El pasado enero hizo seis años desde que aquel famoso crucero Costa Concordia naufragó, a apenas 150 metros de la costa, al frente del cual estaba su increíblemente famoso capitán Schettino, que después de haber cometido varias irregularidades, cuando el barco se estaba hundiendo, remató su hazaña incumpliendo la normativa marinera que exige que el capitán sea el último en abandonar el barco. Ya estaba en la costa cuando muchos de los pasajeros luchaban por abandonar el crucero y sobrevivir.
Fue condenado a 16 años de cárcel, pero todavía no está en prisión porque la sentencia no es firme, pero además, se está lucrando con esos tristemente famosos hechos, porque escribió un libro con su versión del naufragio, donde lo que hace es echar la culpa a los otros. El libro ha sido un éxito de ventas.
La historia de ese capitán es una historia que se repite a diario en otros ámbitos y en otros contextos. Y no es ni más ni menos que, cuando se produce cualquier tipo de éxito, todo el mundo -sobre todo los que están a la cabeza o al mando de cualquier institución, gobierno y entidad pública o privada- muchas veces sin pudor y, a menudo, sin ni siquiera citar ni hacer ningún tipo de reconocimiento a los que le han ayudado e incluso a aquellos que realmente han obtenido el éxito, se lo adjudican. Lo hacen suyo.
En cambio, cuando se produce un fracaso, hay un problema u ocurre un error, esas mismas personas enseguida se lavan las manos y empiezan a perseguir y señalar al chivo expiatorio que tienen cerca. Y entre declaraciones grandilocuentes, citando a los medios de comunicación allí donde ven un hueco, prometen y garantizan a quienes les escuchan, con gran solemnidad, pomposidad y grandilocuencia totalmente forzadas, tomar duras medidas, para que eso no vuelva a suceder.
Estas personas son las que deberían asumir la responsabilidad última, después de haber depurado responsabilidades, esta expresión que también tanto gusta hoy y tanto utilizan todos. Incluso a veces se aprovechan esos procesos para cargarse a aquel que te hacía sombra o con el que estabas constantemente discutiendo o que no pertenecía a tu grupo de acólitos y fieles.
El principio de riesgo y ventura que rige en derecho de contratos en estos casos se leería en: La ventura siempre es mía, y el riesgo y el problema tuyos. Pero lo peor no es esta impresentable actitud, ni que nadie afee a estas personas su conducta, por dejar, dicho finamente, su trasero a salvo y entregar el cuerpo entero de los de abajo, sino que encima la persona saca rédito personal, y muchas veces económico, de esa situación. A veces incluso sale reforzado.
En la época actual basta con negar la evidencia palpable, los hechos vistos y oídos, con esos ojitos y esos oídos que nos ha dado Dios, para quedar fuera de la culpa. Pero eso sí, como alguien tiene que asumirla, porque todavía no se ha inventado, aunque seguro que queda poco, la forma de borrar lo ocurrido y hacerlos y hacerte invisible, ya he decidido a quién se la voy a encaramar. Y así mato no dos sino varios pájaros de un tiro. Ese chivo expiatorio, que a veces ha sido cómplice o simplemente solo pasaba por allí, se queda con el pastel, mientras observa atónito cómo el responsable último no solo se salva sino que renace como el Ave Fenix, que como esta última es un mito y no una realidad.
Eso son muchas personas: Mitos. Los mitos están protagonizados por un personaje fantástico, pero, en este caso, esas personas no son personajes fantásticos sino fantasmas, detrás de los cuales se produce un acontecimiento extraordinario: que por mucho que observamos, no logramos entender cómo es posible que hayan llegado donde están. La mitología es preciosa de estudiar y escuchar, pero de fantasmas -no de seres fantásticos- estamos ya saturados.

Deja un comentario