Elena o Eleno de Céspedes fue una médica granadina, que trabajó y vivió como hombre en la España de Felipe II.  Probablemente fue un transexual masculino, el primero conocido de la historia de España.

Nació en Alhama de Granada en 1545.  Era mulata,  fruto de una relación extramatrimonial de su padre con una esclava negra que servía en casa.  Cuando nació fue considerada mujer y, como tal, vivió durante su juventud.

A los ocho años fue liberada y aprendió su primer oficio, el de tejedora. Muy joven se casó con un albañil, con el que “hizo vida maridable unos tres meses“,  hasta que se quedó embarazada y decidió abandonar la casa.  Nunca más volvió a tener sexo con un hombre. Manifestó que tenía pene y que, en realidad, era un varón, Eleno. Y entregó a su hijo a unas personas que vivían en Sevilla.

Eleno

A partir de entonces vivió como hombre, tanto sexual como profesionalmente.  Disimuló los pechos con vendajes compresivos y se obturó la vagina usando elementos cáusticos, hasta tal punto que no la encontraron en las múltiples veces que fue examinada.

En Sanlúcar de Barrameda tuvo su primera amante mujer y, en Arcos de la Frontera, empezó a vestir de hombre. Cambiaba cada poco de residencia, lo que la llevó a recorrer diferentes poblaciones de España, en una época en que la mayoría vivía y moría donde había nacido. Se acostaba con algunas mujeres y se marchaba.

Tras el levantamiento de los moriscos de Granada, se alistó como soldado para acabar con la Rebelión de las Alpujarras, haciéndose llamar Céspedes a secas.

Se mudó a Madrid, nombrada ya capital del reino, y, superando muchas barreras,  aprendió el oficio de cirujano.  Empezó a ejercer en el hospital de la Corte y luego en El Escorial, donde la acusaron de intrusismo. Tuvo que examinarse, y logró el título y la licencia. “Es la primera cirujana en la historia de la medicina española, aunque obtuvo fraudulentamente el título” porque en aquel entonces estaba reservado a los hombres”, afirma Emilio Maganto Pavón, autor del libro El proceso inquisitorial contra Eleno de Céspedes.

Cuando manifestó su deseo de casarse, el vicario de Madrid (Neroni) solicitó  un examen genital.  El médico y cirujano del rey Felipe II, Francisco Díaz de Alca, un prestigioso doctor y  autor del  primer tratado de urología del mundo, examinó a Eleno y confirmó que era varón.

Así que se casó con María del Caño. Vivió durante algo más de un año en Yepes (Toledo), donde siguió ejerciendo su profesión, atendiendo a personas de toda la comarca.   Pero su ambigüedad sexual disparó los rumores y en junio de 1578 fue denunciado, ante el Gobernador y Justicia Mayor, por un antiguo compañero de armas, que había oído decir en las Alpujarras que era una mujer disfrazada de hombre.

Elena

La pareja fue apresada y el caso fue revisado por un tribunal civil, en Ocaña (Toledo). También allí lo examinaron varios médicos, cirujanos y matronas, quienes dictaminaron,  sin embargo, que era mujer. En el proceso se afirma que utilizaba con su esposa un “instrumento tieso y liso,  una especie de  consolador llamado baldrés, hecho de madera forrado con cuero blando“.

Como había convivido maritalmente con otra mujer, fue acusada de lesbianismo, sodomía y bigamia.  El tribunal no sabía bien cómo resolver un   problema jurídico y de moral sexual de este tipo, así que pasó el caso a la Inquisición, la cual la sometió a juicio. El inquisidor Lope de Mendoza llevó el caso.

En 1587 fue trasladada a Toledo  y la examinaron de nuevo el doctor Francisco Díaz y  el licenciado Juan de las Casas, médico de Yepes.

Automutilación quirúrgica

En esta ocasión, el dictamen fue que Eleno no era ni varón ni hermafrodita, sino claramente una mujer y que debía ser llamada Elena de Céspedes. La resolución afirmaba también que había obtenido la apariencia genital de varón, gracias a una manipulación quirúrgica que se había hecho la propia Elena en los pechos y la vagina, con tal habilidad que  engañó al ilustre médico real en su primer examen. También se menciona que, posiblemente, solo había sido un examen visual, ya que preguntado si le tocó con las manos, dijo que no se acordaba.

Para asegurar la veracidad del dictamen, se repitieron los informes y varios médicos diferentes ratificaron su condición femenina. El pene, afirmaron, había sido un “artificio” realizado con artes diabólicas, por lo que también fue acusada de  hechicería y  herejía.

Eleno negó rotundamente todas las acusaciones y siguió afirmando que era varón. En 1588 fue condenado a la pena de doscientos azotes y a reclusión durante diez años en un hospital, donde debía trabajar gratis en su enfermería.

No hay más información, ni sabemos cómo terminó su vida. Lo único que sabemos de Elena o Eleno procede de las más de 300 páginas de su proceso inquisitorial.

La manipulación de su cuerpo, la automutilación de sus genitales (gracias a sus conocimientos de cirugía y a la ayuda de una curandera morisca), y la disimulación de sus pechos y de otros elementos sexuales femeninos hacen pensar que Elena nunca se encontró a gusto con su condición femenina y que se sentía hombre, es decir que era un transexual masculino. Un varón atrapado en el cuerpo de una mujer,  Eleno.

Su experiencia tiene puntos en común con  Catalina de Erauso, la monja-alférez, y con Fernanda Fernández, pero estas consiguieron proseguir sus vidas como varones.

Su historia fue tan popular y conocida en la época, que posiblemente inspiró a Miguel de Cervantes su personaje Cenotia de Los trabajos de Persiles y Sigismunda,  una maga nacida en Alhama de Granada y huida de la Inquisición.

Más información: wikipediaaportaciones de los cirujanos españoles del Renacimiento;  El País; Ignacio Ruiz,  Elena o Eleno de Céspedes, editorial Dykinson; Israel Burshatin,  Queer Iberia; Yolanda Mancebo.