Esta mañana, cuando he puesto la radio, estaban hablando y tratando de analizar, el brusco descenso de la natalidad que se viene produciendo en España. Tema muy comentado esta semana en todos los medios de comunicación por sus evidentes consecuencias negativas. Nos encontramos en la cifra más baja de natalidad desde el año 1941.

Uno de los contertulios puso sobre la mesa un concepto interesante que es lo que él llama el trilema de las mujeres. Lo que explicaba era que las mujeres se han visto en la tesitura de tener que elegir dos cosas de entre las tres siguientes: hijos, vivir o trabajar. Si se elige tener hijos y trabajar, no da tiempo a vivir.  Si se elige vivir y trabajar, al final se renuncia a los hijos o a tener más de un hijo. Y si se elige tener hijos y vivir, al final el trabajar se torna en una tarea difícil o incluso harto imposible.

Se argumentaba una cosa obvia.  Que solo mediante el establecimiento de medidas feministas de base, en el sentido de apoyo real (y no electoral) a las mujeres, con un sistema de cuotas, de flexibilidad, de conciliación, de premiar la natalidad y en lugar de castigarla, se podría llegar a un incremento de la natalidad que es lo que necesita un país como el nuestro, que se encontraba hace años entre los primeros y ahora está a la cola de Europa.

Esto, como tantas otras cosas que observo, que veo, que leo, en el día a día, me ha llevado a una reflexión. Las mujeres siempre están abocadas a tener que elegir entre varias cosas, todas importantes para ellas. La segunda es que, aunque soy una firme convencida de que en general todo el mundo tiene que acabar eligiendo, porque no se puede tener todo, las mujeres se encuentran en esa tesitura mucho más a menudo que los hombres.

No obstante, profundizando un poco más en este tema, se podría decir, que en este siglo donde se está produciendo un cambio de paradigma, de modelo, habría que propugnar y empujar cambios realmente profundos, que originaran que no siempre que algo afecta a la compatibilidad entre el mundo familiar y el laboral o profesional, tuvieran que elegir, con la consiguiente renuncia, las mismas, es decir las mujeres. Pero eso solo se consigue, en mi opinión, con dos cosas: llevando a cabo una verdadera transformación de la organización del trabajo y aplicando una gran dosis de generosidad. Cualidad, esta última, de la que estamos muy escasos actualmente y sobre todo si nos referimos a la generosidad bien entendida y no a poses falsas.

Entre la generación de nuestras madres, donde la mujer se quedaba en casa cuidando de los hijos y, en su mayor parte, trabajando muchísimo, porque no tenían ni los adelantos y comodidades del mundo actual, ni una coyuntura que les permitiera organizarse razonablemente (se podría decir, vivían sin darles tiempo a vivir), y  la generación de nuestras hijas que tienen una mentalidad y una educación mucho más abierta y, por ello,   la mayor parte, sueña con tener una vida profesional rica y fructífera y siguen planteándose la maternidad como algo que quieren pero que llegará, o no, cuando ellas consideren que es el momento oportuno, estamos nosotras, la generación en torno a los 50 o 60 años que hemos intentando vivir, tener hijos y trabajar,  haciendo todo lo mejor posible,  aunque vivir, entendiendo este concepto como tener tiempo para hacer lo que queríamos o dedicarnos a pensar en nosotras mismas,  ha sido para nosotras bastante difícil.

Nuestro vivir ha sido, más bien, vivir, a salto de mata, haciendo verdadera ingeniería para encontrar tiempos muertos entre los trabajos y los hijos o entre los trabajos y los padres, cuando hemos sido más mayores.

No hemos vivido como dicta la canción de Julio Iglesias …”me olvide de vivir de tanto querer ser en todo el primero”, sino apoyando que otros fueran los primeros.

Si miramos y analizamos un poco lo que hemos hecho, modestamente creo, que hemos hecho mucho, muchísimo, pero nuestra mayor frustración no ha venido por no poder vivir más tranquilamente o haciendo lo que nos apetecía en cada momento, sino que, honestamente, creo que nuestra mayor frustración ha venido del campo laboral.

Aunque hemos sido y seguimos siendo felices trabajando, esforzándonos y poniendo nuestro talento, preparación y conocimientos en juego, siempre hemos tenido una especie de cabreo interior, por decirlo claramente, al  ver que, por más que nos esforzábamos y que hacíamos todo tipo de malabarismos para que nuestro desempeño nunca se resintiera, como honestamente creo que ha ocurrido, en los trabajos no se ha reconocido.

Nuestra generación no ha perdido mucho tiempo pensando en què elegir. Nos hemos lanzado a la piscina y hemos conseguido hacer las tres cosas, aunque la que más nos beneficiaba, vivir, la hemos dejado en un último lugar, por lo menos durante muchos años.

Vivir para nosotras no ha sido mirarnos el ombligo, sino disfrutar de los pequeños y escasos momentos libres que hemos tenido. Por ello estamos legitimadas para poner voz y decir que gracias a nosotras muchos han vivido mejor.

Nuestra generación ha vivido con plenitud lo pequeño, viviendo poco para nosotras mismas y, aunque esto nos ha supuesto un gran esfuerzo, podemos decir alto y claro que, por lo menos la mayoría, no hemos vivido vidas frustradas.