No dejo de escuchar y de ver a diario, en todos los sitios, en todos los medios, en todos los ámbitos, cómo los hombres muestran todo lo que apoyan a las mujeres. No dejo de escuchar todos los días, como esgrimen todo tipo de argumentos y muestran todo tipo de ejemplos para constatar lo partidarios que son de eso que llaman el empoderamiento femenino.

Se les llena la boca de palabras indicando lo que desearían que las mujeres ganaran lo mismo que ellos, aunque no acaban de reconocer nunca que realmente las mujeres ganamos menos. Como apoyan que las mujeres tengan las mismas oportunidades de ascender en las empresas que ellos, aunque no acaban de reconocer ni hacen lo suficiente para que esto no sea así. De lo que les gustaría involucrarse más en las actividades más tediosas, pero necesarias del día a día, aunque lo acaban diciendo con la boca pequeña y escaqueándose en cuanto pueden ….

No dejo de escuchar a diario como los mismos hombres argumentan y enseñan todo lo que han cambiado desde la época de sus padres o de sus abuelos. Como han pasado de mandar y decidir todo lo importante a consensuar con las mujeres las grandes decisiones. No dejo de escuchar todos los días como los hombres se jactan de todas las mujeres que tienen en sus equipos y lo contentos que están con ellas, -esto merece varias entradas aparte y ya hemos hablado otras veces-.

No dejo de escuchar todos los días a un ejército de hombres declararse FEMINISTAS.

Pero realmente ¿qué significa, por lo menos para muchas mujeres, que un hombre sea feminista? Lo podemos condensar en una frase: “Un hombre feminista es aquel que ayuda, empuja, pone todo el esfuerzo y, si es necesario se sacrifica, para que la mujer pueda cumplir su sueño.”

¿Y qué significa eso? Pues nada más y nada menos que estar dispuestos a hacer lo que han hecho y siguen haciendo las mujeres durante siglos por ellos, sea por educación, por generosidad, por falta de egoísmo o porque era necesario, apoyar, ayudar, esforzarse, acompañar y renunciar a muchas cosas, si ha sido necesario, para que los hombres hayan podido, unos con más éxito que otros, cumplir sus sueños o sus expectativas.

Muchas muchísimas mujeres, a cambio muchas veces de su sacrificio personal, incluso mostrando que no era tal, han estado felices de que los otros hayan conseguido lo que querían o, por lo menos, hayan tenido la oportunidad de luchar por ello. Esas mujeres no se han quejado, es más, han sentido los éxitos de esos hombres como suyos. Han querido lo mejor para el otro y ¿Qué es lo mejor? Pues lo que querríamos para nosotros mismos.

Pero, sobre todo, significa, a veces, renuncia, en pos de los otros o renuncia en pos de los sueños de los otros. Porque otra cosa que sabemos de sobra las mujeres, por lo menos de cierta edad, y de la que a muchos no les interesa darse cuenta, es que para que unos dirijan, otros tienen que ser dirigidos, para que unos puedan dedicar tiempo y esfuerzo a conseguir sus metas, otros tienen que estar detrás apoyando y empujando. Para que otros puedan desarrollarse sin limitaciones y sin angustias, otros tienen que estar haciéndose cargo de cosas importantes, pero que no lucen tanto. Para que otros puedan ir de aquí para allá tranquilos, otros les tienen que dar cobertura.

En fin, hay que empezar a reconocer que, seguramente, para que las mujeres empiecen a poder cumplir sus sueños y no se confundan sus sueños con los sueños de los otros, hay otros que tienen que dejar de cumplirnos o, por lo menos cumplirlos en menor medida porque a veces, yo diría muchas veces, muchas más veces de lo que se cree, o de lo que se quiere hacer creer, solo a cambio de una renuncia de unos, los otros podrán alcanzar sus verdaderas, justas y merecidas metas.

Si las mujeres han demostrado durante años, siglos, que son capaces de que los demás cumplan sus sueños y esto lo han vivido de forma plena y feliz, no tiene porque no ser posible que se inviertan los papeles.

Es hora de que los hombres demuestren que son capaces de esto, entonces, ¡que levanten la mano todos los feministas!