Estos días la temperatura ha subido y bajado bruscamente, casi sin criterio, como las tormentas de verano o las lluvias de san Martín; casi como el baile de San Vito. Estas mañanas en que tengo que decidir si abrigo, chubasquero, cazadora fina o enviar a los niños al cole en puro jersey… mi pelo se alborota aún más. Como si por las mañanas no tuviera suficiente. Ya en la oficina, las miradas de mis compañeros me devuelven mi propio encrespamiento cotidiano. El de “No llego a todo, pero tengo que llegar”. “Y claro que acabo llegando (no me queda otra), pero… con qué pelos”.
Aquellas tardes de parque infantil, mientras observaba a otras madres y a algún que otro padre agachados entre columpios o arañando la arena con la pala, veía a mujeres que habían hecho una parada en su carrera para vivir los primeros años de sus niños; a las que habían distribuido papeles y responsabilidades con sus maridos, aceptando ellas el hogar; a las de media jornada o trabajo en casa; a las que disfrutaban ocasionalmente de sobrinos o hijos de amigas; a las cuidadoras de niños paridos por otras; a las abuelas… Y a las estresadas, a esas que intentaban gestionar hijos, trabajo de 8 horas y más, hogar y tal vez incluso a su pareja y hasta a sus padres. El pelo, los labios precipitadamente pintados lo contaban todo. Situaban cada vida en su cajita y en su historia personal.
Hemos inventado cosas que resisten más y hablan menos de cómo vivimos. Las medias, por ejemplo, que ya no son de cristal ni se llenan de carreras cuando tropiezas por las prisas con las mochilas de los chicos o las puertas del coche. O los tacones, siempre coquetos, cuyo diseño no te obliga ahora a caminar con pausa cuando a menudo necesitas correr y hasta volar.
Nuestras sociedades organizan cursos sobre conciliación. Los libros d
e autoayuda nos venden trucos y recursos, a veces solo hipotéticos, sobre cómo gestionar todo y poder al fin ir bien peinadas. Ministerios con diferentes nombres tienen entre sus objetivos la igualdad (de oportunidades y derechos, que de sueldo casi nunca). Cada 8 de marzo la prensa denuncia que muchas vivimos o hemos vivido con una carga cercana a la sobrecarga… Todo estupendo, pero sigue siendo real que los viernes las mujeres, en general, estamos bastante más cansadas que el hombre.
Leo que los divorciados reinciden en mucho mayor número que las separadas en formar otro hogar. No me extraña que las mujeres apuesten menos por ese futuro. Y no creo que se deba solo a nuestras pequeñas arrugas o a la flacidez, ni a que a veces nos ven y nos vemos peor en el espejo. Nueva pareja con sus compromisos positivos para crecer juntos, desde luego; más carga de trabajo, no. Ese plato ya lo hemos probado.


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