Hay que ver cómo es la gente, cuando lo que se ventila es un tema de autoridad o poder sobre los otros. Comentándolo con mis amigas, observamos que, si además son hombres, que al fin y al cabo son los que todavía ostentan mayoritariamente el poder, es aún más difícil que dejen de actuar como si siguieran teniendo el mismo poder, control y autoridad que un día tuvieron sobre alguien, sobre todo si ese alguien es mujer. Pasa especialmente en el ámbito laboral, aunque es extensible al ámbito personal y a cualquier tipo de relación.
Nos seguimos quedando perplejas, por no decir mudas, cuando vemos que, como quien no quiere la cosa y con extrema naturalidad, se intenta “perpetuar”, a pesar de no tener ya ninguna autoridad sobre nosotras e incluso aunque ahora nos estemos relacionando en un ámbito distinto de aquel en el que se estableció la relación. De forma inconsciente va diciendo eso de “aquí sigo mandando yo” (“de algún modo, sigo siendo el jefe“). Presenciarlo o sufrirlo nos produce una mezcla de alucine, jocosidad y cabreo. Y nos obliga a estrujarnos velozmente el cerebro, para encontrar la mejor forma de hacerle notar diplomática y a la vez claramente que “hoy ya no es ayer”. Que no. Que ya no somos los de antes, ni como antes. 
- Así que busamos la forma más discreta de hacerle notar que ya no tenemos una relación de subordinación y nos tomamos casi como un reto que la persona entienda que la situación ya no es la que era.
- Si parece no darse por enterado, realizamos en un instante un minucioso estudio de la situación y el entorno.
- E intentamos adoptar una estrategia contundente, mediante un lenguaje no verbal, subliminal y lo más sutil posible, que le haga entender que: aunque fue, ahora no es y aunque pretenda seguir siendo, ya ha dejado de serlo. Y que ahora nuestra relación, del tipo que sea, tiene que estar basada en otras premisas. Que incluso puede pasar que ¡la subordinada pase a ser la principal! o que ambos lo seamos, como en aquellas oraciones coordinadas y yuxtapuestas de nuestro bachillerato.
Como con tantas cosas, esta no es una tarea que tenga un final; para nada. Es una lucha casi diaria, porque no olvidemos que la cabra siempre tira al monte. Que el ego de algunos busca siempre, consciente o inconscientemente, imponerse y seguir en la cumbre. 

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