Una de las protagonistas de una famosa serie de televisión ambientada en el siglo XIX criticaba con cierta gracia a una pareja que se había dado un beso en plena calle, con una expresión que se me quedó grabada: “besándose en la calle, como si no tuvieran ni casa ni lecho”.  Además, me hizo reflexionar sobre la importancia de guardar unas ciertas formas,  y de hacer del respeto a los demás y de la buena educación una cuestión primordial de nuestra vida.

Estamos hablando del siglo XIX. En esa época, las buenas maneras, el cuidado de las formas y la cortesía social eran muy importantes. Había incluso manuales de urbanidad y buenas maneras. Ahora todo esto nos suena obsoleto, cuando no rancio, pero no estamos tan alejados ni nos debería ser tan ajeno.  Toda empresa o entidad que se precie sabe que su reputación tiene mucho que ver y ha de adecuarse al cumplimiento de códigos éticos y de buena conducta. Las personas estamos obligadas a actuar con buena educación y a poner en práctica el comportamiento respetuoso y cívico que nos enseñaron en el colegio, en casa, con nuestra familia…

Todas las expresiones, comportamientos y actitudes que indiquen buenas maneras, aunque nos parezcan caducas, obsoletas y absurdas, tenían su sentido y, transvasadas y adecuadas al mundo actual, siguen teniendo vigencia. Siguen siendo necesarias.

Una de los cosas que me ha dado la madurez es  la capacidad de  analizar, con un mayor nivel de lucidez y profundidad, muchas de las cosas que nos rodean y que, por ser habituales, acaban pasando desapercibidas, porque, vistas superficialmente,  parecen lo obvio, lo que reflejan y no es.  Si se profundiza en ellas con una, casi diría mezcla de conocimientos, intuición y  experiencia, no hay que  ser Séneca para darse cuenta del tipo de cosas que subyacen detrás, aunque a veces vayan acompañadas  de un falso buenismo.

Con el fin, a mi modo de entender equivocado, de llegar a más y más personas, todo ello se adereza con un tipo de lenguaje, iniciativas y actuaciones que rayan o sobrepasan lo zafio, lo vulgar y la mala educación.

En ese retorno que creo imprescindible a la buena educación y cultivo de formas respetuosas, estoy segura de que, como en tantas y tantas cosas, las mujeres tienen mucho que decir y mostrar.  Cuando se está luchando y trabajando por lo justo y lo correcto, una actuación educada y adecuada es la mejor carta de presentación.

No estoy confundiendo ni identificando la buena educación y el uso de maneras cívicas con tragarse todo, aceptar lo injusto, no protestar ni con no exponer claramente lo que se quiere o lo que corresponde.  Hay que decirlo y reclamarlo con respeto, y a la vez con la máxima firmeza y claridad, intentando no agredir. Que lo cortés no quita lo valiente

Me niego a acudir a comportamientos rastreros, vulgares y maleducados, para reivindicar derechos que legítimamente nos corresponden y por los que llevamos siglos luchando. No debemos entrar en ese juego y hacer de lo despectivo, el mal gusto y las malas formas  una forma de reclamar lo que legítimamente ya deberíamos tener, porque entonces nos ponemos a la altura, o peor, de aquellos que criticamos.

No sirve llegar de cualquier manera, ni a costa de cualquier cosa. La valía femenina, tras años y siglos, ya está sobradamente demostrada. Y además la acreditamos a diario.  Dar a conocer nuestros mensajes y luchar por ellos, con educación, respeto y usando formas correctas no está al alcance de todos, sino de las que sustentan su legitimidad sobre bases firmes y sólidas.   Aire educado,  aire fresco  y no contaminado es lo que necesita el mundo, porque, en otro caso, y como diría aquel, para este viaje no necesitábamos esas alforjas.

Y quien quiera entender, que entienda.