Muchas de nosotras seguimos estando todavía bajo los efectos del verano. Primero, porque pocas cosas hay más estupendas que el verano y las vacaciones. Y después, porque el tiempo sigue siendo prácticamente de verano, con lo cual podemos seguir alargándolo y recreándonos en él.
Esta mañana me vinieron a la mente las preciosas playas de Cádiz y una estampa de tantas y tantas que se repiten a diario, y que me hacen gracia porque confirman ciertos estereotipos que conocemos.
Era un día ligeramente ventoso- no con Levante, aunque más ventoso de lo normal- y, como bien saben los que han veraneado alguna vez en Cádiz, por la playa pasan muchas personas vendiendo diferentes cosas: desde el famoso y riquísimo camarón de la isla, hasta bebidas y bolsas de patatas, muñecos inflables… En fin, un sinfín de cosas.
Aquel día de viento pasó un señor vendiendo unos aviones muy sencillos, tipo cometas, realizados en poliestireno. Los padres decían a sus niños y niñas comentarios del tipo, “Mira qué cometa en forma de avión. ¿No quieres una?” En cada tramo de la playa en la que el señor se paraba, se formaba una cola considerable de padres con sus niños y niñas, para comprar el avión. En poco tiempo, había vendido todos. 
Estaba dormitando en la toalla, cuando me despertó el llanto de un niño cerca de mí, que rabiaba y pataleaba para que se padre le diera el avión que le acababa de comprar, y del cual se había apoderado sin ningún rubor, con la excusa de enseñarle a volarlo. Cuando levanté la vista vi un montón de avioncitos surcando el cielo. La mayor parte de los que los estaban volando no eran los niños o las niñas ¡qué va!, sino sus padres, quienes, con la excusa de mostrarles cómo se hacía, se habían apoderado de ellos por las buenas y se lo estaban pasando chachi piruli. Vamos; que no los soltaban.
Me di cuenta otra vez de que, cuando algo les gusta…, les gusta. Y se ponen a ello con convicción absoluta. Sin rubor. Pues eso, como niños.

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