Llevo mucho tiempo pensando sobre la especie de maldición, que acaba cayendo sobre la mayoría de nosotros que consiste en repetir, de una u otra forma, comportamientos y actitudes que juramos y perjuramos, cuando éramos mucho más jóvenes, que nunca íbamos a tener o que no íbamos a soportar.

Todo aquello que dije que no me preocuparía, que no me agobiaría de esa manera, como le agobiaba sobre todo a mi madre, y que le hacía perder los nervios, resulta que ahora me los hace perder igual o más a mí, y no puntualmente, sino casi de forma continua. Por ejemplo, el intentar no preocuparme o preocuparme lo justo cuando mis hijos vuelven a casa muy tarde. Me resulta imposible.

Ahora, además, en mi opinión, las nuevas generaciones son mucho más libres de lo que lo fuimos nosotros y desde luego de lo que lo fueron nuestros padres o por lo menos de lo que lo fui yo y, por mucho que digas que no quieres que hagan esto o aquello, y ruegas y persigues y luego luchas contigo misma para no pasarlo tan mal, no consigues casi nada. Tus hijos consideran que, siendo mayores de edad y no haciendo nada de lo que se entiende puede considerarse malo, el llegar más pronto o al día siguiente o hacerse u piercing o tatuajes o ….  no tiene importancia, porque son jóvenes y si no lo hacen ahora ¿cuándo lo van a hacer?

Tengo amigas que me dicen que pensando en las cosas que hicieron cuando eran jóvenes, claro está, sin que sus padres lo supieran, les parece que era mucho peor y más peligroso, pero, ese no es mi caso. Debe de ser porque yo, como dice mi marido, fui demasiado e innecesariamente comedida para no disgustar a mis padres, por lo que ahora este tipo de cosas me parecen excesivas y me hacen estar en una tensión constante, aunque cada día luche contra ello y trate de modular mi reacción.

Como si con esto ya no fuera suficiente para mí, a veces me considero el jamón de un sándwich, porque también lucho con la anarquía, entre comillas, de mis padres. Ellos ya son muy mayores y tienen sus pequeños olvidos, pero tienen su plena capacidad jurídica y de obrar, como diría un abogado y, por ello, no hay quien les convenza de ciertas cosas. Hacen lo que consideran oportuno. Todas mis sugerencias o propuestas, que considero adecuadas, se quedan en agua de borrajas porque, como me dice mi madre. “- mientras yo pueda, a lo que yo añadiría, a duras penas, tomaré las decisiones y haré lo que considere oportuno”. No hay quien la convenza, Aunque conste que creo en la libertad individual y en la autonomía de la voluntad.

Y aquí estoy yo entre Pinto y Valdemoro, en tierra de nadie, intentando lidiar con los unos y con los otros y sin conseguir nada, pero, eso sí, no dejo de intentarlo un segundo. Cada día me levanto con la esperanza de que alguien se pliegue ante mis consideraciones, y nada, otra vez lo mismo. Me desgasto, me desgañito, para nada, porque no voy a lograr nada. Entonces miro a mi alrededor, hacia otras amigas y conocidas, incluso hacia gente que no conozco o actos que acontecen a mi alrededor, o que veo cada día en la tele en otros ámbitos, y me doy de bruces con la realidad de que, como dice mi madre, esa mujer con firmes y férreas convicciones y a la que tanto quiero, pero con la que tanto peleo,”  …hija las personas cambian muy poco, no te empeñes”.

Y en sus mismas palabras también está la contradicción que nos suele acompañar a todos los seres humanos, porque a la vez que me dice plenamente convencida lo anterior, me  repite sistemáticamente que impida que mis hijos lleguen tan tarde o que les diga que no, que lo digo,  a algunos de sus requerimientos o,  por ejemplo, que no le deje a mi hija hacerse ese piercing en la oreja, que al final tengo que agradecer porque es el sitio más comedido donde se lo pueden hacer, que si fuera en otro sitio ya me había dado un ataque. Para no conseguir nada, porque llegan con el piercing citado.

Al final, todo ello forma parte de la vida. Cuando lo veo con la perspectiva del tiempo o cuando logro analizar todas estas, al final, minucias, de forma sosegada, como por ejemplo el piercing, me digo a mi misma, si la verdad que no está tan mal o no era para tanto porque habré perdido tanta energía en este tema. Tengo que aprender. No me volverá a ocurrir.

Y esto me dura medio día porque dos días después estoy otra vez agobiada, poniéndome en lo peor. ¿Por qué no logro ver en todos estos casos el vaso medio lleno, como lo ve mi marido, y no medio vacío como lo veo yo? ¿O será precisamente porque unos lo ven medio lleno por lo que los otros lo vemos medio vacío? Quien sabe, seguiré trabajando en mi transformación personal con la esperanza de que al final logre controlar algo o controlarme. De ilusión también se vive, como dijo el pobre señor.