Otro domingo que me despierto pronto”.” Es imposible”. “Aunque intente dormir un poco más, a la misma hora de siempre los ojos como platos”. “No hay forma de volver a conciliar el sueño”. Siempre he sido early bird, como dicen los británicos. Por la mañana estoy como una rosa. Puedo con todo. Como dice mi marido “¡Hija mía! te levantas como si te hubieran puesto un muelle y lo soltaran de golpe”.

Él es incapaz de levantarse de esa manera. En muchas cosas, somos lo opuesto. Yo por la mañana estoy plena y, en cambio, por las noches, casi a partir de las 10.30 u 11h estoy como unos zorros. A él por la mañana hay que levantarlo a cañonazos, lentamente. En cambio, por la noche no encuentra momento de acostarse. Revive. No recuerdo que jamás, cuando hemos salido, y ya son años, me haya dicho –Vámonos ya a casa. Nunca. Siempre yo como “la marrana de Tárraga” diciendo “Es tarde. Yo me voy. Venga, vámonos ya”.  Pero él como una rosa, disfrutando plenamente la noche.

Según se van levantando los miembros de mi familia,  me pongo a hacer las camas. En esto soy obsesa. No puedo ver una cama sin hacer y sin hacerla bien. No estaría tranquila. Ni luego, cuando me acostara, podría dormir bien. De hecho, una de las personas que me han ayudado en casa, después de años conmigo, al despedirse me dijo “Reconozco que nunca se ha quedado usted contenta de cómo hago la cama”. Y así era. Desde mi puto de vista, la hacía fatal.

Necesito que la cama esté bien equilibrada a ambos lados. Con el embozo justo. Bien metida en los laterales. En la parte de abajo, hago una doblez que me enseñó mi madre, que la deja niquelada.  Nada de hacer la cama de cualquier manera. Siempre bien hecha.

Mientras hacía todas las camas de la casa, ponía sus colchas y sus cojines, y observaba lo mucho que cambian las habitaciones con las camas hechas, me acordé de una conversación que mantuvimos un grupo de amigos hace relativamente poco, en una cena en la que algunos defendían la postura de no hacer la cama y, sobre todo, de no hacérsela a los hijos.

Un amigo argumentó que no hacer la cama tenía efectos positivos para la salud, porque dejarla abierta y sin hacer impedía que los ácaros defecaran sobre ella. Por lo visto, el tener la cama bien hecha es un caldo de cultivo para ellos, según un estudio de la Universidad de Kingston. Este estudio afirma que lo aconsejable es que la cama no esté hecha, para que no les resulte un lugar atractivo para vivir. Dejar la cama sin hacer y ventilada, según el citado estudio, parece que favorece la deshidratación y muerte de esos organismos.

Me quedé un poco preocupada porque, aunque pequeña, alguna alergia tengo y, aunque me permiten llevar una vida normal, pensé “lo mismo me estoy cavando mi propia tumba”.  Pero, gracias a Dios, en el artículo un especialista español de alergología también afirmaba “Hasta que no se disponga de estudios de campo que, a igualdad de temperatura y humedad, comparen las poblaciones de ácaros antes y después de un período de observación razonable en camas hechas y sin hacer, no se puede dar validez a la citada recomendación británica. ¡Madre mía, a donde vamos a llegar con los estudios! ¿Les podemos hacer literalmente caso?

En el artículo, una psicóloga aseveraba que, hacer la cama cada mañana, ayuda a fomentar la sensación de que tenemos la capacidad de saber organizarnos. Según la psicóloga,  hacer la cama es de personas activas, perfeccionistas y organizadas, que además valoran el trabajo y el esfuerzo. Entonces lo entendí. Así soy yo, modestia aparte. En cambio, las que no la hacen, parece que son personas reactivas que dejan que las tareas les lleven a ellos. La famosa procastinación. Claramente, esa no soy yo.

Esta argumentación me dejó tan contenta. Primero, porque pensé, ¡que bien! Parece que soy activa, perfeccionista y organizada, elevado a la tercera potencia, ya que los fines de semana no solo hago la mía sino la de todos mis hijos. Pero, aunque los ácaros camparan por sus fueros en mi cama perfectamente hecha, la seguiría haciendo, porque la visión de camas hechas me tranquiliza. Y el simple pensamiento de las camas deshechas me exalta profundamente. Lo importante, mi equilibrio mental.

Para aquellos que me dicen que estoy maleducando a mis hijos, expongo dos argumentos. El primero,  que discutir por eso ya no me merece la pena. Ahora estoy en las grandes guerras y no en las batallas de chichinabo.

El segundo, pensando en su eventual futura pareja, sobre todo en el caso de los chicos, que podrían insinuarme lo mal que les he educado, del mismo modo que yo se lo dije a mi suegra cuando mi marido, al poco de casarnos, me pidió una zarzuela de frutas, para insinuarme si le podía pelar la fruta (lo que no consiguió), es que que la suegra, por exceso o defecto, probablemente va a caer un poquito o un muchito gorda.  Así que yo me adelanto y lo asumo desde ya. Mientras tanto, primo el mantenimiento del difícil equilibrio que me acarrean los famosos cambios hormonales de los 50 y procuro hacer las cosas de forma que me alteren lo menos posible.    Aunque me supongan trabajo y esfuerzo,  hace mucho que he asumido que No hay atajo sin trabajo