Siempre estoy con ideas que rondan por mi cabeza, que van de un sitio para otro, que pululan sin encontrar asiento, hasta que, de repente, algo hace que alguna se asiente, adquiera claridad y pueda materializarla. Eso me ocurrió anoche cuando puse, por azar, la 2 de TVE y empezaba una película española que se llama “Viaje al cuarto de una madre”, decidí quedarme a verla y además de que me gustó bastante, también me gustó mucho el diálogo posterior con su directora y sus dos protagonistas. Me hizo, como acabo de comentar, reflexionar sobre la relación con mis padres en un momento crítico de su vida. Todo ello me ha dado la clave para escribir esta entrada de como veo ahora a mis padres desde mi madurez y en su tramo final.
Siempre he tenido mucha relación con mis padres. Pertenezco a esa generación donde las relaciones familiares son, podríamos decir, una de las cosas más importantes de nuestra vida. Siempre he pensado en ellos y en lo que pensarían cuando he decidido hacer algo. Siempre les he llamado todos los días. Siempre me he desfogado sobre todo con mi madre, aunque luego discutiera porque me aconsejaba cosas que no quería oír y sobre las cuales no quería consejo alguno, siempre he intentado estar ahí, aunque a veces me molestara.
Hay cosas tontas que, sobre todo a mi madre, la disgustaban tanto que he aplazado hacerlas para después. Me he quejado mucho de su excesivo control. Me he enfadado y me sigo enfadando porque siguen diciéndome que llame cuando llegue de su casa a la mía, que está muy cerca, y ni siquiera lo hago muchas veces. Me he quejado y les he criticado lo cerrados que eran para algunas cosas, no soportaba el que siempre mi madre nos esperara levantada cuando salíamos por la noche, por la ansiedad que eso me generaba, me he quejado de que me cortaran un poco las alas. Me he quejado de mucho, pero tengo que agradecerles muchísimo más
En este momento de mi vida, pero sobre todo de la suya, porque son conscientes de que su final está cerca, la relación se ha tornado diferente, he pasado de ser su hija a ser casi su madre, y aunque esta situación me provoca trabajo, estrés, falta de tiempo, tristeza de ver cómo se van apagando y desasosiego, también provoca en mí ternura a veces disimulada y profundo cariño, porque les observo y veo en sus ojos la mirada de un niño pequeño. Es una mirada diferente, más clara y sencilla que antes. Es una mirada con las mismas reacciones a veces de un niño: donde veo miedo, ansiedad, alegría, tristeza, rabia… Pero lo malo es que no son niños, con toda la vida por delante, sino ancianos, con poca vida por detrás.
Ahora estoy entendiendo de alguna manera porque la muerte acerca al principio de la vida y como eso se refleja en el rostro y en la actitud. Todo ahora ha cambiado o está cambiando porque es como si los viera bajo otro prisma, es como si estuviera en otra dimensión, en otra situación.
Para todos los padres los hijos son lo más importante del mundo, pero para ellos los hijos creo que representan incluso mucho más, por las circunstancias que vivieron y por cómo les educaron. Representamos muchas veces el sentido de su vida, la personificación de sus esperanzas y de sus anhelos, de aquello que no fueron, de lo que no pudieron tener o no consiguieron. Representamos su verdadera continuidad y su perpetuación.
Sé que esto posiblemente a mucha gente esto les suene exagerado, sobre todo a los jóvenes, pero es como nos contó una vez una misionera española que había pasado casi toda su vida en África “los hijos representan en África el sentido de pasar por este mundo”.
Para nuestros padres los hijos dan total sentido a su existencia. Es lo que siempre les ha llenado todos los vacíos y por lo que realmente les da pena dejar este mundo, por dejar de vernos, de saber de nosotros, de protegernos.
Ahora que es cuando más nos necesitan física y emocionalmente, tenemos nuevamente que hacer casi de madres de un bebé a quien amamos, pero sin toda la belleza y lo entrañable que supone un niño en casa. Pero así es la vida, volvemos al inicio. Ahora, de su mano, vuelvo a entender muchas cosas.

Me has hecho pensar y relfexionar mucho. He pasado por una situación dura con mi familia política y es como dices – de ser personas adultas pasan a ser una persona totalmente dependiente, desesperanzada… Es muy duro verles tan indefensos y verles siendo conscientes de que lo son. Comparto esa sensación de ternura con ese trasfondo de tristeza. Gracias por ponerlo en palabras!
Mil gracias Patricia por tus palabras.
Es muy duro para ellos, para los que observamos su deterioro y además todo ello se convierte en una amalgama de sentimientos contradictorios, difíciles de explicar. Pero lo importante es tenerlos y saber que, en el fondo, son felices dándose cuenta que aquellos a los que quieren se ocupan de ellos.