Elizabeth Cady Stanton fue una abolicionista, escritora e iniciadora del movimiento de mujeres en EE.UU. Redactó la Declaración presentada en la I Convención sobre los derechos de la mujer, celebrada en 1848 en Seneca Falls (Nueva York), que fue el comienzo del movimiento para el sufragio femenino en Norteamérica.
Abolicionista
Elizabeth nació en Johnstown, Nueva York, en 1815. Fue la octava de once hijos, cinco de los cuales murieron en la infancia y un sexto, Eleazar, a los 20 años. Su padre fue un abogado y político, que alentó a su hija a estudiar. La matriculó en la Emma Willard School. Allí fue la única niña en las clases avanzadas de matemáticas e idiomas. Tras la muerte prematura de varios de sus hijos, su madre sufrió una fuerte depresión que dejó un vacío materno en la infancia de Elizabeth. Cuando murió su hermano Eleazar, Elizabeth intentó consolar a su padre, prometiéndole que sería para él el mejor de los hijos. La respuesta espontánea de su padre ¡cuánto desearía que fueras un niño! le hizo comprender dolorosamente que, aunque su padre la amaba, valoraba a un hijo mucho más que a una hija, como muchos padres de su tiempo.
A los 24 años se casó con Henry Brewster Stanton. El matrimonio, junto con su primo Gerrit Smith, fueron activos abolicionistas. Elizabeth y Henry asistieron a la convención mundial antiesclavista celebrada en Londres. Allí conoció a Lucretia Mott, una sufragista norteamericana cuáquera. Ambas compartieron su frustración e indignación por la falta de derechos de las mujeres y comenzaron a gestar las primeras vindicaciones por la Igualdad.
Elizabeth empezó a luchar primero por el sufragio y, a continuación, por otras cuestiones sociales en las que la mujer ha sido históricamente discriminada: dependencia conyugal, leyes de divorcio, derechos de custodia de los hijos en caso de separación, derecho de propiedad, derecho al empleo y a sus ingresos, prohibición de dedicarse al comercio, a tener negocios propios y a abrir cuentas corrientes, negación de sus derechos civiles y jurídicos, derecho a presentarse a elecciones y a ocupar cargos públicos, derecho al control de natalidad… En este tema se posicionó en contra del aborto, pues siempre reconoció los derechos y la dignidad del nonato. También fue una activa partidaria del Movimiento por la Templanza (un movimiento de base cristiana, que se oponía al consumo excesivo de bebidas alcohólicas, para evitar sus daños físicos y psicológicos.)
Declaración de sentimientos de Seneca Falls
La Declaración de Seneca Falls fue el primer documento colectivo del feminismo norteamericano. Escrito por Elizabeth y Lucretia Mott, fue aprobado el 19 de julio de 1848 en una capilla metodista de esa localidad. Fue firmado por 68 mujeres y 32 hombres procedentes de movimientos muy diversos, aunque todos cercanos a los círculos abolicionistas. La Declaración, que criticaba la ausencia de derechos sociales, civiles y religiosos de la mujer, constaba de dos apartados: las exigencias para alcanzar la ciudadanía civil, y los principios para modificar las costumbres y la moral de su tiempo.
“La historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones por parte del hombre con respecto a la mujer. Su objetivo ha sido establecer una tiranía absoluta sobre ella. El hombre nunca ha permitido que ella disfrute del derecho inalienable al voto. La ha obligado a someterse a unas leyes en cuya elaboración no tiene voz. Le ha negado derechos que se conceden a los hombres más ignorantes e indignos, tanto indígenas como extranjeros. La ha privado de ese primer derecho de todo ciudadano, el del sufragio, dejándola sin representación en las asambleas legislativas. La ha oprimido desde todos los ángulos. Si está casada, la ha dejado civilmente muerta ante la ley. La ha despojado de todo derecho de propiedad, incluso sobre el jornal y el salario que ella misma obtiene con su trabajo.
(…) Los hombres y mujeres han sido creados iguales. El Creador los ha dotado de derechos inalienables, entre otros la vida, la libertad y el derecho a buscar su felicidad. Para asegurar estos derechos, se constituyen gobiernos, cuyos poderes derivan del consentimiento de los gobernados. Cuando un gobierno atenta contra esos fines, los que lo sufren tienen el derecho de negarle su lealtad y de reclamar la formación de otro gobierno…
“(…) DECIDIMOS: Que la misma proporción de virtud, delicadeza y refinamiento que se le exige a la mujer en su comportamiento en la sociedad, se le exija al hombre. Y que las mismas infracciones sean juzgadas con igual severidad, tanto en el hombre como en la mujer…”
Después de la Guerra Civil norteamericana entre el norte y el sur, se produjo un cisma en el movimiento pro derechos de la mujer. Elizabeth y su compañera de lucha Susan B. Anthony decidieron no apoyar la Decimocuarta y Decimoquinta enmienda a la Constitución de los Estados Unidos y crearon la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer. Las dos amigas se opusieron a que se otorgara el derecho de sufragio a los hombres afroamericanos, mientras se seguía negando ese derecho a las mujeres, tanto negras como blancas. Priorizaron la lucha por los derechos de la mujer y por sus libertades individuales.
