Hoy es el primer sábado que Madrid está en Fase I y no he salido en todo el día a la calle. Ayer por la noche estuvimos varias horas en nuestra terraza de todos los viernes y, aunque me lo pasé estupendamente, estoy un poco “saturada” de calle. El ser humano es una animal de costumbres, eso está clarísimo, pero nunca pensé que nos fuéramos a acostumbrar a estar en casa. Antes de esta maldita pandemia, no me quedaba un día entero en casa ni a tiros; si no salía de casa, se me ponía un dolor de cabeza insoportable. Pues aquí me tenéis; todo el día en casa y tan contenta. Pero bueno, volviendo a la quedada de ayer, la verdad es que estuvo muy bien; nos reencontramos con amigos después de mucho tiempo. Eso sí, nos saludamos en la distancia, nada de besos y abrazos como antes, con nuestras mascarillas y nos sentamos ligeramente separados unos de otros. Cuando nos trajeron las cervecitas nos quitamos las mascarillas y, aunque no sabíamos muy bien qué hacer con ellas, no nos las volvimos a poner hasta que nos fuimos. Aunque las videoconferencias con el móvil o la Tablet son estupendas y nos han permitido mantenernos en contacto todo este tiempo, no hay nada como un encuentro presencial; ¡nos oímos y nos vimos divinamente! Además el dueño del bar nos reservó nuestra mesa de siempre y, para celebrar el reencuentro, prácticamente nos invitó a cenar a base de riquísimas tapas con las que nos deleitó toda la velada.

Hoy, primer domingo en Fase I, ha caído una tormenta en Madrid de las que hacen historia. Alrededor de las siete de la tarde ha empezado a llover con tanta intensidad que la cuidadora de la tía a la que visito todos los domingos por la tarde me ha llamado para decirme que ni se me ocurriera salir. En esas estábamos cuando han llamado unos vecinos a mi marido, vicepresidente de la comunidad de vecinos, para decirle que en su salón estaba “lloviendo” casi como en la calle ¡pobrecillos! Parece ser que el canalón para el desagüe de las terrazas no ha podido con el caudal de agua y ha reventado a la altura de su casa. Poco después ha llamado la cuidadora de mi tía para decirme que en salón estaba cayendo agua a mares y que llevaba recogidos ¡cuatro cubos de agua! Menos mal que ha parado de llover y, aunque los destrozos están ahí, en ambas casas ha dejado de caer agua.

Ya es miércoles de nuestra segunda semana en Fase I. Es el segundo día de la semana que voy a pasear al Retiro. A pesar de lo grande que es, hay momentos en los que es complicado mantener la recomendada distancia de dos metros teniendo en cuenta que somos muchos paseantes, corredores, patinadores, ciclistas,… que nos movilizamos a las ocho de la tarde. Entiendo que debe ser muy complicado establecer protocolos seguros para una situación como ésta en una ciudad tan grande como Madrid. Veremos qué pasa cuando se supriman las franjas horarias. En cualquier caso se agradece mucho, y sobre todo se valora después de tanto tiempo confinados, pasear por zonas verdes, rodeados de árboles. Me he dado cuenta que necesito salir de Madrid; salir de la ciudad, ver el campo, que la vista no se encuentre con una pared de hormigón cada vez que levanto la cabeza. Y mira que a mí me gusta Madrid ¿cómo estarán los que habitualmente añoran el campo?

Ayer fui a cenar a casa de una amiga a la que tenía muchas ganas de ver, que tiene un poco de fobia a las mascarillas por lo que quedar en la calle no es su mejor opción. La suerte es que vive en un ático estupendo con una preciosa terraza llena de plantas, así que yo encantada. Aunque vive un poco lejos de mi casa, me fui andando con la intención de estar un rato y volverme andando. Pero me pasó lo que me suele pasar en estos casos: me lie. Como era tarde para volverme andando tuve que enfrentarme a un nuevo hito de mi desescalada particular: usar el transporte público. Pensé que lo mejor era coger el autobús que a esa hora iría vacío por lo que el riesgo iba a ser mínimo. Tras un rato en la parada, comprobé que el último autobús había pasado a las 23:00 (claro, se supone que a esa hora todos debemos estar en casa…). Tras comprobar que Cabify estaba a tope, tardaban una eternidad en asignarme un coche, me decidí por coger un taxi que cacé al vuelo. Reconozco que a pesar de que el conductor iba con su mascarilla, yo con la mía y en el asiento de atrás, no me sentí segura (eso es paranoia mía)  y en cuanto llegue a casa, realicé un proceso de higienización completo tanto de mi persona como de todo lo que llevaba encima. Ahora me voy a preparar porque hoy volvemos a la terraza de todos los viernes. Hoy iremos en coche porque mi marido no puede caminar bien. Será la primera vez que me subo en nuestro coche desde antes de la cuarentena. Mi marido lo hizo el lunes y fue una odisea pues tuvo que llamar al servicio de asistencia dos veces: la primera para cargar la batería que se había descargado después de tanto tiempo y la segunda para cambiar la batería pues no se cargaba correctamente. Daños colaterales del confinamiento…

El último fin de semana de la Fase I ha transcurrido sin grandes novedades, salvo que han abierto el club deportivo del que somos socios y hemos re-estrenado su estupenda terraza. Si algo caracteriza a este club es su estricta organización por lo que ahora, con las medidas de higiene y de aforo impuestas por la desescalada, conseguir una mesa en la terraza implica enviar un correo electrónico con antelación indicando la franja horaria en la que te gustaría acudir y el detalle de las personas (no más de cuatro por mesa) que vais a ser. Yo envié la solicitud el miércoles, con un sol de justicia en Madrid que nada hacía prever que hoy domingo el tiempo iba a cambiar, amenazando tormentas en nuestra franja horaria de 13:30 a 15:00. Hemos estado dudando qué hacer pero como ha hecho sol toda la mañana, nos hemos lanzado y, aunque nada más sentarnos han caído unas gotas, al final no sólo hemos estado en nuestra franja horaria reservada sino que la hemos prolongado una hora más. Cierto es que prácticamente fuimos los únicos valientes que no nos amilanamos por las nubes grises y los truenos que oíamos de cuando en cuando.

Ya estamos en la Fase II aunque personalmente no he notado ningún cambio. Es curioso, porque mi hija me ha dicho todo lo contrario; que lo nota un montón. Sí que es verdad que han abierto el gimnasio y que ha retomado sus clases de conducir. Por cierto, este es otro daño colateral de la crisis sanitaria que estamos viviendo. Cuando nos confinamos, estaba a punto de examinarse, ahora ha tenido que volver a comprar un bono de 10 clases para ponerse al día. Crucemos los dedos y confiemos en que sea el último bono que compramos…

En el gimnasio nos han dicho que, como nosotros tenemos tarifas anuales, nos las van a prorrogar dos meses: los correspondientes a abril y mayo. Junio, como ya está abierto, no tiene compensación aunque el aforo es del 30% y hay que reservar por Internet… además las clases de Pilates, yoga, mantenimiento,.. no han empezado. Como podréis imaginar aún no he ido. Sigo haciendo mis 15 km diarios de bici en casa y procuro ir andando a todos los sitios. Ayer sin ir más lejos, me hice 6 km.

Otra novedad de la Fase II es que han abierto las piscinas aunque con un aforo del 30%. El protocolo de reserva de plaza en la piscina es la pera… y por supuesto, por Internet. Me pregunto: ¿cómo hacen las personas mayores, que en general no saben usar Internet, para hacer todas las reservas que estamos constantemente haciendo ahora?