Hace unos días mi amiga Marta me invitó a una mesa redonda que organizaba el Foro Negocia creado por el Centro de Negociación y Mediación del Instituto de Empresa como un espacio de encuentro y debate. El Foro Negocia está presidido por Jose María Fidalgo, secretario general de Comisiones Obreras desde 2004 hasta 2008, que consiguió reunir a Soraya Sainz de Santamaría, vicepresidenta del gobierno con Mariano Rajoy, y Cristina Garmendia, ministra de Ciencia e Innovación en el gobierno de Jose Luis Rodríguez Zapatero, en una mesa redonda bajo el título “Igualdad real: Justicia, Libertad y Responsabilidad”.

Expedición filantrópica de la viruela

Aunque las ponentes eran mujeres muy cultas y con un discurso muy elaborado, tengo que reconocer que el momento que más me enganchó fue el comienzo de la exposición de Cristina Garmendia que empezó diciendo que nos iba a contar una historia de héroes y villanos. Y nos contó la historia de Francisco Javier Balmis, médico cirujano de la Corte de Carlos IV, que logró llevar la vacuna de la viruela a América y Filipinas, a los territorios del imperio español, en los primeros años del siglo XIX. Con ello logró salvar la vida de millones de personas, pues en aquella época la viruela hacía estragos en todo el mundo. Hasta aquí el héroe. Pero, ¿cómo llevó Balmis la vacuna a Latinoamérica en el año 1803? La única forma de llevarla era en vivo; es decir, inoculada en personas. Y los que mejor respondían a esta técnica eran los niños. La idea era ir pasando cada cierto tiempo la vacuna de uno a otro, mediante el contacto de las heridas.

Balmis trató de reclutar a niños garantizando a sus padres que serían bien tratados, mantenidos y educados, hasta “que tuvieran ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición”. A pesar de estas condiciones, no consiguió que ningún padre cediera a sus hijos para la filantrópica misión. Y ahora aparece el villano: Balmes reclutó a niños de hospicios de A Coruña y Madrid. 22 niños, para ser exactos, de entre 3 y 9 años. Ninguno de ellos regresó a España. ¿Actuó Balmis de forma ética reclutando a estos pequeños en hospicios? Probablemente hoy en día Balmes no hubiera podido llevar a cabo su misión. Por cierto, en la entrada “Isabel Zendal, la primera enfermera de la historia en misión humanitaria internacional  ya contamos esta historia centrándonos en la otra protagonista: Isabel Zendal, rectora de la Casa de expósitos de A Coruña, que acompañó a Balmis en la misión.

Todo esto lo contaba Cristina Garmendia, para introducir el tema de la ética en el progreso que, tras una larga disertación, concluyó diciendo que el progreso genera desigualdad siempre corroborando la teoría del Nobel de Economía Angus Deaton para quien progreso y desigualdad van de la mano.

Es cierto que el gran avance de la humanidad, en especial del occidente europeo, se ha producido en los últimos 250 años coincidiendo con la llegada del capitalismo. Al tiempo que el sistema capitalista tomaba forma, el ingreso per cápita de Europa occidental se expande a toda velocidad, y hoy es aproximadamente 20 veces mayor al de 1700 (el ingreso por persona global está alrededor de 11 veces mayor). Otro aspecto indudable de progreso, la esperanza de vida al nacer en el mundo, pasó de 30 a 67 años entre 1800 y el 2000, y en los países avanzados llega prácticamente a los 80 años. Como persona de ciencias, pienso que el progreso se debe al desarrollo de ciencia, en todas sus disciplinas, y no al auge del capitalismo pero el argumento de Angus Deaton es que la desigualdad genera “excedentes” en la clase que invierte y ésta es una condición necesaria para el desarrollo.

¿Ética frente a progreso?

En la cuestión ética versus progreso, que me interesa especialmente, hay muchos asuntos controvertidos que darían para varias entradas en esta revista. El progreso frente al cambio climático quizá sea uno de los más interesantes y de plena actualidad con la celebración en Madrid de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático 2019. Pero el que más debate suscitó en la sala tras las intervenciones de las ponentes fue el relacionado con la privacidad, asociada a la libertad, frente al progreso.

