Era el año 2001, el día 28 de diciembre. En la radio y en la televisión se hacían constantes bromas, que unos se creían y la mayoría, no. Era el día de los Santos Inocentes. Se empezaba a hacer en los periódicos un repaso de los acontecimientos acaecidos ese año.
Pilar se levantó con cierta exaltación, como le suele pasar a menudo cuando le espera algo importante, o simplemente distinto. En este caso, no solo era importante, sino importantísimo. Era el día que seguramente iba a nacer su hija. Tenía que estar en el hospital a las 13:30. Ya estaba borrado el cuello de útero, y la ginecóloga decidió que le iban a acelerar el parto.
Dos días antes había estado en la consulta. Pilar, horrorizada, se veía saliendo en la televisión, si su hija llegaba a ser el primer bebe del año. Con esa cara que se les queda a las mujeres después de haber realizado un gran esfuerzo, como es parir. En su afán de tener casi todo controlado, le daba vueltas a la forma de negarse a salir en la televisión si la peque nacía el día citado, por eso y porque además tenía que preparar la cena de Nochevieja en su casa, como era habitual. Respiró cuando la doctora le dijo que fuera el 28 al hospital.
Se duchó, se preparó, se arregló, dejó a sus hijos con una de sus abuelas y salió con su marido camino del hospital. Llegaron y se fueron a hacer el ingreso. Ella todavía estaba tranquila, porque no era la primera vez, y además sabía que la llegada de un hijo, aunque dolorosa, era algo maravilloso.
Una vez gestionado el ingreso le dieron la habitación. Esta era un poco más pequeña que las veces anteriores, pero seguía tranquila. La enfermera le pidió que se cambiara y se metiera en la cama. Al poco volvió y la puso el goteo con la oxitocina. En poco tiempo empezó a sentir las contracciones. Le empezaba a doler mucho, había olvidado esta sensación.
La ginecóloga le había dicho que esta vez le pondrían la epidural, era la primera vez. Los partos anteriores habían sido rápidos. Como dilataba bien, en ella se había cumplido la máxima de parirás con dolor. Cuando los dolores eran cada vez más intensos su marido, para animarla, y con toda la buena intención del mundo, le dijo no te preocupes cariño que será corto y rápido “tu pares como las indias”, a ella le dieron ganas de matarle.
De repente, apareció un enfermero en la habitación para bajarla al quirófano. Su marido la cogía de la mano y ella le apretaba con fuerza. Le estaba retorciendo la mano de los dolores. Ya estaba en el paritorio y apareció el anestesista, le dijo sonriendo, ya verás, en nada estarás tan tranquila. No te asustes, porque no sentirás las piernas. Y procedió a poner la epidural. Mala suerte, no se sabe que pasó, pero ella seguía moviendo las piernas como si nada. Estaba claro, no le había hecho efecto la inyección, así que, después del pinchazo, estaba abocada a un nuevo parto con dolor.
La ginecóloga no había llegado todavía y otro ginecólogo del equipo le empezó a hacer los reconocimientos. Era un hombre bastante grande y no muy simpático que, de vez en cuando, se acercaba para ver cómo iba la dilatación. Como era tiempo de Navidad y hora de comer, cada vez que entraba el ginecólogo Pilar sentía un olor a chorizo y a embutido que la ponía todavía peor cuerpo. Ella pensaba “cómo pueden comer tan cerca de los quirófanos, aunque, bien pensando, en algún momento tendrán que comer. Además, ya se sabe, las mujeres si hace falta, no comemos o comemos cualquier cosa. Para la mayor parte de los hombres, sin embargo, la comida es religión“.
Ante los lamentos de Pilar por el dolor que sentía, el ginecólogo le increpaba: “Señora parece mentira que se ponga usted así, que no es su primer hijo. Esto para usted tiene que ser un paseo por el campo” y ella pensaba “cómo se nota que él nunca se va a ver en esta tesitura. Porque no tengo fuerzas, que si no, le pegaría cuatro gritos“.
De pronto apareció su ginecóloga. Para Pilar fue como si hubiera visto a la Virgen. Ahora todo iría mejor. Fue el parto que más le dolió. Su marido intentaba tranquilizarla, pero ella se agarraba a su camisa y casi se la arranca.
A los pocos minutos, su hija estaba en el mundo. Era un bebé precioso, con unos ojos azules inmensos y medio calvita, de tan rubia como era. Todo había quedado olvidado. Su regalazo había llegado.
Llegó de nuevo el enfermero y subió a Pilar con su bebé a la habitación. Ella, era inmensamente feliz. Llegó su madre al hospital y la enfermera le dijo que pusiera el bebé al pecho. Como luego siempre recordaría la abuela, nunca vio un bebé que con tanta fuerza se abalanzara sobre el pecho. No se sabe cómo pasó, pero en ese mismo momento vio las estrellas. Se le acababa de hacer una grieta tamaño natural.
Pilar volvió a su casa dolorida y con el pecho agrietado. Aunque aquella noche y muchas otras lloraba de dolor cuando daba de mamar a su pequeña, ella siguió durante meses dándole el pecho y no cejó en el empeño. Era consciente de que las cosas se consiguen con esfuerzo y, a veces, con dolor. Por eso, aunque algunos hubieran pensado que era una depresión postparto, ella sabía que era una de las consecuencias del largo, complicado, pero bellísimo camino que supone tener un hijo.

Estoy convencida que el relato del parto de Pilar a nadie le ha parecido raro, ni fuera de lo normal ¡¡y no debería ser así!! existen muchas formas de palir, no me refiero al dolor, si no al trato que recibimos las mujeres
Parir es la culminación de la sexualidad de las mujeres y no una enfermedad. Pariendo también somos discriminadas.
Hemos normalizado que durante el parto nos traten como niñas pequeñas, nos falten al respeto y toleramos (y toleran nuestros acompañantes) faltas de educación que en otras circunstancias serían impensables.
¿llamó alguna de esas personas del relato a la puerta pidiendo permiso para pasar? ¿informaron de que iban a hacer en cada momento y las consecuencias que eso podría tener? ¿a que vienen esos comentarios “paternalistas”?
Hemos normalizado que esa forma de parir es la normal y no deberíamos consentirlo.