De un tiempo a esta parte, y como si de una lluvia ácida se tratase, vengo sufriendo y soportando una serie de desperfectos. Las tareas más cotidianas se han convertido en verdaderos retos: ponerme unos pendientes, depilarme las cejas, abrir latas, atar botones o cordones… Un largo etcétera de inconvenientes que te llevan a la consulta del médico y de la que sales con un sonoro diagnóstico relacionado con la degeneración articular. ¡Qué pena!

Mirándome la piel, el pelo, mis doloridos pies víctimas de unos juveniles juanetes, pienso en lo sabia que es la naturaleza, que nos ofrece la presbicia para no ver con claridad en qué nos estamos convirtiendo. El que no se consuela es porque no quiere.

Y no voy a hablar de los “regalitos” de la menopausia con los que cada una lidiamos en mayor o menor medida.

Y así gota a gota voy pasando los días, sabiendo que hoy soy la mejor versión de mí misma porque el futuro será peor. Sin darle importancia a lo estético, porque no me gusta banalizar, tiemblo al pensar si con el paso del tiempo seguiré siendo “yo” o me convertiré en una desconocida, víctima en este caso de la degeneración mental.

Pero mientras sigue lloviendo y mi piel se va ajando, yo práctico un tipo de lifting natural que rejuvenece y contrarresta la acidez de la lluvia, la sonrisa.

Ana Esquíroz