Uso de nuestros datos personales

En numerosas entradas de esta revista ya hemos comentado que los teóricos servicios gratuitos de Internet como Google o Facebook, no cobran en dinero sino en datos personales. Por ejemplo Google almacena información sobre tus búsquedas en Internet, palabras clave de tus correos electrónicos, los lugares que buscas en sus mapas o el tipo de vídeos que ves en Youtube. Con esos datos crea un perfil para mostrarte tanto publicidad dirigida como enlaces patrocinados. De la misma forma cuando empiezas a utilizar Facebook, aceptas que los datos y fotos que compartes con tus amigos y familiares sean almacenados y procesados para mostrarte publicidad dirigida. Es decir, anuncios que se supone que te interesarán especialmente, y por los que los anunciantes pagarán más dinero. Pero la gratuidad de estos servicios ha permitido su enorme popularización y el progreso de lo que hoy llamamos la nueva sociedad digital.

Lo cierto es que aunque el nuevo reglamento de protección de datos (RGPD) aprobado por la Unión Europea recoge que los usuarios tienen total derecho a obtener información sobre qué datos personales utiliza la empresa, de qué forma los está utilizando y quiénes son los responsables de este uso de la información en los llamados Términos y Condiciones de uso de los servicios, la mayoría de nosotros los aceptamos sin tan siquiera leerlos. Adicionalmente, a pesar de estar absolutamente regulado el uso de los datos de carácter personal, hay empresas que se lo saltan a la torera, como hizo Facebook cuando, antes de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016, vendió los datos de 50 millones de usuarios a Cambridge Analytica que los usó para tratar de influir en su voto.

Pero no siempre el uso de nuestros datos personales tiene fines comerciales. Después de los atentados del 11-S las autoridades norteamericanas facultaron a la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de EEUU) para revisar los registros telefónicos, de Internet y la localización de la mayoría de las personas. Este proceso permaneció en secreto hasta las revelaciones de WikiLeaks. Pero ¿es ética esta violación de nuestra privacidad? Aquí el mundo se divide entre quienes consideran que no debería importarnos esta vigilancia en aras de una mayor seguridad, que es el caso de Cristina Garmendia, y quienes consideran que debería respetarse la privacidad por encima de todo.

No deja de ser curioso que, pese a la cesión que hacemos todos los días de nuestros datos personales a las grandes plataformas de Internet, se haya desatado una enorme polémica por la cesión de los datos anonimizados de localización de nuestros móviles al Instituto Nacional de Estadística (INE). Para quien no sepa de qué va esto, el INE ha pactado con las tres grandes operadoras de telefonía que trabajan en España (Movistar, Vodafone y Orange) utilizar los datos de localización de los móviles de sus clientes con el objetivo de conocer dónde vive, trabaja y cómo se mueve la población española. El estudio podría utilizarse para mejorar los sistemas de transporte públicos en determinadas zonas, aumentar las infraestructuras o reclamar más fondos para sanidad o educación en sitios concretos. Pues bien, ante la polémica surgida, redes sociales y medios de comunicación se han apresurado a publicar maneras para evitar el rastreo de los móviles.

La realidad es que si quieres proteger de forma absoluta tu privacidad, la única opción que tienes es hacer casi lo que Fernando Sánchez Dragó afirma que hace…: “Nunca entro en Redes ni en páginas web. Mi móvil es un viejo Nokia que no admite sapos (así he rebautizado a los whatsapps… ¿Se escribe así?).  No utilizo tablillas (que no tabletas).  Manejo el ordenador como si fuese una de mis viejas máquinas de escribir. Jamás he recurrido a un cajero automático. He prohibido a mi banco cualquier contacto vía internet y sólo en rarísimas ocasiones, todas ellas de índole conminatoria, me avengo a utilizar tarjetas de crédito.”  Ufff… ¡qué duro y qué excéntrico!  Yo estoy con el progreso.