El 15 de mayo de 1869 se creó en Nueva York la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer (National Woman Suffrage Association, NWSA) y poco después la Asociación Americana por la Igualdad de Derechos.
Veinte años más tarde, Elizabeth, que también fue un de las primeras en apoyar el matrimonio interracial, fue elegida presidenta de la asociación feminista que englobaba a ambas organizaciones.
Las norteamericanas consiguieron el derecho al voto en 1920. De las mujeres que participaron en la reunión de Seneca Falls, sólo Charlotte Woodward, que tenía entones diecinueve años, participó en las primeras elecciones presidenciales en las que pudo votar la mujer.
Reinterpretar la Biblia
Las primeras sufragistas y feministas norteamericanas tenían valores cristianos. Elizabeth y Susan decidieron que había que reinterpretar la Biblia y buscar en ella una nueva ética. Durante tres años, más de veinte mujeres pertenecientes a diferentes iglesias protestantes, incluida la primera mujer sacerdote de Nueva Inglaterra, la Reverenda Phebe A. Hanaford, se dedicaron a revisar la Biblia. En su opinión, las sagradas escrituras eran susceptibles de crítica y reinterpretación, tal y como habían hecho los hombres a lo largo de la historia. Defendían el mensaje de Jesús, pero rechazaban los siglos de manipulación histórica y lingüística de las Escrituras.
El porcentaje de mujeres significativas en la Biblia era, según ellas, de solo un diez por ciento del total de personajes. Presentaron a la Eva del Génesis como una mujer que anhelaba el conocimiento y, por ello, mordió la manzana, a diferencia de su compañero, perezoso y cobarde. En cuanto al uso del velo, la condena de las brujas…, llegaron a la conclusión de que no había que tomar como palabra de Dios las andanzas de unas tribus del Antiguo Testamento que trataban a las mujeres como botín de guerra y objetos sexuales. Sin embargo, elogiaron los libros en los que la mujer aparece retratada con justicia: la profetisa Débora; Ruth y Noemí; Vashtí y Esther, y todas las mujeres que fueron coherentes, rebeldes, audaces…
Escritora y conferenciante
Elizabeth tuvo siete hijos y vio morir a dos de ellos, ya adultos. Escribió algunos de los libros y discursos más influyentes sobre el feminismo, entre otros seis volúmenes sobre la Historia del sufragio femenino. En 1895 publicó la Biblia de las mujeres y, posteriormente, su autobiografía, el periódico semanal Revolución…, entre otras obras.
Durante 12 años colaboró con la oficina del Lyceum de Nueva York, lo que la llevó a dar conferencias por diferentes estados durante ocho meses cada año. También habló en Europa. Su popularidad como conferenciante fue tal, que pudo difundir con pasión sus ideas y conseguir recursos para que sus hijos fueran a la universidad. Entre sus discursos más populares están: “Nuestras niñas”, “Nuestros niños”, “Educación mixta”, “Matrimonio y divorcio”, “Vida en prisión”, “La Biblia y los derechos de la mujer“…
1898
Al igual que el resto del pueblo norteamericano, no supo ver las ambiciones territoriales, económicas e imperialistas de EE.UU., que estuvieron detrás de la guerra de 1898, entre una potencia ya muy poderosa, y un país empobrecido, en plena decadencia y con demasiadas rémoras históricas. Como sus compatriotas, Elizabeth no tuvo una visión desapasionada ni suficientemente informada del conflicto, sino que fue manipulada por las falsedades y medias verdades publicadas por el magnate de la comunicación William Randolph Hearst. “Aunque odio la guerra -escribió- me alegro de que esta haya llegado. Me gustaría ver a España barrida de la faz de la tierra“. La aplastante victoria de EE.UU. sobre un ejército mucho más débil y mal equipado le hizo conquistar y conseguir los territorios hispanos de ultramar, y dio comienzo al colonialismo norteamericano, que era su objetivo inicial.
Murió en 1902, en Nueva York, de insuficiencia cardíaca. Tenía 86 años.
Más información, en wikipedia, mujeres en red, jotdown y aquí.

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