Casi todos los días sucede algo que nos hace sacar, de forma directa o indirecta, el tema de las relaciones. Solemos comentar que las relaciones sean del tipo que sean tienen que estar equilibradas y merecer la pena a las dos partes por igual. Es decir que cualquier relación tiene que tener un aporte del 50% de cada una de las partes. La experiencia nos dice, sin embargo, que, para que una relación funcione o un equilibrio se mantenga a corto o largo plazo, con frecuencia hay alguien que cede más, en pos del bien común, del bien de la otra persona, para solucionar un problema o para arreglar una situación. Si nos ponemos a analizarlo, aparcando idealismos e ideologías, vemos que sucede así en numerosas ocasiones.

Las mujeres han sido las que, en casi todos los ámbitos, han cedido más en pos del bien de la pareja, de la familia, de la sociedad, en el trabajo… En muchas ocasiones lo han hecho por amor, generosidad y convicción, eligiéndolo. Otras veces porque no les ha quedado más remedio. Muchas, por resignación, “porque así está hecho el mundo”… Sin entrar a analizar si es justo o injusto (claramente no es justo), al actuar  así han conseguido solucionar un problema, apaciguar una situación y, sobre todo, seguir adelante.

 

El quid de la cuestión es que en ninguna relación debe ser siempre la misma persona –hombre o mujer- quien tenga que ceder, ni por supuesto hacer de ello una cuestión de género “es el papel de la mujer”. En una relación sana, el papel de conciliar y equilibrar debe ser alternante  y libre.

 

Es importante reconocer, valorar y de algún modo premiar la generosidad y el mérito de las personas, sean hombres o mujeres, que están dispuestas a aceptar un desequilibrio desfavorable para ellas, con el objetivo de que la convivencia mejore, las cosas se solucionen y todo vaya para delante.

 

Esta actitud nunca debe ser una forma de obtener ventajas de los otros. Estamos hartos de ver cómo hay personas que bajo una apariencia de sacrificio y generosidad –ficticia y no real, y apelando a nuestro corazoncito- intentan obtener un beneficio (de imagen, venderse, vender favores…), que no habrían podido conseguir actuando con normalidad. Hay personas habilísimas en tergiversar las cosas y las emociones en su beneficio e incluso en manipularlas para favorecer a alguien que le rodea, pensando que a la postre ese beneficio ajeno redundará en el suyo propio.

 

Que nadie deduzca que aliento a que cedamos -ni la mujer ni el hombre- como una obligación. ¡Nada de eso! Solo insisto en que, si alguien decide -por generosidad o por inteligencia emocional- ceder, se valore su esfuerzo, que es mucho mayor del que “se lleva el gato al agua” y se sale con la suya.

 

La experiencia nos dice que intentar por todos los medios que nuestro día a día, nuestra relación de pareja, de amistad, de trabajo… sea equilibrada estrictamente al 50% es acabar, aunque suene absurdo, con el equilibrio de tantas cosas que se han ido equilibrando gracias a ese desequilibrio.