Cuando trabajo en casa, suelo hacerlo mirando hacia un pequeño jardín que tengo delante. Ultimamente vengo observando que, entre el brezo que tapa la terraza de casa y el jardín contiguo, se produce un movimiento inusual de gente. Enseguida me di cuenta de que algunos vecinos de la casa de al lado están creando para unos lindos gatitos, como decía Piolín, una especie de pequeña ciudad pegada a nuestra casa con cajas, comida y bebida que, afanosamente, se encargan de mejorar y ampliar; que crece y crece.

 

Como mis vecinos y yo tenemos la terraza pegada, hemos de  aceptar o más bien aguantar que los mininos en cuestión se pasen la noche tumbados en nuestros sillones, suelten pelo y hagan sus necesidades como les parece… todo en nuestra casa. Si decimos algo, somos unos impresentables egoístas, acosadores o peor maltratadores de animales y gente sin corazón.  Esta situación me ha llevado a plantearme  lo que suelo plantearme tantas veces, y que ellos mismos en su fuero interno de sobra conocen, y es lo fácil que es hacer buenas obras y ser generosos en temas que nos gustan o nos interesan, siempre que asuman la molestia y las consecuencias  los otros.

 

A las personas que  nos gustan y mucho los animales, intentamos tenerlos en casa, debidamente cuidados, dedicándoles nuestro tiempo y esfuerzo, y dándoles cariño, para que vivan felices. En mi opinión y en la de muchas personas de mi vecindario, lo que deberían hacer esos vecinos es llevarse los gatitos -animales inocentes y sin ninguna culpa de esta situación- a su casa. Y cuidarlos, quererlos y mantenerlos como es debido.

 

No quiero entrar en un debate, sino poner sobre la mesa el hecho de que esta conducta no es más que un ejemplo de tantas y tantas conductas que se producen a diario y cuya conclusión es lo magníficos que somos todos, ayudando al prójimo, cuidando de los animales, manteniendo el medio ambiente… Pero que no me pongan al lado una casa con personas con problemas, que, aparte de molestias, devalúa el valor de mi piso; que el gato callejero por supuesto esté donde quiera, pero nunca en mi casa ni en mi sillón;  que sean los demás quienes vayan en transporte público, pues yo ineludiblemente necesito el coche; y que la ayuda económica tan necesaria para personas con dificultades la dé el Estado, se la quiten a la Iglesia o a otros, pero que no salga directamente de mi bolsillo ni merme en un céntimo mis posibles; que por supuesto yo soy solidario, pero es que esto les toca a otros.

 

Lo de siempre. Mi gusto es universal, y mis actos y mis ideas los mejores. Y el que venga detrás que arree.