Hace ya muchos años que endulzo el café con leche del desayuno con una cucharada de miel. Empecé a tomarla porque lo hacía una tía mía muy longeva, que gozaba de una salud envidiable. Aunque sólo tomo una cucharada al día, al final del año consumo alrededor de cuatro kilos. Lo sé porque es la cantidad que mi madre compra en una aldea de Asturias y me regala todos los años.
Pues bien, hace poco un periódico digital hacía referencia a un artículo de la Boticaria García, farmacéutica y divulgadora especializada en seguridad alimentaria que tiene un blog muy interesante, que desmitificaba la miel y la dejaba a la altura del resto de los azúcares que consumimos. ¡Y yo que pensaba que todos los días me pegaba un chute impresionante de vitaminas, minerales y antioxidantes!
Parece ser que a pesar de la creencia popular arraigada desde hace tantos siglos (el consumo de miel se remonta a 10.000 años a. de C. Hipócrates, considerado el padre de la medicina, la usaba para sanar diversas afecciones de la piel; también la utilizaban los egipcios para curar heridas, quemaduras, embalsamar los cuerpos y como parte de los alimentos que el difunto llevaba en su viaje al más allá), la miel no tiene ningún beneficio específico demostrado sobre la salud. No existe ninguna ventaja nutricional en este producto que aunque contiene vitaminas, minerales y otros componentes orgánicos, son cantidades tan minúsculas y la ración de consumo es tan pequeña, que su aporte no es significativo para la salud. Las vitaminas de la miel, entre las que se encuentran la C o la B6, se hallan en cantidades de 0,5 miligramos por cada 100 gramos, lo mismo ocurre con minerales como el magnesio, que aporta 2 miligramos por cada 100 gramos. Los antioxidantes y enzimas, como la glucosa oxidasa, que tiene propiedades cicatrizantes, también están presentes en proporciones bajísimas.
Lo cierto es que un 80% de la composición de la miel son carbohidratos; destaca un 30% de glucosa y un 40% de fructosa. Y la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha dicho con claridad que los azúcares presentes de forma natural en la miel (80%) son azúcares libres (diferenciándolos de los azúcares intrínsecos presentes en frutas y verduras enteras y frescas). Las recomendaciones para reducir el consumo de azúcares libres van siendo cada vez menos permisivas por la relación entre su consumo y la probabilidad de sufrir sobrepeso u obesidad. Actualmente la OMS recomienda un consumo de azúcares libres inferior al 5% de la ingesta calórica total, incluidos también los de la miel.
A pesar de esta declaración, existe polémica sobre si realmente puede compararse el efecto metabólico producido por edulcorantes naturales y nutritivos, como puede ser la miel, con los producidos por azúcar blanco, por ejemplo. Sin embargo un estudio publicado en The Journal of Nutricion, diseñado precisamente para resolver este interrogante, acaba confirmando que la miel aumenta la glucemia y afecta negativamente el metabolismo lipídico, así como provoca un aumento de marcadores inflamatorios, del mismo modo que lo hace el azúcar. Por otro lado la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) desestimó, por no encontrar suficiente información, que la miel mejorara la salud respiratoria y que mejorara el sistema inmune.
En contraposición, un estudio publicado en la revista Molècules, revista científica de prestigio internacional, ha revisado y publicado los beneficios asociados a la salud que aportan los componentes de la miel. En él se recogen los resultados de varios estudios in vitro e in vivo que sí han demostrado la actividad antioxidante, antimicrobiana, antiviral y antifúngica de la miel. También señalan los efectos protectores sobre los sistemas cardiovasculares, respiratorios y gastrointestinales. Hay que decir que muchos de estos estudios son con roedores y, por lo tanto, los resultados no dejan de ser una extrapolación en humanos. Tampoco puede compararse la cantidad de miel empleada, el tipo, ni la duración en que se consume. En muchos de los casos, la ingesta de miel es a dosis muy elevadas (> 1g / kg de peso). Si recordamos la recomendación de la OMS para la ingesta de azúcares libres, es muy cuestionable el coste/beneficio de la ingesta de miel para obtener efectos protectores.
Es curioso, sin embargo, que la Fundación española del Corazón considere la miel como una sustancia terapéutica y con propiedades nutricionales. Eso sí, recomienda que para que conserve todos sus nutrientes debe ser extraída por prensado o centrifugado, y calentada por debajo de los 45º C para poder eliminar las impurezas sin deteriorarla. Advierte que cuando es sometida a la pasteurización u otros tratamientos térmicos a altas temperaturas se reduce su calidad y su valor nutricional y terapéutico. Por ello, recomienda comprar mieles producidas de forma artesanal y descartar las industriales.
Al menos me queda el consuelo de que el valor calórico de la miel es más reducido que el del azúcar aunque tampoco tanto. La miel aporta alrededor de 320 kcal por cada 100 gramos frente a las 400 kcal del azúcar de mesa.
Como anécdota, la miel tiene también unas elevadas propiedades conservantes y antiguamente se usaba en el transporte de mercancías en largas distancias que de otro modo podían deteriorarse durante el viaje. Se aplicaba a algunos alimentos, pero también a cadáveres insignes. El cuerpo sin vida de Alejandro Magno fue transportado por sus soldados desde Babilonia a Alejandría sumergido en miel para evitar su descomposición.
Por último, conviene saber que aunque la miel se caliente durante el proceso de manufactura, estas temperaturas no son suficientemente altas para matar las esporas de Clostridium botulinum, muy presentes en productos agrícolas. Estas esporas sólo suponen un riesgo cuando germinan y forman la toxina botulínica, algo que afortunadamente no se produce en concentraciones elevadas de azúcar. Sin embargo, es importante no dar miel a los niños lactantes, puesto que dada la inmadurez de su sistema digestivo, es posible que las esporas germinen y den lugar a la bacteria del botulismo.

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