¡Qué estupendo sería haber tenido una hermana! ¡Qué suerte las que tenéis hermanas!, exclaman muchas de mis  amigas.

“Si hubiera tenido una hermana habría podido compartir con ella las alegrías, las decepciones, los anhelos, los deseos, las metas, los miedos, los sueños… Habríamos intercambiado ropa y maquillaje, incluso hasta chicos si fuera el caso”.

“Sería mi aliada, mi espejo y mi confidente. Nos taparíamos, nos consolaríamos, nos protegeríamos mutuamente. Podríamos incluso vivir juntas, si en la vejez nos quedáramos solas”.

Es así. Tener una hermana es maravilloso, un verdadero regalo. Cuando somos niñas, sobre todo si te llevas pocos años, vais juntas a casi todo. Tenéis amigos comunes. Tus amigas son sus amigas y las suyas, las tuyas. Si no te preguntan o se interesan por ella, te ofendes un poco. Tapas y te tapa las gamberradas. Podrías metafóricamente matar, si le hacen cualquier daño.

Pero si observamos muchos casos de hermanas, es probable que también nos demos cuenta de que, aunque parecidas físicamente, suelen ser muy diferentes. Si una desempeña en la familia una función casi de madre, de control sobre la otra, si es moderada y  procura no dar disgustos a los padres…, la otra, aun amando también a la familia,  suele ser el espíritu revolucionario y rebelde, a la que le gusta embarcarse en todo lo desconocido, experimentar, transgredir…

Si a una le gusta estudiar por la mañana, la otra se concentra mejor por la noche. Si a una le gustan los chicos moderados y responsables, a la otra le atraen los trasgresores y “malotes”. Si una casi siempre hace caso a sus padres, la otra sistemáticamente les lleva la contraria. Si una odia estar todo el día discutiendo, la otra adora meterse en todas las guerras. Si una valora y le gusta vivir una vida tradicional, la otra está ansiosa por romper y “hacer su vida”.

La relación entre las hermanas origina no pocos conflictos. A veces desgasta física y psíquicamente. Como siempre que se ama, a veces también se llega a momentos fugaces de odio. ¡Parece mentira que seamos hermanas!  –piensas enojada-  porque cada una ve la vida con un cristal de distinto color.

Lo que para una está bien, para la otra, regular. Lo que para una es normal, para la otra es anormal o poco normal. Lo que para una supone un soplo de libertad, para la otra representa una vulneración de toda la lógica. Lo que para una supone la desconfianza o el rechazo a lo desconocido, para la otra es la emoción de adentrarse en lo nuevo. Lo que para una supone quietud para la otra, inquietud. El amanecer y el atardecer; el día y la noche.

Hay personas que se plantean lo tranquila que habría sido su vida, si no hubieran tenido “esa” hermana. Pero ese pensamiento dura menos de un instante.  Por muy alejadas que estén las ideas de la una y la otra o la forma que cada una tiene de entender la vida, por mucho que a veces no comprenda nada o muy poco de lo que hace la otra,  por mucha preocupación que cause su forma de actuar o su respuesta a los problemas, por mucho que se saquen de quicio… todo ello no resta ni un ápice del cariño, el amor y el sentimiento de protección de la una hacia la otra.

Pase lo que pase y la veas poco o mucho, tienes la certeza de que siempre va a estar ahí, en persona o de corazón. Ahí para acogerte y apoyarte, para consolarte y darte lo que necesitas, para no fallarte.

Nadie como las hermanas para saber quién es de verdad la otra, cómo es, qué piensa, qué le frustra, qué pasa en cada momento por su cabeza, aunque sus palabras o gestos digan lo contrario. Nadie como las hermanas para   conocerte profundamente,  sin tapujos, tal como eres.

Nadie como las hermanas, no solo para ponerse en tus zapatos, sino para traspasar tu cuerpo como si de un fantasma se tratara, como si estuvieras pasando por un escáner. Solo con mirarnos, solo con hablarnos un momento, solo con pensar en la otra un instante sabemos lo que pensamos. Por eso, a veces, nos enfadamos tanto con ellas, porque en el fondo sabemos que a ellas sí que no las podemos mentir ni engañar. No caben disimulos.