza andar por calles casi vacías.

Es precioso observar la naturaleza en todo su esplendor. Un montón de cigüeñas con su característico ruido de chasquido de sus picos – que he visto que se llama crotoreo- han anidado en la torre de la iglesia, como todos los años. Pero, sobre todo, siguen estando año tras año en su árbol enorme y centenario.  Y cada vez hay más. He contado hasta 10 nidos.

Según subía al Parque vi un par de carteles pegados en tiendas que rezaban lo siguiente: “Asociación de amas de casa organiza viaje a León. El autobús saldrá a las …, comeremos en …… y vuelta a las 7 de la tarde”. Este cartel me recordó otro que había visto en la parte baja del pueblo. También recordé un reportaje en la televisión sobre las amas de casa de un pueblo de Andalucía que se reunían todas las tardes para cocinar, tejer, hablar, e intercambiarse recetas y consejos tradicionales.

Esto me llevo a reflexionar sobre el papel tan importante que han tenido y siguen teniendo las amas de casa. Amas de casa fueron la mayor parte de nuestras madres, y prácticamente todas nuestras abuelas. Y aunque es verdad que muchas tuvieron que hacer ese trabajo no tanto por vocación como por obligación, siempre pusieron todo el esfuerzo y el cariño en él.

En nuestra generación también algunas, muchas con sus carreras universitarias, decidieron dedicarse a los hijos y la casa. Unas de alguna forma se sintieron obligadas y otras lo hicieron con pleno convencimiento de la necesidad de quedarse en casa y encargarse de todo.

Yo soy la primera que no me hubiera gustado dedicarme a la casa en toda su plenitud y no haber ejercido mi profesión. Y aunque se podría decir que pertenezco a esa generación que hemos sido todo a la vez, trabajadoras fuera, amas de casa, madres, esposas, hijas, esa generación de mujeres que nos hemos vuelto locas para conciliar, siempre hemos sabido de la importancia de ese trabajo porque hemos necesitado de otras mujeres (madres, cuidadoras…,  que nos ayudaran con todo ello)

En esta época donde las nuevas generaciones empiezan a ser verdaderamente conscientes de que repartir las tareas de la casa y el cuidado de los hijos es realmente importante y necesario para que las mujeres puedan, si lo quieren, trabajar fuera de casa sin vivir a salto de mata o no tener una jornada que no acabe nunca, nos gustaría resaltar y poner en el lugar que se merece el papel tan importante que han realizado y que hoy siguen realizando todas esas mujeres.

A ellas les debemos su generosidad, paciencia y dedicación infinita, para tener todo preparado en pos del bien común y de su familia. A ellas les debemos haber luchado por mantener unidas familias y matrimonios. A ellas les debemos la generosidad y nulo egoísmo por colocarse en un segundo plano, pero sin el cual el primero no hubiera sido posible. A ellas les debemos el ejemplo de hacer las cosas sin pedir nada a cambio. Gracias a ellas la vida de muchas familias ha ido sobre ruedas. Estas mujeres han sido verdaderos báculos sobre los que se ha sustentado la sociedad.

Todos sabemos que el trabajo de ama de casa es un trabajo bastante ingrato. No se valora todo lo que se hace, pero todo el mundo se queja cuando las cosas no están hechas o algo sale mal. Es un trabajo que pasa desapercibido, pero indispensable. Por eso no lo han querido nunca los hombres.

Las que hemos trabajado fuera, aunque también nos hemos encargado en parte de lo de dentro, muchas veces hemos mirado por encima del hombro a las que se han quedado en casa, pero enseguida nos dimos cuenta que ser ama de casa requiere esfuerzo, trabajo, compromiso, dedicación y nada de egoísmo por eso ahora que se lucha tanto para repartir estas tareas no estaría nada mal dedicarles un verdadero homenaje a todas las que lo hicieron, lo hacen y lo harán con todo el amor del mundo. Gracias a ellas todo ha ido sobre ruedas.

Ellas sí que han sido economistas, haciendo verdaderos milagros con el dinero, psicólogas escuchando y aconsejando a todos, enfermeras pasando noches en vela cuidando de todos, chefs porque han hecho las mejores comidas con ingredientes básicos, gestoras porque se han encargado de los papeles de todos, modistas porque han hecho maravillosos vestidos. Muchas incluso han sido electricistas, fontaneras y jardineras. A todas ellas gracias porque sin ellas, todas nosotras sabemos que nada hubiera funcionado.