Hablaba hace poco con una amiga de toda la vida, que me llamó para felicitarme por mi santo, como siempre hemos hecho, y hablamos, también como siempre, largo y tendido de lo divino y de lo humano. Cuando le pregunté por sus hijos, me contó que su hija mayor, que tiene 24 años, ya no vivía en casa. Por lo visto, su novio es de fuera de Madrid y cuando empezó el confinamiento no quiso dejarlo solo en su casa y lo que empezó como  “mamá cuando acabe el confinamiento vuelvo a casa” se convirtió en “ya no vuelvo, por lo menos por ahora“,  pues no hay nada permanente y menos, en la época actual.

No me comentó nada, porque tampoco nos dio tiempo en nuestra larga conversación, de cómo se sentía, eso siempre es más fácil hablarlo en persona, pero noté un cierto halo de tristeza en su voz por no tener ya a su hija en casa. Me comentó que había retomado una relación más continua con sus amigas de siempre del colegio, y esto lo percibí, quizá equivocadamente, no sé, un poco como la forma de llenar el cierto hueco psicológico que te deja toda una vida dedicada a los hijos. Enseguida me puse en su lugar y lo entendí perfectamente porque, aunque nuestros hijos ya sean mayores y muchas veces estés clamando por cuándo llegará el día en el que se vayan de casa y te quedes libre para hacer lo que quieras, o eso creemos, (que ese momento a veces nunca llega por fas o por nefas), al final, cuando ocurre, nos supone un shock.

La mayor parte de nosotras pertenecemos todavía a esa generación donde no todas, pero una gran mayoría, salíamos de casa casi cuando nos casábamos y las que se independizaban y vivían solas desde jóvenes era normalmente porque estudiaban fuera de su lugar de residencia. Lo difícil siempre es salir y romper pero una vez que sales ya lo normal es que no quieras volver, salvo que te vayan muy mal las cosas y no puedas costearte esa independencia y entonces no tengas más remedio que hacerlo. Sabes que tus padres siempre te esperan con los brazos abiertos, aunque a veces, o siempre, les resultemos tan pesados

Es verdad que muchas de nosotras hemos vivido temporadas sin nuestros hijos. Han tenido la suerte y el privilegio, no siempre suficientemente valorado por ellos, de salir fuera de España algunos períodos o hacer 6 meses o un año de Erasmus, e incluso trabajar fuera. Incluso podríamos decir que hemos hablado con ellos más durante esos períodos que cuando los tenemos en casa, que literalmente campan por sus fueros y a veces parece como si estuvieran en una especie de in-plant dentro de la casa. Pero en nuestro fuero interno sabemos que siguen ahí, con todas sus cosas, y que la casa familiar es su sitio base.

La verdad es, que tanto a mi marido como, sobre todo a mis hijos, les resulto caduca con este tipo de pensamientos. Pero en mi fuero interno y aun viviendo otra vida totalmente distinta a la de mis padres, que como hemos dicho tantas veces tuvieron una vida complicada y fueron muchos de ellos hijos de la guerra, no puedo evitar que me atraviese un halo de cierta tristeza pensando que mis hijos también empiezan a abandonar el nido. Es una mezcla de sensaciones y emociones agridulces, porque aunque también me da una cierta envidia de esa parte, que al menos yo, no viví, como es vivir con amigos o de forma independiente (con pareja, amigos o solo), sigo pensando, seguramente erróneamente, que donde mejor están, por lo menos por ahora, es en casa. Y aunque toda su educación ha ido orientada a que se sepan buscar la vida y tengan los recursos suficientes para salir adelante con sus medios, es verdad que nosotras como madres siempre los vemos como nuestros retoños, esos que hace nada eran pequeños y que ahora son hombres y mujeres hechos y derechos, dispuestos a comerse el mundo o por lo menos a intentarlo; dispuestos a seguir su camino.

Ahora sí que me he dado cuenta de que yo también me hago mayor porque empiezo a decir, como mi madre, lo rápido que pasa el tiempo o a pensar lo mucho que ha cambiado la vida o a  obsesionarme con las mismas cosas que obsesionaban a mi madre y que yo le recriminaba, y como, incluso cuando releo las entradas más antiguas del blog, veo que, en muchas de ellas, hacemos comparativas con el pasado y pensamos que fue mejor, por esto o por aquello. Y eso, aunque no queramos reconocerlo, denota que también nosotras nos vamos haciendo mayores. Al final, a través de los demás, nos acabamos viendo a nosotros mismos.