Mientras comíamos en un restaurante muy agradable, en el que nos reunimos con frecuencia, conversábamos y nos contábamos nuestras cuitas, cuando surgió el tema femenino y feminista que tanto nos preocupa y que es el leiv motiv de este blog.  En ese momento, se sentó con nosotras la dueña del restaurante y nos  soltó de repente muy convencida y con cara circunspecta: “Yo me declaro machista”. Esa declaración que, así, de sopetón, puede resultar increíble, no nos dejó ni  perplejas ni agraviadas, sino que esperamos a que la argumentara.

Tirarse a la yugular de quien dice algo que nos puede sonar mal, extraño, rechazable o imposible es poco inteligente  y nada tolerante. Aunque utilizamos el lenguaje para expresar lo que queremos o pensamos, hay una verdadera estrategia de conducta tras él.

Se da la contradicción de que a veces preferimos a los que con sus palabras no dicen nada, para que nadie sepa lo que piensan, y puedan apuntarse a todo e intentar caer bien a todos, que a aquellos que, defendiendo y mostrando sus ideas abiertamente, a veces se equivocan, pueden ser malinterpretados o simplemente no aciertan en su forma de expresarlas. Las frases no son solo palabras aisladamente consideradas, sino que hay que atender al contexto para rellenar y comprender su significado.

Ella argumentó que, en algunos casos, el problema lo tienen las mujeres cuando se sienten inferiores y permiten que las traten o maltraten como si lo fueran. Continuó diciendo que ella siempre había visto y tratado a los hombres de igual a igual.  Jamás se había considerado inferior y, si en un momento determinado, había tenido que cantar las 40, decir cuatro cosas claras o parar los pies a algún hombre, lo había hecho. En su opinión, esto había hecho que nadie la ninguneara ni discriminara.

Las que hemos estado durante muchos años ejerciendo nuestras profesiones en el mundo empresarial, predominantemente masculino, y hemos vivido todo tipo de situaciones que han beneficiado claramente a los hombres, nunca hemos pensado que supiéramos menos que ellos ni que valiéramos menos que ellos ni que hiciéramos las cosas peor que ellos ni que, incluso que con hijos y bajas maternales, hayamos hecho menos trabajo que ellos. Los que detentan el poder, expresamente o en su fuero interno, lo saben muy bien.

Aunque parezca que casi todo el problema viene de que las mujeres tenemos hijos, me parece que es un argumento que se mal utiliza para que los mismos que siguen detentando la hegemonía y el mando sigan perpetuándose en él. Si lo analizamos fríamente, 16 semanas no son nada, ni nunca han sido nada. Salir de la oficina a una hora prudencial cuando se es productivo y efectivo durante las horas de trabajo  tampoco supone ningún problema. Utilizar estos argumentos sigue beneficiando a los hombres y no entra en la raíz del problema.

El problema es que el que está arriba, mueve los hilos y tiene el poder   no quiere dejar de tenerlo. Y cuando observa que otros, en este caso otras, pueden cogerlo y hacer las cosas de otra forma, ve amenazada o cuestionada su situación de privilegio. Y va a hacer todo lo posible para que eso no ocurra.

En mi opinión,  el problema,  sobre todo en el campo laboral,  del desigual acceso a las posiciones de poder en las entidades e instituciones que toman las decisiones importantes está, por lo menos para las que tenemos en torno a los 50 años, en que muchas de las decisiones tomadas por los hombres para promocionar, nombrar o pagar más a sus iguales, otros hombres, lo han hecho con el ánimo de no perder su hegemonía. No lo han hecho desde el convencimiento de que ellos tienen más capacidades, ni de que iban a desempeñar mejor esos puestos, ni de que las mujeres iban a perder productividad o compromiso con el trabajo, teniendo hijos.

Para ello han vestido a la mona de seda.  En unos casos, callando, sin dar explicaciones y actuando por la vía de los hechos. En otros, los más, poniendo cara de se ha tomado la mejor decisión, se ha promocionado al mejor y dando todo tipo de justificaciones y argumentos, aparentemente razonables,  para impedir que las mujeres, de forma mayoritaria, den el salto a responsabilidades de poder e   imposibilitando que pudieran luchar por ello.

Tomar todas estas decisiones perjudiciales para las mujeres, poniendo cara de no haber roto un plato, prometiendo que en cualquier momento llegará nuestro momento (que nunca es “ahora”), y construyendo todo un argumentario de verdades a medias manipuladas, ha impedido que pudiéramos defendernos.

Las personas que detentan el poder -muchos más hombres que mujeres-  saben que las guerras cuerpo a cuerpo, cara a cara, argumento contra argumento, se pueden ganar o perder. En cambio, hacer las cosas dotándolas de una apariencia de lógica, justicia, equidad…, es mucho más difícil de combatir. Como diría aquel “vaya usted a reclamar al maestro armero”.

No tenemos más que ver cómo la mayor parte de políticos, dirigentes de empresas, entrenadores de fútbol, y responsables de grandes entidades públicas y privadas hacen lo que quieren, utilizando las verdades a medias e impidiendo que los demás les contraargumenten.

Ya se cuidan muy mucho de seguir imponiéndose o haciendo lo que estiman, sin que los demás puedan darles la contrarréplica y dejar sus opiniones, o su modo de hacer y de decir en entredicho.

En este mundo digital, donde tanto hablamos de estrategia y transformación,  las mujeres deberíamos actuar con un poco más de estrategia.  En eso deberíamos estudiar e incluso copiar el modus operandi tradicionalmente masculino para mantenerse en el poder. Algunas ya lo están copiando y los resultados los tenemos ahí y, si no, que se lo digan a Theresa May.