Hace unos días acompañé a mi marido a un famoso hospital de Madrid. Mientras esperaba, ratifiqué por enésima vez lo que ya sabía y es: que el sino de las mujeres es ocuparse y cuidar de las personas de por vida, especialmente, como es lógico, de nuestra familia.
La escena que tenía delante no sabría muy bien como calificarla, era un mix entre una película de Buñuel, y una de Almodovar. Había varios hombres y mujeres mayores, pero muy muy mayores, casi todos sentados en sillas de ruedas del hospital, esperando para hacerse las pruebas correspondientes y, con ellos, todas mujeres, en este caso hijas de los susodichos, porque si había algún hijo se había llevado a su mujer, que era la que se encargaba del anciano. Una le estaba dando a su padre nonagenario jamón de york, para que no tuviera una hipoglucemia, porque parece que era diabético, otra estaba luchando con su padre porque le había llevado dos veces al baño para que orinara en el famoso bote para análisis y no lo conseguía, otra discutía con su madre que no quería entrar porque según ella se encontraba estupendamente.
Esta escena y otras que se habían repetido, dos días antes, cuando era yo la que acompañaba a mí también anciano padre al médico, me hizo reflexionar sobre algo en lo que pensamos todas, y que había comentado mil veces con mis amigas, pero que no había reflejado por escrito, y a veces lo que no pones por escrito parece como si no existiera.
Cuando somos más jóvenes, estamos casi todo el día, pendientes y cuidando de nuestros hijos, no importa lo cerca o lejos que estemos de ellos, el trabajo que tengamos, si estamos sanas o griposas, si nos duele la cabeza o no, si estamos contentas o tristes, cuidamos de nuestros hijos y procuramos hacerlo lo mejor posible, contra viento y marea, aunque sepamos que ya tienen edad para hacerse ellos ciertas cosas, nosotras siempre ahí, pendientes, estando al quite de sus gustos y necesidades.
Luego llega un momento que nuestros hijos crecen y ya no necesitan tanto nuestro cuidado e incluso están fuera de casa estudiando o trabajando y nosotras, aunque siempre pendientes, nos empezamos a liberar un poco, disponemos de más tiempo real, estamos más tranquilas si salimos tarde del trabajo o se nos complica algo, porque ellos ya son autosuficientes.
Pero esta nueva etapa dura, un telediario, como diría un castizo, porque casi no te ha dado tiempo de empezar esa nueva vida más relajada, cuando entonces son tus padres, para los que pasa el tiempo como para todos, los que empiezan a necesitar ayuda de diferente tipo o quizá, expresado de una forma más precisa, necesitan que estés pendiente de ellos, porque ya no son tan autónomos, ni se las pueden arreglar ya solos.
Por supuesto, damos gracias a Dios por tenerlos y porque nos duren mucho, porque una madre y un padre son insustituibles, y sabes todo el esfuerzo que ellos han hecho por ti, pero es otra carga que se te pone encima, cuando apenas te has liberado de la carga anterior. Ellos que lo han dado todo por ti, ya mayores y más maniáticos, no les gusta que se encargue una persona extraña de ellos, sino sus hijos, sus hijas, más bien, que, como dice mi madre y las madres de mis amigas, que suerte hemos tenido de tener hijas, porque saben que, evidentemente con sus excepciones, las hijas van a estar mucho más pendientes de ellos y, si es necesario, renunciado a todo aquello que las impida atenderlos, o estar con ellos como corresponde.
Y como así el sistema se sostiene bien, porque el estado o las entidades locales no se tienen que encargar, y saben de sobra que, si todas esas personas, en su mayoría mujeres, dejaran de cuidar de sus padres o de los ancianos de la familia, tendrían un gravísimo problema, dado el envejecimiento de la población, pues ellos calladitos y que las mujeres sigan cuidando.
Pues ya es hora de que todo el mundo piense, que callar no es para nada otorgar, y aunque cuidamos por amor y por un profundo sentido del deber se lo hacemos gratis a nuestros mayores, pero no, para que con eso quien debería velar por estas situaciones, crea que ya no tiene que hacer nada.
Hay que buscar soluciones que recompensen a todas esas mujeres e incluso que esos años se consideren años de cotización a efectos de sus futuras pensiones, porque si un día, un solo día, todas las mujeres dejaran de atender a los abuelos, sabemos lo que ocurriría. El hundimiento del Titanic se quedaría corto.

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