Me acabo de levantar y ya estoy desbordada mentalmente de las muchas cosas que tengo y debo hacer hoy, como casi todos los días. ¿Cómo es posible que cada vez se me complique más la vida? ¿Seré yo que, como tantas veces digo, no consigo encontrar el sosiego o es que realmente es casi imposible para nosotras encontrarlo en ese mare magnum de cosas en las que siempre nos vemos inmersas?
Me tranquiliza…, bueno, más que me tranquiliza, porque casi nada me tranquiliza, me hace sentirme acompañada el hecho de que muchas de mis amigas y conocidas viven situaciones parecidas. Cada vez que sacamos este tema que es muy a menudo, todas nos entendemos. ¿Sera que la generación baby boomer a la que pertenecemos, que se encuentra en medio de dos siglos, del mundo analógico y digital, del bien y del mal, donde nada casi es lo que parece sufrimos este desbordamiento porque no hemos sabido coger “lo mejor” de ambos sino “lo peor”?
Estaba leyendo anoche un reportaje sobre la nueva edad de oro y decía que hay personas para quienes los 70 son los nuevos 30 (va a llegar un momento en que los 100 van a ser los nuevos 30). ¿Tendremos nosotras que esperar a ese momento para ver si realmente es nuestra edad de oro, entendiendo como oro la edad a la que podamos realmente dedicarnos a lo que efectivamente queremos, nos gusta, en una palabra, a nosotras, o para nosotras será, es ya, una guerra perdida?
El reportaje hablaba sobre un señor cuya existencia había sido una sucesión de victorias y derrotas, nada extraño por otra parte. Pero parece que por fin cerca de los 70 años ya había conseguido comprarse el coche que quería y además se había jubilado, enviudado y, sin solución de continuidad, tenido novia (¡cómo no van a tener una novia más joven!). Gerontolescentes parece que les llaman algunos. Personas que entre los 65 y los 80 se mantienen activos y con un estado de salud estupendo y haciéndolo lo que les da la gana. Ya empiezo a dudar que nosotras podamos llegar a ser esa palabra tan rara.
Entre nuestros hijos y nuestros padres
La verdad verdadera es que, ahora mismo, seguimos entre nuestros hijos y nuestros padres, y con miles de obligaciones cada día. Con los hijos todavía en casa y Dios sabe durante cuánto tiempo porque, aunque se han recorrido el mundo y han vivido muchos de ellos fuera, en casa están en la gloria. Casi como si vivieran solos, pero con todo hecho, cuidados y haciendo su vida. Y nosotras, en el fondo, tan felices, porque cuando se vayan, si eso ocurre algún día, es posible que vuelven al poco tiempo, que ya no sabes ni siquiera si vas a poder dar otro uso a sus habitaciones, y encima tendremos el síndrome del nido vacío. Parece que nos hayan echado mal de ojo. Pero qué nido vacío, señor, si cada vez está más lleno, como nuestra cabeza.
Padres amorosos y cabezotas
Por otro lado nuestros padres ya con edades considerables. Encantadas y felices de ayudarles y estar con ellos, pero que son genio y figura hasta la sepultura. Todo hecho a su forma, sin pedir nada, porque pertenecen a una generación donde la generosidad era una realidad, no como hoy, donde hay una especie de generosidad solo para la galería. Si les ayudas, tiene que ser como ellos consideran que se deben hacer las cosas, hasta una tortilla francesa tiene que estar perfectamente envuelta. Nada de que parezca un huevo revuelto. O la basura…, la basura se saca al descansillo con un periódico debajo o con algo para que no ensucie, aunque las bolsas ahora son totalmente resistentes. Y el bote de mermelada…, ese bote se tiene que bajar nada más acabarlo al contenedor, que es donde debe estar y etc., etc. Esa generación sí que son verdaderos ecologistas. Y si no tenemos padres o ellos no nos requieren, siempre tenemos tíos, tías, parientes en general, personas a nuestro alrededor, que requieren de nosotras.
Y añado, aunque algunas salimos de nuestros trabajos, como nos consideramos jóvenes, plenas y capacitadas, y porque es beneficioso para la familia, pues a currar nuevamente, bien de forma altruista o remunerada. No vaya a parecer que nos hemos tirado al monte y nos tocamos las narices. Y luego encima aguantando con paciencia que nos digan ¿pero ¿cómo es posible que siempre te estés quejando? Pues sí, nos quejamos porque el recurso al pataleo es frecuentemente casi lo único que tenemos.
Por último, y no menos importante, ese afán nuestro de solucionar todo y de dar respuesta a todo lo que acontece a diario, que nos lleva desde a empollarnos no sé cuántos vídeos de YouTube para abrir la ventana que se ha quedado atascada y no podemos soportar verla todo el día cerrada (necesitamos ventilar), hasta la búsqueda por tierra mar y aire de esas pastillas de herbolario que te ha pedido tu madre, para la incontinencia urinaria de la noche, que se tomaba cuando tenía 50 años, esto es, hace más de 30 años, de un laboratorio francés que ha desparecido y que evidentemente cuesta mucho más buscarlas y pagar los gastos de envío que las mismas perlas, que luego, evidentemente también, no sirven para nada, pero dejan a tu madre tranquila. O hacer de peluquera con tu padre, porque no puede estar un día más con esas greñas, según él, porque solo son cuatro pelos ya los que tiene.
Y eso son trivialidades. Sigues sin dormir porque tus hijos no aparecen en toda la noche y, de repente, te despiertas sobresaltada y no han llegado. O estás continuamente alterada, porque la carrera les está costando un triunfo o no les gusta y deciden cambiar a no saben qué, porque la búsqueda de lo que realmente les encante es lo importante. O tienes que pedir cita en cien médicos para tus mayores y encajarlo en tu horario o aguantarte y hacer todos los días mini compras para ellos a su gusto, en vez de una general a la semana, no vaya a ser que se les estropeen las cosas.
Y para rematar, observas horrorizada cómo después de haber estado cotizando desde los 23 o 24 años sin parar y de seguir haciéndolo religiosamente, para en tu soñada jubilación vivir más o menos tranquilamente, deberías intentar ahorrar cada vez más pues no se sabe qué tipo de pensión vas a tener. ¿Ahorrar…?, ¿cómo voy a ahorrar si sigo teniendo miles de gastos?
Menos mal, como siempre decimos en muchas de nuestras entradas, que nosotras con un cafetito con amigas, con un pequeño viaje de fin de semana, yendo a Pilates o a zumba o a baile…, ¡tan contentas! Amigas mías, creo que nos hemos abocado a que nos tomen el número cambiado, como decía mi madre.
Como al final nuestras quejas se quedan en eso, en quejas y como tenemos la facultad de olvidar lo peor, sin perder nunca la esperanza, tendremos que esperara hasta los 65 o los 70. Y cuando llegue ese momento, si todavía no ha llegado el ansiado momento de primero yo después yo y al final también yo, pues esperaremos a los 80, y si no a los 100. El tema es nunca perder la esperanza y la ilusión, y dejar este mundo con las botas puestas.

Deja un comentario