Estaba el otro día repensando una pequeña reorganización en la terraza de mi casa enfocada, simplemente, en cambiar un par de sillas, de un lugar a otro, dentro del mismo espacio. Esto es, porque uno los pequeños placeres que tengo, desde hace relativamente poco, durante la primavera, es sentarme, aunque solo sea 10 minutos, al sol en la terraza. Incluso llego a dormitar. Como ya he expresado en otras entradas, para mí, en muy importante tener todo o casi todo en orden y la organización actual hacía que, cada vez que salía a la terraza, tuviera que cambiar la silla de sitio y luego volverla a colocar. De tal manera que, si a lo largo del día salía cuatro veces a la terraza, aunque fuera 5 minutos, estaba todo el tiempo con la silla en ristre un lugar a otro.
He de reconocer que, aunque lo disfruto, no puedo evitar sentir una cierta angustia, como es propio de mí, cuando hago esto, porque me suele venir a la mente nuestro dermatólogo, y digo nuestro, porque me lo recomendó una amiga y vamos varias, que siempre me dice que yo tengo que tomar el sol con burka. Como es un poco peculiar, aunque muy buen dermatólogo, me lo tomo de forma quizá menos categórica de lo que debería, pero su, llamaríamos sugerencia, no se me olvida.
La persona que me ayuda en casa estaba limpiando y, como suelo trabajar ahora en el salón, tuve que quitar toda la parafernalia laboral para luego volverla a colocar. Durante el fin de semana anterior había tenido que recoger otra vez todo: ordenador, cuadernos, alfombrilla con ratón, que sino no trabajo bien, los bolígrafos y los post it, porque iban a venir amigos de mis hijos y siempre me gusta que esté todo ordenado y en perfecto orden de revista. ¡Que lo vamos a hacer!, ¡Ya me gustaría furmarme un puro con esto!
En esto me vino a la mente una frase que acababa de leer en un libro que me está encantando y que seguro os recomendare cuando lo acabe. Una de las amigas le decía a las otras – “¿Cuántas de vosotras cuando habéis vivido en pareja tuvisteis una habitación propia?” …. “Un rincón de la casa …. Que no pertenezca a nadie”. Y luego espetaba “habrá que empezar por ahí”.
Y esto sí que es verdad verdadera, en casi todos los casos. Cuando vivíamos en casa de mis padres, mi padre tenía un despacho. Un sitio donde se sentaba a leer, a hacer cuentas o a evadirse de todos nosotros. Mi suegro lo mismo. La mayor parte de los padres de mis amigas ídem.
Mi marido cuando llegamos a la casa buscó un lugar donde tener los libros, los discos y CD´s y, aunque evidentemente puedo utilizar ese despacho cuando quiera, y siempre dice que es para todos, no lo siento como tal.
No solo en mi caso, sino que en casa de casi todas mis amigas que viven en pareja, el hombre tiene un despacho o un lugar donde refugiarse. Se podría decir que nosotras acabamos refugiándonos en casi todas las habitaciones de la casa, pero ninguna es nuestra y solo nuestra, ni siquiera el cuarto de baño, que es ese sitio que primero miramos cuando vamos a cualquier sitio.
Solo una de mis amigas cuando hizo la obra de su nueva casa, había comprado previamente un vestidor en unos grandes almacenes. Lo vio cuando no tenía todavía perspectiva de ponerlo en ningún sitio, pero no pudo resistirse. Le pareció grande y bonito y además, lo habían rebajado. Cuando cambió de casa me reconoció que toda la obra había girado en torno a encasquetar, como fuera, el vestidor. Es su lugar, donde reconoce se mete. Donde oculta zapatos y ropa que se compra cuando siente un instinto incontrolable. Pero, incluso en este caso, en la entrada tuvo que instalar una especie de pecera, bastante moderna, donde su marido pudiera tener su despacho.
La mayor parte de las mujeres dejamos que los demás ocupen sus espacios y, al final, nuestros espacios son sus espacios. Ni siquiera nos quejamos o si lo hacemos se nos olvida al minuto, porque nuestra prioridad, sin que seamos hermanitas de la caridad, es que los demás estén cómodos y tengan sus sitios. Así que al final lo que acabamos teniendo nosotras es una especie de espacio virtual, en cualquier sitio en donde nos coloquemos. Una especie de coworking. Un espacio compartido que hacemos nuestro por el simple hecho de utilizarlo más a menudo.
Pero la verdad es que no solemos tener un lugar en el que parapetarnos y decir “Aquí no entra nadie” “Es mi sitio”. La realidad es que la mayor parte de las mujeres de naturaleza generosa y adaptativa entienden que su comodidad se basa en la comodidad de los otros.
Pero yo creo que lo que verdaderamente nos irrita es que los demás no se den cuenta de nuestro sacrificio y generosidad. Nosotras, en el fondo, estamos renunciando a algo que, si cabe, incluso sería más necesario ya que solemos sufrir con más crudeza los avatares y los disgustos de lo que les pasa a los que nos rodean. Simplemente porque somos así.
Esto no solo ocurre en el ámbito doméstico o privado, donde nuestra renuncia, como en otras cosas, suele ser por amor, sino que también se da en el ámbito empresarial. Todos conocemos casos donde los hombres han logrado encontrar su espacio, aún sin tenerlo. Justificándolo con todo tipo de argumentos. Sabemos cómo biombos, salas de reuniones e incluso secretarias y personal assistant, colocadas estratégicamente, entre paneles y muebles, han creado ese espacio masculino que ellos tanto necesitan para su privacidad.
Menos mal que las mujeres tenemos tal capacidad que ponemos nuestra impronta en cualquier espacio común. Lástima que muchos empresarios sigan sin verlo y prefieran no contratar ni ascender a las mujeres. Como empecemos todas a reivindicar espacios físicos entonces van a saber lo que es la densidad femenina.

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