Amarinta Ross nació en 1820 en Maryland (EE.UU.), como esclava negra. Analfabeta, empezó a trabajar a los seis años. Tres de sus hermanas fueron vendidas y separadas definitivamente de la familia. Hasta que huyó a Filadelfia a los 29 años, estuvo al servicio de varios propietarios, con los que conoció latigazos, abusos laborales y malos tratos, cuyas cicatrices la dejaron marcada para siempre. Mientras aún era niña, una de sus responsabilidades fue vigilar a un bebé cuando dormía. Si el niño se despertaba llorando, Amarinta era azotada. Una vez -contaba ella- fue flagelada cinco veces antes del desayuno. Durante su adolescencia fue herida de gravedad en la cabeza y no recibió cuidados médicos. Ese traumatismo craneal le produjo dolores, ataques y visiones el resto de su vida.
Amarinta era profundamente religiosa. Conoció la Biblia, a través de las historias que su madre le contaba. En su caso, la Biblia no le llevó a resignarse ni a aceptar su destino. Rechazó de plano la interpretación que hacían los propietarios blancos sobre la obligada obediencia de los esclavos, basándose en las Escrituras.
Su padre fue liberado a los 44 años, tal como su antiguo dueño estipuló en su testamento. También indicaba que su madre fuera liberada a los 45 años. Esto significaba que los hijos nacidos después de que ella cumpliera esa edad serían legalmente libres. Sin embargo, las familias que heredaron los esclavos ignoraron esa disposición y los obligaron a seguir trabajando para ellos.
A los 24 se casó con un negro libre llamado John Tubman. Como ella seguía siendo esclava, cualquier hijo que tuvieran sería también esclavo. Es entonces cuando, en honor a su madre o a una de sus hermanas desaparecidas, cambia su nombre por Harriet, Harriet Tubman.
A los 29 años, enfermó de nuevo y, al deteriorarse su salud, su precio disminuyó. Su propietario intentó venderla, pero no encontró comprador.
Años después, la viuda decidió también vender a sus esclavos. Harriet recordaba que su madre había conseguido evitar, con la ayuda de otros esclavos, que vendieran al menor de sus hijos. Este “éxito” le dio la esperanza de poder escapar y decidió intentarlo.
A pesar de que su marido, asustado por las probables represalias, intentó disuadirla, huyó con dos de sus hermanos. «Solo podían ocurrir dos cosas», explicó años más tarde, «libertad o muerte. Si no era una, tendría la otra». Para no abandonar a sus hijos, sus hermanos dieron marcha atrás y regresaron. Harriet volvió con ellos, pero, poco después, escapó de nuevo y esa vez sola.
Utilizó la red denominada ferrocarril subterráneo, donde colaboraban negros libres, blancos abolicionistas y activistas cristianos, en su mayoría cuáqueros. Un viaje de casi 150 km a pie hasta Pensilvania, caminando de noche y guiándose por la Estrella Polar, para evitar a los cazadores de esclavos. Ya en Filadelfia, empezó a trabajar duramente y a ahorrar.
Moisés
Cuando el Congreso de los Estados Unidos aprobó la «Ley de Esclavos Fugitivos» -que imponía fuertes castigos a los que escaparan y obligaba a ayudar para capturarlos- Harriet decidió, con grave peligro, regresar al Sur para ayudar a huir a quien quisiera ser libre. Utilizó su ingenio y el apoyo de abolicionistas.
Primero lo consiguió con su sobrina Kessiah, que iba ser vendida junto a sus dos hijos. Huyeron en canoa hasta Baltimore y de ahí a Filadelfia. Después a su hermano Moisés y a otros dos esclavos. En otra ocasión lo intentó con su marido, pero John se había casado de nuevo y decidió quedarse con su segunda esposa. Dieciséis años después fue asesinado. En otro viaje guió hacia Canadá a once fugitivos.
Su padre había conseguido comprar a su madre. Pero, aunque legalmente ya eran libres, corrían peligro. Harriet les ayudó a llegar a Ontario (Canadá), donde había una comunidad de esclavos huidos.
Las fugas se hacían sobre todo en invierno, cuando las noches eran oscuras y frías, y la gente se quedaba en casa. Huían el sábado por la tarde, porque, al no haber prensa el domingo, la información de los fugados no se publicaba hasta el lunes. Ninguno de los más de 70 huidos a los que ayudó directamente, ni los 60 a los que proporcionó información para escapar hacia el norte fue detenido. “Fui guía del ferrocarril subterráneo durante ocho años -explicó- y jamás perdí a ningún pasajero“. Tampoco ella, a pesar de los esfuerzos de los cazadores de esclavos, fue capturada.
