“No sé cómo pude pensar que no eras perfecta” es una de las frases que más me conmovió de la película Maudie, el color de la vida, dirigida por Aisling Walsh en 2016 e interpretada por Sally Hawkins, como Maud, y Ethan Hawke, como Everett Lewis, su marido y gran apoyo.
La película recrea la vida de la pintora canadiense naif Maud Lewis (1903-1970), quien desde muy joven padeció una grave artritis reumatoide. La cinta refleja la combinación de menosprecio y amor de su propia familia, quienes por el hecho de ser “diferente” la consideraron una inútil, un problema y una carga. Refleja la búsqueda dolorosa de Maud por huir de una sobreprotección humillante, y por encontrar su independencia y diginidad (“No soy una lisiada. Solo camino diferente”, explicaba). Y refleja su bondad, sensibilidad y talento. Su enorme belleza.
Maud Lewis fue una discapacitada tan capaz y prolífica como cualquier otro pintor del momento.
Discapacitadas
La vida de las mujeres con discapacidades graves suma en muchos casos las desventajas de pertenecer a dos “minorías”: mujer y discapacitada. Una doble discriminación. Vencer los retos y dificultades de su vida -muchos o pocos según su limitación física o cognitiva y según el grado y severidad de su discapacidad- les implica una mayor exigencia de valentía, resilencia, espiritu de lucha y recursos emocionales.
Desde, por ejemplo, la escasa posibilidad de encontrar y progresar en un trabajo de calidad y de recibir un salario acorde, hasta dificultades para una educación superior, una ocasional sobreprotección de la familia que a veces les anula las alas, bajo reconocimiento social, una mayor vulnerabilidad frente a la violencia, machista y de cualquier tipo, dificultades para ser autónomas, independientes o formar una familia… e incluso a veces las trampas de vivir en ciudades y espacios no suficientemente adaptados para su minusvalía.
Los muchos obstáculos que deben afrontar son frecuentemente ignorados y pasan desapercibidos para la mayoría de ciudadanos. Intentar vivir como una ciudadana no discapacitada, con las dificultades y retos de cualquier mujer en una sociedad tan competitiva como la actual, les exige una enorme dosis de empuje, autoconfianza y valentía, y una fuerte voluntad de superación casi nunca fácil.
Convivir con afecciones en huesos y articulaciones cuando limitan o impiden la movilidad y la vida independiente, con deficiencias visuales o de oído, con problemas neurológicos, mentales o psicologicos… es empezar la carrera con zapatos de hierro.
Es verdad que se ha avanzado mucho. La sensibilidad social se ha despertado con fuerza, aunque todavía insuficientemente. En otros siglos se esterilizaba a estas mujeres. Hoy algunas cuentan que no esta bien visto que se queden embarazadas, y que sintieron una disimulada presión para no ser madres. Aunque hemos alejado la tentacion de ocultar o relegar a las discapacitadas graves y reconocemos sus derechos, sigue quedando un largo camino hasta su total integración, hasta la normalidad.
Se ha avanzado mucho, pero aún queda mucho.
“Usa las habilidades que tienes. No te centres en las que no tienes”
¿Cuáles son los mayores obstáculos vitales para quienes padecen una discapacidad importante ? La autopercepción negativa, la incapacidad para creer en su propio potencial, una actitud derrotista para imaginar sus posibilidades y querer luchar por ellas, un victimismo alentado por una sociedad que sobrevalora el éxito, la imagen y la perfección física… Se trata de obstáculos más peligrosos que la propia enfermedad o que sus limitaciones cognitivas, neurológicas, sensoriales, psicológicas, físicas…
“Mi capacidad es mayor que mi discapacidad” afirmaba la escritora Nikki Rowe. Maud Lewis, por ejemplo, encontró su autoestima y su dignidad en el amor y en la pintura. Su cuerpo, para muchos “deforme”, no le impidió trabajar por su sueño.
“Elijo no anteponer <dis> en mis capacidades”
Una sociedad que rechaza y toma medidas contra la exclusion, que considera normales las diferencias, y que ofrece soluciones y posibilidades para que las mujeres con alguna enfermedad o discapacidad grave puedan “aportar” su talento y esfuerzo -laboralmente y en todos los ámbitos- no es solo una sociedad más avanzada, igualitaria y justa. Es también una sociedad que crece y se beneficia del talento de TODOS sus ciudadanos. No solo de los tenidos como sanos o normales. Porque ¿acaso no somos todos normales siendo a la vez diferentes, cada uno con nuestras especificidades y circunstancias físicas o neurológicas?
La Administracion española reconoce que aproximadamente el 8% de la población sufre alguna discapacidad. Y que alrededor de dos millones son mujeres.
Todas bellas, todas necesarias y con mucho por dar.
Infórmate aquí, aquí, y en la web xTalento.

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