No por habitual, deja de sorprenderme lo astutos que son algunos hombres para seguir detentando el poder en los diferentes ámbitos de la vida pública y privada, descargándose, delegando y escabulléndose de la mayor parte de lo tedioso, difícil e incómodo que, en el plano de la responsabilidad, lleva aparejada su posición. Evitan zambullirse en los temas más complicados, en el trabajo rutinario, sin el cual nada funciona, evitan dar la cara en las situaciones incómodas, en definitiva, descargan en otros, me atrevo a decir, normalmente en otras, todo lo que no les gusta o no va en beneficio de su desarrollo personal y profesional, buena imagen, promoción, o dedicación en cuerpo y alma a lo que realmente les gusta y les interesa.
Esto ha ocurrido siempre. Se podría decir que las mujeres han sido educadas para mantenerse en un discreto segundo plano de apoyo al hombre. Apoyo en el gran sentido de la palabra, esto es, hacer todo lo posible y necesario para que el hombre pudiera satisfacer sus gustos y aficiones, medrara en su trabajo, se dedicara a las grandes estrategias y no fuera molestado por las menudencias y obligadas actividades del día a día, que son las que realmente desgastan, llevan mucho tiempo y son tan poco lucidas.
Esto, que ha sido una dinámica habitual a lo largo de siglos y sigue siendo de una u otra manera aplicado y seguido en muchos ámbitos, ya no de una forma tan evidente, sino mucho más subliminal, alcanza su culmen total y absoluto, en la época actual, donde muchos hombres, apelando a ese mantra y a esa carrera de ver quién sale ganador por haber empoderado a más mujeres, matan dos pájaros de un tiro. Organizan un verdadero ejercito de mujeres trabajadoras, brillantes, inteligentes, tenaces, y sobre todo fieles, para soportar y empujar su ascenso, librándoles de hacer todo aquello que les mina, les molesta, les quita lustre e incluso les da mala imagen; y a la vez les muestra como los mayores defensores de la igualdad. ¡Soberbio! ¡Brillante!
En este juego entran muchos, más de los que pensamos, mayores y jóvenes, inteligentes como, los que dicho finamente, no lo son tanto, los que lo hacen de una manera plenamente consciente o los que aparentemente lo hacen de forma inconsciente, todos, porque ¿a quién le amarga un dulce? Si esto es miel sobre hojuelas.
Observo atónita que en aras de esta justa y tardía igualdad y posicionamiento de las mujeres en el lugar que por derecho les corresponde y nos debería haber correspondido hace años, incluso siglos, muchos muchísimos hombres siguen consiguiendo mantenerse en los primeros puestos, figurando como abanderados de la lucha femenina y aprovechándose de una legión de grandes mujeres que los sustenta, ahora todavía con mayor fuerza si cabe, haciendo todo el trabajo tedioso, de desgaste, más ingrato, menos lucido, porque a ellas se las ha dado más responsabilidad, y ellas se lo toman como tal, para que ellos puedan relacionarse, reunirse, viajar, o dar grandes mítines para ser conocidos y poder relacionarse con aquellos que más les interesan y que seguirán, en una reciprocidad masculina digna de elogio, manteniéndose unos a otros.
Todo esto es lo que se ha hecho siempre, pero ahora han encontrado una mina; la mina de colocar a mujeres, sacando pecho de cuán igualitarios son y de todo lo que están haciendo y luchando por nosotras, para ellos poderse dedicar, más si cabe y con una imagen excelente, a lo que realmente les gusta y les hace brillar. Ahora incluso con todo ello consiguen sustentarse mejor, y hasta a veces, cambiar su imagen, mostrándose como el culmen de lo moderno y avanzado.
Los hombres, desde hace muchos siglos, saben una cosa que todavía muchas mujeres no hemos aprendido: que solo desde los puestos más altos puedes imponer y aplicar tus ideas, organizar las cosas como mejor consideres y, lo más importante, mandar y tener una cohorte de personas, a la que puedas encargar hacer todo aquello que no te gusta, incomoda, perturba, te aporta poco y, sobre todo, que quita tiempo y energía, para la obtención del objetivo primordial: su empoderamiento a todos los niveles, y nunca el nuestro.
En cambio, muchas mujeres siguen pensando, erróneamente, que si llegan a ser promocionadas a esos puestos de responsabilidad, tendrán que trabajar como fieras y hacerlo fenomenal. Que tienen que merecerlo y demostrar. ¡Seremos tontas! Nosotras nos lo tomamos como una enorme responsabilidad y compromiso y ellos, aunque utilicen estas dos palabras, lo que saben que adquieren es un enorme poder.
Tenemos que hacer entender a las mujeres que solo desde los puestos altos podremos cambiar más rápidamente las cosas. Solo desde esos cargos, podremos dedicarnos a pensar y a decidir cómo tienen que organizarse las cosas para mejorar la vida de todos, mientras otras personas hacen el trabajo de a pie y se baten el cobre en la batalla.
Ellos saben de sobra que lo difícil es llegar. Muchas mujeres han tocado el poder con la punta de los dedos y se han quedado sin él porque, como se diría en argot futbolístico, les han adelantado, normalmente un hombre, por la escuadra. Una vez que llegas, aunque nos quieran vender que lo difícil es mantenerse, no es verdad del todo, por lo menos hoy en día. Lo difícil es que te quiten que te echen. Y si no, que se lo digan a tantos y tantos, que digan lo que digan, hagan lo que hagan y cometan los errores que cometan, ahí siguen… para estupefacción de muchos. Ellos mucho más que nosotras tienen siempre en mente la famosa frase de Goethe Ladran…, luego cabalgamos.

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