Empieza a ser conocida como Moses (Moisés), en recuerdo del profeta que guió a los hebreos a la libertad.
Aunque se sumó a los objetivos de los abolicionistas, sus valores le impideron apoyar la violencia contra los blancos. Era llamada General Tubman, entre otros por John Brown, un abolicionista blanco posteriormenre ahorcado, cuyo objetivo era crear un nuevo estado formado por esclavos libres.
Ese mismo año, consiguió comprar una parcela de tierra en Auburn, una ciudad antiesclavista, y la convirtió en un lugar seguro para los norteamericanos negros y para muchas personas necesitadas..
Un año después (tenía 40 años) dirigió su última fuga: La liberación de dos de sus sobrinos, hijos de su hermana más querida, Rachel, y de varios niños más.
Guerra Civil entre el Norte y el Sur
Muy ilusionada, se unió a un grupo de abolicionistas de Boston y Filadelfia y allí trabajó como enfermera. Atendió a los fugitivos y a los enfermos de viruela, y cuidó a los soldados heridos en Virginia. Preparó remedios con plantas para evitar la disentería en los soldados. Realizó incursiones de exploración en la zona confederada… Y, para ganar dinero, vendía cerveza y pasteles, que preparaba de noche.
Harriet esperaba del presidente Abraham Lincoln una voluntad más firme, para acabar definitivamente con la esclavitud. “El señor Lincoln es un gran hombre -afirmó- y yo solo una pobre negra. Pero el negro puede decirle a Lincoln cómo ahorrar dinero y vidas jóvenes. Puede hacerlo liberando a los negros“.
Casi al final de la Guerra -tenía 43 años-, se convirtió en la primera mujer en dirigir un asalto armado. Acompañando a las tropas, guió tres barcos de vapor por las aguas confederadas (llenas de minas) hasta tierra firme, donde destruyeron sus infraestructuras. Cuando sonaron los pitos de los barcos, más de 700 esclavos huyeron, a pesar de que sus propietarios intentaron impedirlo con armas.
La prensa alabó el patriotismo e ingenio de Harriet, quien escribió. «Primero vimos el rayo, que eran las pistolas. Luego escuchamos el trueno, que eran los cañones. Luego escuchamos la lluvia, que eran gotas de sangre cayendo. Cuando fuimos a recoger los campos, lo que habíamos cosechado eran hombres muertos».
Cuando la guerra terminó, regresó a Auburn y comprobó que apenas había cambiado la visión de los blancos sobre los negros. Durante un viaje en tren a Nueva York, el revisor le ordenó que viajara en el vagón de fumadores. Al negarse, le rompieron un brazo, entre insultos de los pasajeros blancos.
Mujer y sufragista
Durante sus últimos años se comprometió con la causa sufragista y reclamó con determinación el derecho de las mujeres a votar. Viajó a Nueva York, Boston y Washington con sufragistas como Susan B. Anthony y Emily Howland. Dio emotivos discursos a favor de ese derecho. Describía su lucha durante la Guerra Civil, y las acciones heroicas de las mujeres a lo largo de la historia, para defender la igualdad entre hombres y mujeres.
En 1886 se fundó la Federación Nacional de mujeres afroamericanas. Harriet pronunció el discurso de apertura. Al año siguiente, un periódico sufragista organizó varias celebraciones en su honor en Boston. De nuevo en bancarrota, tuvo que vender una vaca para poder comprar el billete de tren.
Santa
También se implicó profundamente en la Iglesia Episcopal Metodista Africana Sion de Auburn. Cuando tenía 83 años donó una de sus propiedades a esa iglesia, para que construyera una residencia para ancianos e indigentes de color.
Incapaz de dormir, debido a los cada vez más fuertes dolores derivados de aquella herida de su adolescencia en la cabeza, solicitó una intervención cerebral en Boston. Fue operada sin anestesia, mordiendo una bala, tal como hacían los soldados de la Guerra Civil en las amputaciones.
Murió en 1913. Tenía 93 años. Respetada y admirada en vida, fue enterrada con honores militares y se convirtió en un icono. Ha inspirado a generaciones de afroamericanos en su lucha por la igualdad y los derechos civiles, y ha sido elogiada por políticos de todas las ideologías.
La Iglesia Episcopal de los Estados Unidos la incluye entre sus santos. Y en el Calendario de Santos Luterano, el día 10 de marzo está dedicado a ella y a Sojourner Truth.
Sobre ella hay varias biografías. Una de las más conocidas es el libro de Earl Conrad Harriet Tubman: Negro Soldier and Abolitionist. En 2016 el Departamento del Tesoro de EE.UU. anunció que Harriet sería la primera mujer cuyo rostro aparecería en un billete de dólares estadounidenses, en el de 20 dólares.
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