Hay muchas personas, aunque a veces nos parezca que no son tantas como se necesitarían, que están dispuestas a ceder en muchos momentos para que impere un bien mayor o por el bien común, o por permitir lo mejor para todos, aunque sea en detrimento de lo mejor para ellas; y que con ello se consiga arreglar una situación, solucionar un problema, acabar con un conflicto o simplemente hacer, nada más y nada menos, que reine la paz y la concordia.

Durante la mayor parte de mi vida, he observado que, aunque hay muchas personas generosas en el sentido indicado, e indistintamente de su sexo o condición, suelen ser mayoritariamente las mujeres las que acaban aceptando y asumiendo este “sacrificio”.

Nada como observar a una madre, para entender la cesión altruista y desinteresada en tantas y tantas cosas, y encima sintiéndose feliz porque sabe que lo ha hecho por el bien de sus hijos o de su familia.

Siempre he pensado que estar dispuesto a ceder no significa renunciar a lo que piensas, a lo que sientes o a lo que te gustaría hacer, porque, por lo menos en mí caso, eso se mantiene intacto o casi intacto. Los que suelen ceder se conforman con dejarlo a un lado o apartarlo, si esa cesión es en pos de algo normalmente más necesario, o ayuda a solucionar un problema y a resolver un conflicto.

Pero aun entendiéndolo y teniéndolo asumido, eso no evita que muchas veces sintamos un profundo rechazo y nos dé una rabia enorme que casi siempre cedan los mismos y, sensu contrario, se acaben imponiendo los mismos. Por lo menos en esos ámbitos donde no es el amor lo que te guía, que como hemos dicho en otras ocasiones, todo lo tamiza y suaviza.

Como en casi todo, por mucho que nos empeñemos, esto de la cesión y la imposición no es algo que esté equilibrado, que unas veces lo hagan unos y otras lo hagan lo otros, aunque se intente mostrar así. Si profundizas un poco, te acabas dando cuenta de que una vez que unos han cedido y otros se han impuesto, esta situación se suele repetir regularmente y no es habitual que cambien las tornas.

La mayor parte de nosotros no solemos renunciar a nuestras ideas ni a nuestra forma de pensar ni a nuestros sueños e ideales, aunque con el tiempo se van modulando y moldeando. Tampoco somos los mismos que cuando éramos pequeños o adolescentes, aunque sí creo que, en esencia, seguimos manteniendo aquello que fuimos.

He observado, al seguir la evolución de personas cercanas a mi entorno, a las que conozco de toda la vida y que recordaba que eran aquellas que más peliagudas o que se cogían unas rabietas horribles cuando no conseguían lo que querían o no les compraban lo que les gustaba,  que  de adultas siguen siendo parecidas.  En mi opinión, es el resultado de haberse acostumbrado a hacer y conseguir lo que querían y a salirse con las suya…, con empeño, insistencia, manipulación, chantaje emocional…  Ahora es muy difícil cambiar esa actitud, salvo que se produzca un cataclismo en su vida, que también ocurre a veces, que les transforme de pies a cabeza casi por completo .

Somos conscientes de que ceder es muy importante y muy difícil, muchas veces más importante y difícil que ganar, porque casi siempre evita males y situaciones adversas, negativas. Si alguien no está dispuesto a ceder es imposible avanzar. Pero lo que las personas que ceden acaban observando, es que lejos de que se reconozca, valore  y premie esa actitud, su cesión sirve para otro, que casi nunca cede, se haga más fuerte,  poderoso y egoísta.

Si seguimos con nuestra actitud mostrando esto nuestros hijos y a nuestros nietos, acabarán aprendiendo lo que ya habían observado y que es que es mucho mejor imponerse y salirse con la suya, aunque las consecuencias sean devastadoras, que renunciar para obtener algo mejor, y siento decirlo, no hay más que verlo, para ese viaje no se necesitan esas alforjas.