Declaro, sin miedo a equivocarme, que en este período de mi vida y de la vida de tantas y tantas mujeres que me rodean me siento llena de poder, de riqueza interior y exterior, de belleza, y de conocimientos y experiencia, suficientes para darlos y tomarlos. Abierta a analizar, valorar y criticar todo lo vivido con perspectiva, gratitud y generosidad, y abierta a todo lo nuevo que está llegando y a todo lo que me queda por vivir y experimentar. Abierta a aprender, imbuirme y zambullirme de todo lo bueno y todo lo malo del presente y del futuro, con toda la fuerza y el poder que me da mi edad.
Los cincuenta llegan de repente. Los alcanzas sin darte cuenta, casi en un suspiro, llegan sin avisarte. Es un momento de grandes cambios, se puede considerar, como dije en otra entrada, la segunda gran transición de tu vida, después de una primera también muy fuerte y poderosa donde pasas de niña y mujer y de una tercera, cuando te das cuenta de que ya no puedes hacer las cosas sola y que necesitas ayuda para realizar muchos de los actos cotidianos de tu vida.
En esta etapa, lejos de ciertos estereotipos, te sientes, aunque con tus pequeñas roturas y enfermedades, llena de poder, de conocimientos y belleza, y aunque a veces las circunstancias no te dejen, o no sean las más favorables, sigues reivindicando todo ello, porque no es una pose. Las poses se quedaron para cuando necesitabas o te decían que tenías que comportarte de una u otra manera. Ahora con todo lo atesorado y vivido eres capaz de discernir lo que quieres de lo que claramente no quieres.
A veces me da la impresión que es esa fuerza y poder interior origina que ciertas personas te quieran apartar o te miren con resquemor en algunos ámbitos, dándote a entender, de forma subliminal o de forma directa, que te vas quedando obsoleta, avejentada, que te vas a aposentar intelectualmente, en una palabra, que empieza tu decadencia.
Aunque esta idea está cambiando, no cambia tan rápido como a nosotras nos gustaría, sigue habiendo muchos ámbitos y muchos tics donde se sigue viendo ese cierto desdén hacia las mujeres de esta edad, por ejemplo, la publicidad que empieza a asociar ese período a las pérdidas de orina o incluso a las dentaduras postizas en vez de querer ver lo que realmente supone esta fase de lucidez y de verdadera plenitud.
El verdadero poder se encuentra en la seguridad con la que te muestras y los conocimientos y la experiencia que atesoras y, aunque a veces se flaquee, porque las hormonas o las circunstancias te juegan malas pasadas, los cambios profundos siempre provocan una revolución. Aunque se producen pérdidas y problemas que nos afectan y nos arrollan, nos sentimos casi indestructibles ante la adversidad.
En toda fase o período se pierden cosas, pero también que se ganan muchas otras. Para poder avanzar, hay que tirar lastre. Quizá se pierde lozanía, una cierta frescura, el lanzarte al vacío o a lo desconocido sin medir las consecuencias, una actividad frenética de cambios e ideas transgresoras, la energía confiada de querer intentar mejorar el mundo casi tú sola… Con la edad se mejoran muchos otros aspectos, como la madurez, la intuición, la capacidad de análisis y de sacar conclusiones acertadas, la valoración de los pros y los contras, el sosiego, la desinhibición, saber luchar por los tuyos, la defensa argumentada de aquello en lo que crees… y la valoración de lo importante de forma más serena y ordenada.
Esta edad supone y significa mucho. Todavía tenemos muchísimo que dar y muchísimo que recibir. Los que no quieran o no sepan verlo están ciegos, ciegos absolutos. Como todos sabemos, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

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