Las beguinas eran comunidades de mujeres cristianas laicas, que elegían vivir juntas, sin que importara su clase social y sin presencia masculina. Trabajaban para mantenerse. Podían dejar la asociación y salir del beguinaje cuando quisieran, bien para casarse o para cambiar libremente de estilo de vida. Pero mientras permanecieran dentro del beguinario, tenían que respetar los principios de pobreza y castidad. En función de su vocación -contemplativas o activas- dedicaban su vida al estudio y a labores intelectuales o bien a la caridad, es decir a cuidar a enfermos y leprosos, a enseñar a niñas sin recursos o a ayudar a pobres, y a mujeres, niños y ancianos desamparados. También eran responsables de algunas ceremonias litúrgicas.
Cada comunidad era autónoma y organizaba su forma de vida. La supervisora, elegida de forma democrática entre todas las mujeres que formaban la comunidad, era conocida como la ‘Grande Dame’. Elegían sus viviendas cerca de algún hospital o iglesia. Vivían en habitaciones sencillas, donde podían orar, estudiar y hacer trabajos manuales.
Su objetivo final era glorificar e imitar a Dios en su pobreza y amor al prójimo.
Comunidades femeninas laicas e independientes
Aunque se entregaban a Dios y llevaban una vida de religiosas, estas comunidades de mujeres espirituales y laicas eran independientes de la jerarquía eclesiástica y, por tanto, de los hombres. Vivían al margen de las estructuras de la Iglesia, hacia la que eran críticas por sus episodios de corrupción y por no defender la dignidad de la mujer.
Nacieron en un momento de superpoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían acabado con muchos hombres y los conventos se habían llenado de mujeres. Muchas familias adineradas les dejaban herencias y numerosas mujeres ricas se instalaron en los beguinajes.
Una de las muchas diferencias con las monjas pertenecientes a alguna orden religiosa es que no tenían una Regla que estructurara su vida y a la que debieran obediencia, ni pronunciaban votos. Su forma de vida -austera y auténtica- generó un renacimiento religioso en los países en que estaban implantadas.
En 1065 se menciona ya la existencia de una institución parecida en Vilvoorde (Bélgica). En el siglo XII estaban implantadas en Lieja. Fue tanto su éxito, que el movimiento se difundió rápidamente por el resto de Flandes, Brabante y Renania, y por otros sitios de Holanda, Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Austria.
Hay noticia de beguinas en Cataluña y en el reino de Castilla. Algunos beguinajes, como los de Gante y Colonia, llegaron a tener miles de integrantes. Después de la Reforma, hubo beguinas católicas y otras protestantes, hasta superar el total de 200.000.
Poco después apareció una sociedad similar para los hombres: los begardos.
“El movimiento de las beguinas fue singular, porque proponía a las mujeres existir sin ser ni esposa ni monja, libre de toda dominación masculina”, explica Régine Pernoud en el libro La Virgen y sus santos en la Edad Media. Así como sedujo a muchas mujeres, también inquietó a muchos hombres.
Mujeres económicamente independientes en plena Edad Media
Además de habilidades prácticas, la mayoría practicaba algún arte. El más común, la música: banjo, órgano y acordeón; pero también se dedicaron a la pintura y la literatura.
Por ser mujeres y laicas, las beguinas escritoras encontraron dificultades, pero se defendieron alegando que escribían por mandato o inspiración divina. Consideraban la experiencia religiosa como una relación directa con Dios que ellas expresaban en sus escritos. En este sentido, rivalizaron con el poder eclesiástico y masculino. Obedecían sin obedecer.
Hadewych de Amberes fue la beguina mística más famosa. Vivió hacia 1240. Escribió varias obras en poesía y en prosa, entre otras Amar el amor:
Al noble amor / me he dado por completo / pierda o gane / todo es suyo en cualquier caso. / ¿Qué me ha sucedido / que ya no estoy en mí? / Sorbió la sustancia de mi mente. / Mas su naturaleza me asegura / que las penas del amor son un tesoro.
La beguina alemana Matilde de Magdeburgo (1207–1282) está considerada la cumbre de la mística del amor, con su escrito La luz que fluye de la divinidad. Considerada por la jerarquía eclesiástica un mal ejemplo para las demás, tuvo que refugiarse en el convento de Helfta.
Otras beguinas destacadas fueron María de Oignies; Lutgarda de Tongeren; Juliana de Lieja; Beatriz de Nazaret, poeta y autora de Los siete grados del amor...
La traducción de algunos escritos del místico alemán Johannes Eckhart y la divulgación de su propia obra le costó la hoguera en 1310 a Margarita Porete, autora de El espejo de las almas simples. Margarita fue precursora de la poesía mística del siglo XVI y una de las primeras en utilizar la lengua vulgar en sus versos, en lugar del latín:
Teólogos y otros clérigos / no tendréis el entendimiento / por claro que sea vuestro ingenio / a no ser que procedáis humildemente / y que amor y fe juntas / os hagan superar la razón, /pues son ellas las damas de la casa.
Con su actividad literaria, las beguinas participaron en el proceso de acercar y explicar el saber teológico a los laicos, al pueblo. Tomaban el conocimiento del latín clerical y lo trasladaron a la lengua vulgar que cada escritora hablara. Por ello, las beguinas, junto con los trovadores y los Minnesänger, “fundaron” la lengua literaria flamenca, francesa y alemana.
La última beguina
En 2013, murió en Kortrijk (Bélgica) la hermana Marcella Pattyn. Era la última beguina. Había nacido en el Congo belga en 1920 y era ciega. A los 20 años intentó ingresar en un convento pero ninguno la aceptó, hasta que la acogieron las beguinas de Sint Amandsberg en Gante, una comunidad de 260 mujeres. Trabajó cuidando enfermos. Posteriormente se mudó con otras ocho mujeres al beguinaje de Kortrijk. Fue la última superviviente.
En el libro Las beguinas: libertad en relación, Elena Botinas y Julia Cabaleiro explican que los beguinajes eran “un espacio no doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Era un espacio que las mujeres compartían al margen del sistema de parentesco patriarcal, que se mantenía abierto a la realidad social que las rodeaba, en la cual y sobre la cual actuaban, diluyendo la división jerarquizada entre público y privado”.
Sus casas, los beguinajes, han sido declarados en 1998 patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Algunos son “ciudades religiosas”, constituidas por docenas de casas pequeñas (a veces hasta 100), en cada una de las cuales vivía una o varias beguinas.
Más información: aquí, aquí, en este artículo de El País y en el blog Gomeres

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