Me comentaba una amiga que, tras haberse producido en cambio importante en el equipo directivo de su empresa, esta no pasaba por un buen momento. Algunas de las personas más críticas durante mucho tiempo, desde un punto de vista destructivo y no constructivo, con su situación en la misma, habían alcanzado una cierta cuota de poder.
Estas personas que sistemáticamente estaban criticando y disconformes con todo, aunque desde su punto de vista no eran efectivamente las más trabajadoras del mundo, habían conseguido, arrimándose a los que acababan de llegar, hacerse un cierto hueco en el poder. Y nada más conseguir mejorar su situación, se estaban tomando una especie de revancha sobre los anteriores. Consecuencia de ello, la empresa iba cada vez peor y los empleados que tenían una cierta esperanza en el cambio, observaban atónitos cómo el clima en la empresa se estaba haciendo tóxico, insostenible… Y las cosas iban a peor.
Muchas de estas personas estaban destruyendo todavía más lo que había, que con tanto esfuerzo había sido levantado por todos, aunque bajo una apariencia de llevar todo hacia delante y mejorarlo. No había que ser un lince para darse cuenta que esas personas en lugar de dedicarse a mirar hacia delante con responsabilidad e intentar pensar en lo mejor para todos, a lo que estaban verdaderamente dedicándose era a vengarse de los que presuntamente y a su entender no les habían reconocido su valía o simplemente habían mandado hasta ese momento.
En esta misma línea nos encontramos con la venganza de los ganadores sobre los “vencidos” y de estos sobre los anteriores cuando cambian las tornas o tienen la más mínima oportunidad de hacerlo.
Hace poco, sin ir más lejos, también asistíamos a un acto en mi opinión deleznable, en el que un grupo de personas gritaron y abuchearon a las representantes de Ciudadanos en la manifestación del día de la mujer, haciendo que, por seguridad tuvieran que abandonarla. Esta actitud y esta forma de menoscabar a los demás, independientemente del partido al que las personas pertenezcan, merece todo mi rechazo y lo que a mi juicio deja entrever es una especie de resentimiento, de odio, una especie de sed de venganza, casi de envidia malsana que lo único que me produce es pena para esos bociferantes.
Todos en ocasiones tenemos sentimientos de envidia, de resentimiento, de frustración, pero deberíamos de luchar contra ello. Intentar que se quede en un pensamiento fugaz que, una vez analizado, nos haga conscientes de que lo único a lo que nos lleva es al odio y la destrucción y no a la construcción.
El servirnos de nuestra situación para disfrutar imponiéndonos sobre los otros es deleznable. Querer hacer justicia, equitativa y justa, valga la redundancia, no solo es legítimo sino necesario, pero intentar que los que creemos causantes de nuestros males y del mundo muerdan el polvo, como diría aquel, no es un acto de justicia sino de tomarnos la justicia por nuestra mano y aplicar la famosa ley del talión, que solo puede conducir a la ruina.
Pues bien, todos, pero sobre todo para aquellos que nos representan a todos, para aquellos que dirigen o bajo cuyo mando o responsabilidad se encuentran entidades, instituciones, empresas, asociaciones, grupos o corporaciones, sean del tamaño que sean, y hagan la función que hagan, tienen que saber que despojarse de los resentimientos y de los rencores que siempre acechan, para poder realmente hacer algo constructivo y en pos de esa palabra con la que tanto se nos llena la boca pero que tan poco se tiene en cuenta, como es el bien común, no solo es aconsejable sino obligatorio.
Solo las personas realmente fabulosas, aquellas que saben ver y mirar más allá de su propia mediocridad, de su propia inquina, son capaces de llevarnos a todos a un puerto seguro o por lo menos al mejor puerto seguro con el que se pueda contar.
Ya estamos casi acostumbrados a ver como muchas de las personas que tienen responsabilidad sobre los demás, imbuidos de un resquemor muchas veces incluso injustificado, utilizan su poder para vengarse de aquello que presuntamente no les ha beneficiado e incluso a veces simplemente de aquello con lo que no comulgan. Aunque con palabras nos intentan vender lo contrario, si nos fijamos un poco, nos daremos cuenta de que en realidad lo que hacen es tomarse la justicia por su mano de la peor manera posible.
Para todo en esta vida se requiere generosidad y altura de miras, que no significa falta de justicia. Tomar las decisiones que correspondan significa mirar con mente limpia, blanca, abierta, incluso en perjuicio de uno mismo.
A medida que nos hacemos mayores parece que se hace más fácil perdonar y mirar las cosas y las situaciones bajo el prisma de una cierta condescendencia y distancia, incluso con un cierto sosiego, sabiendo que por mucho que tengamos arraigadas nuestras ideas y costumbres nadie está en el completo uso de la razón.
Cuando una persona fallece muchas veces tendemos a verla con otros ojos a recordarla con lo positivo que tuvo en lugar de lo negativo y eso, como el saber perdonar en muchas ocasiones, deja nuestra mochila libre de cargas innecesarias.
No deberíamos ni como seres individuales ni como seres colectivos dejar que los resentidos nos manejen, nos dirijan, ni controlen nuestros actos porque eso solo nos llevará al desastre. El poder para ellos es una especie de arma para su venganza y beneficio.
Al final a todo el mundo le gusta mandar e imponer su criterio. Pero solo aquellos que, de verdad, desde sus más profundas convicciones y creencias, apliquen criterios realmente razonables abstrayéndose de sus miserias, de sus miedos y de sus limitaciones, serán dignos de nuestra confianza.
Dios nos libre de la dictadura de los resentidos porque los que siempre están pensando en vengarse de los que presuntamente les han causado ofensas o daños o de aquellos que consideran han estado en mejor situación, si son incapaces de mejorarse ellos mismo, como van a poder mejorar la vida de los demás

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