Hace años una conocida comentó que, en un proceso de selección para un puesto de economista en una multinacional, el técnico de selección le hizo un comentario de bastante poca educación y que no venía a cuento. Le dijo que había observado que sus andares eran bruscos, casi masculinos. Y le aconsejó que intentara moverse de una forma más femenina. Ella se levantó y, después de responderle: “No sabía que me presentaba a modelo, sino a un puesto de economista”, dejó al susodicho señor con la palabra en la boca y se fue.
Esta pequeña anécdota sirve para introducir algo que, aunque pasen los años y llevemos décadas luchando contra ello, sigue siendo así: A la hora de valorar y escoger mujeres, en muchos ámbitos y en muchos tipos de trabajo, además de la capacitación profesional adecuada, se toma muy en cuenta un físico agraciado y que no sean excesivamente mayores, siendo lo de “excesivamente” relativo y subjetivo.
Acudir a una entrevista de trabajo con un aspecto cuidado no solo es lo adecuado, sino necesario y conveniente para la mayoría de empleos. Pero de ahí a que el físico, la imagen y la juventud tengan esa importancia y ese peso para las mujeres, cuando, como bien sabemos, no ocurre lo mismo en el caso de los hombres hay un enorme y discriminatorio trecho. Para los hombres, la capacitación y la experiencia son importantes (como en el caso de las mujeres), pero, salvo excepciones, no tienen esos otros condicionantes añadidos.
En otros ámbitos, quizá pasa más desapercibido, pero si nos fijamos en los presentadores de los informativos de televisión, la mayor parte de las mujeres son guapas, delgadas y relativamente jóvenes o en su primera madurez. No parece que se haga una selección tan estricta en el caso de los hombres, donde esos criterios se flexibilizan bastante.
Al final esto va calando en todo el mundo y también en las generaciones más jóvenes que, al fin y al cabo, son las que pueden ir cambiando esos comportamientos y mentalidades. Hace poco me contaba una amiga que su hija le había dicho que, cuando estuviera en la universidad, se buscaría algún trabajo para costearse parte de sus gastos. Y que confiaba en tener menos problemas que otras chicas para encontrarlo, porque era guapa. Y todas saben que a las chicas más monas se las contrata antes.
Aunque en el siglo XXI esto nos parezca increíble, la realidad es que no solo las mujeres tienen que hacer las cosas mucho mejor que el hombre para ser bien valoradas, sino que además la losa de belleza, atractivo y juventud, aunque sean conceptos relativos y subjetivos, también pesan mucho.
En esta época del marketing y de la imagen, todo lo visualmente atractivo acaba teniendo mucha importancia. Acaba gustándonos aquello que machaconamente vemos, oímos y escuchamos todos los días. Nos meten los hits de canciones, que no siempre lo son, pero que nos repiten hasta que acabamos considerándolos como tales, aunque musicalmente la canción valga más bien poco. Así que, si contratamos a personas, en general y en particular a mujeres, con la formación adecuada pero con diferentes físicos, edades y características, acabaremos influyendo positivamente, para que muchas más mujeres tengan oportunidades. Y mucha más gente se sentirá identificada y valorada.
No estamos defendiendo que no sea importante mantener una imagen cuidada y agradable, y sobre todo, saludable y feliz. Pero todos esos comentarios y ese modo subliminal de casi descarte de mujeres con otros tipos de belleza o con otras edades, lo único que dice del medio o de la empresa en cuestión es lo poco que valora la profesionalidad y la experiencia.
Ya que tanto se habla de focalizarse, focalicémonos en contratar a la gente adecuada, que cumpla los requisitos de profesionalidad y formación requeridos, no sea que siendo tan superficialmente selectivos en lo que no procede, al final nos vayamos a quedar con lo peor y dejemos escapar a la más idónea.

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