Durante este largo y cálido verano, muy diferente claramente por la situación en la que nos hayamos sumidos en todo el mundo debido al COVID-19 y el cambio de hábitos y de vida que nos está suponiendo, unido a una serie de acontecimientos tristes de fallecimiento o enfermedades de personas muy cercanas y queridas, he tenido un poco más de tiempo para reflexionar sobre lo divino y lo humano.

Muchas veces he reconocido en anteriores entradas que mi cabeza es un hervidero de ideas, conexas e inconexas, de pensamientos, disquisiciones, emociones y preocupaciones, que realmente me hacen muy difícil mantenerme tranquila. Menos mal que a paso de tortuga voy aprendiendo, sobre todo he de reconocerlo de mi marido, a ver el vaso medio lleno, en lugar de medio vacío.

En este verano atípico donde he podido disfrutar de vacaciones también he podido estar más tiempo con mis hijos y sus amigos. Es claro que debido a las restricciones que se produjeron sobre todo a partir de la segunda quincena de agosto, que afectaron especialmente al ocio nocturno, ellos se han reunido más en las casas.

Y claro, como la mayor parte de cosas en esta vida, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes y ante la situación de tenerlos en casa y más controlados, cosa que siempre tranquiliza, se produce el agotamiento de tener, en múltiples ocasiones, la casa con gente- en número siempre controlado. Como consecuencia de ello y de verles en su hábitat, esto es, divirtiéndose, tomando copas, fumando, tonteando, riendo y casi llorando, en fin, eso que hacen cuando se reúnen con sus amigos y conocidos en esta fase de su vida donde los amigos son tan importantísimos para ellos, me di cuenta, entre otras cosas, que cumplir sus propias expectativas es para ellos realmente importante.

Toda esta situación he de reconocer, me ha supuesto una cierta lucha, contra mí misma y contra ellos incluso contra mi marido, por lo que a mí me parecía un poco excesivo. Reflexionando sobre las cosas que hacía yo a su edad, me he dado cuenta que muchas de ellas fueron las que “debía”, que eran las que cumplían con las expectativas de mis padres, mis profesores, la sociedad en la que vivíamos … de tal manera, que las expectativas de los demás, se acabaron convirtiendo en mis expectativas.

Pero observando a mis hijos y su entorno veo que estas generaciones están mucho más dispuestas a cumplir con sus expectativas, pase lo que pase, aunque sean totalmente contrarias a las tuyas. Su facultad de decidir y de tomar sus decisiones, nos gusten a los que les rodeamos y sobre todo los que les queremos, más o menos es casi infinita. Nosotros hemos sido artífices de ello, no solo con la educación que les hemos dado mucho más abierta, sino fomentándolo desde pequeños y esto unido a que se fomenta desde todos los sitios y en todos los ámbitos, pues no cabía esperar otra cosa.

Pero yo, como en otras muchas cosas, sigo pensando que, entre aquello y esto, hay un punto medio que es donde estaría el equilibrio, es decir, entre cumplir con mis expectativas y cumplir con las expectativas de los otros o de aquellos otros que nos quieren y tratan de ayudarnos, como son por ejemplo nuestros padres, habría que encontrar el equilibrio o por lo menos, siendo más precisa, habría que hacer un mix incorporando parcialmente las expectativas de los otros a las nuestras propias expectativas.

Ya sé que mucha gente me diría que vivir para cumplir las expectativas de los demás es un error, y yo opino lo mismo, pero entonces cuando realmente todo es tan proclive y se fomenta, en mi opinión, hasta extremos insospechados, que cada uno, cumpla con sus expectativas, libremente, en parte estamos dejando de lado a los demás, fomentando un poco, en mi opinión, el egoísmo.

Cuando ahora preguntan a la gente y sobre todo a los más jóvenes que quieren, casi siempre responden “ser feliz” aunque a medida que vamos cumpliendo años nos demos cuenta que la felicidad no es lineal, ni absoluta, sino que se compone de momentos, muchos de ellos muy breves.

Las mujeres, especialmente, a menudo seguimos  haciendo lo que se espera de nosotras y entonces la pregunta que me hago es ¿no será que, en el fondo, como en tantas situaciones, aunque parezca que las mujeres deben de cumplir, como todos, sus expectativas, en el fondo se busca que sigan cumpliendo las de los demás? Solo tenemos que observar a nuestro alrededor para encontrar la respuesta.