Isabel Zendal Gómez nació en Santa Mariña de Parada (Órdenes, La Coruña) en 1771. Sus padres, Jacobo Zendal y María Gómez, eran labradores en una aldea. Tuvieron 8 hijos.
Isabel se educó yendo a las clases particulares que ofrecía el párroco. Cuando tenía 7 años, su madre murió de viruela (“No hizo disposición por ser pobre de solemnidad”). A los 20, empezó a trabajar como ayudante en el Hospital de la Caridad de La Coruña, fundado por Teresa Herrera y gestionado por la Cofradía de los Dolores. Con 25 tuvo un hijo, Benito, al que crio como madre soltera.
“En treinta y uno de julio de mil setecientos noventa y seis, yo (…) rector de la parroquial iglesia de San Nicolás de La Coruña, baptizé solemnemente y puse los santos óleos a un niño (…), hijo natural de Ysabel Celdam Gómez, natural de Santa Mariña de Parada y vezina de esta parroquia de San Nicolás. Púsele por nombre Benito. Fueron sus padrinos Benito López y Liberata Pérez, vecinos de esta parroquia, que no supieron decir los nombres y apellidos de los abuelos maternos ni menos de el padre de el baptizado”.
Rectora de la casa de Expósitos
En 1800, con 29 años, fue nombrada Rectora de la Inclusa. Recibía un salario mensual de 50 reales y una libra diaria de pan. Poco a poco su salario fue mejorando. Llegó a recibir media libra diaria de pan y otro tanto de carne, lo que le permitía criar con salud a Benito.
Hasta donde le fue posible, Isabel intentó convertir la inclusa en un lugar limpio, digno y acogedor: cuidaba y repasaba la ropa de los niños, hacía camisas y pañales de sábanas viejas, remendaba pantalones y chaquetas, reponía cordones y botones en los calzones, confeccionaba sábanas y batas, patenaba el vestuario de los expósitos “que asistían a la extracción de los números de la Lotería Nacional”, retejaba, instalaba faroles en las habitaciones, montaba celosías en las ventanas del cuarto de los huérfanos “para impedir que caigan por ellas a la calle”, encalaba las piezas, emplazaba trampas para ratones y ratas, cambiaba la paja de los jergones, lavaba la ropa y las camas de los que tenían sarna, les afeitaba la cabeza, compraba pinzas de hierro para quitarles las raíces de la tiña, los sacaba a tomar el aire, les daba friegas de aguardiente con paños calientes, intentaba darles pan blanco y carne cuando enfermaban…
La Expedición Balmis
En 1803 se ultimaron los preparativos de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, dirigida por el médico militar Francisco Javier Balmis y financiada por el rey Carlos IV. Su objetivo era extender la vacuna antivariólica y vacunar gratuitamente a personas de todos los rincones del Imperio español, para paliar la mortalidad infantil, en Europa y ultramar: Las Américas, Filipinas y otros puntos de Asia. Duró de 1803 a 1814. Fue la primera expedición de carácter filantrópico de la historia que dio la vuelta al mundo.
La experiencia de Isabel la hizo idónea para participar en esta campaña. El 14 de octubre se publicó el decreto por el que se incorporaba a la expedición Isabel Zendal Gómez. Era la única mujer en la tripulación. Tenía 32 años.
Poco después zarpó la corbeta María Pita desde el puerto de La Coruña con 37 personas. Ahora su responsabilidad era cuidar y atender a los 22 niños que llevaban la vacuna, y que habían sido seleccionados por no haber pasado la viruela. Seis procedían de la Casa de Desamparados de Madrid, 11 del Hospital de la Caridad de La Coruña y 5 del de Santiago de Compostela. Tenían entre 3 y 9 años: Benito Vélez, su hijo (9 años), Andrés Naya (8 años), Antonio Veredia (7 años), Cándido (7 años), Clemente (6 años), Domingo Naya (6 años), Francisco Antonio (9 años), Francisco Florencio (5 años), Gerónimo María (7 años), Jacinto (6 años), José (3 años), Juan Antonio (5 años), Juan Francisco (9 años), José Jorge Nicolás de los Dolores (3 años), José Manuel María (6 años), Manuel María (3 años), Martín (3 años), Pascual Aniceto (3 años), Tomás Melitón (3 años), Vicente Ferrer (7 años), Vicente María Sale y Bellido (3 años) y un niño más que falleció durante el viaje. Ninguno regresó a Galicia.
Cada niño recibió un hatillo con dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón de paño para los días fríos. Para el aseo personal: tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine. Y para comer: un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.
“… (Los niños) serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición“.
Para que el fluido llegara en óptimas condiciones a América y Asia, durante la travesía la vacuna se mantenía por inoculaciones de brazo a brazo entre los niños, cada 9 o 10 días. También se transportó una carga de suero de la vacuna, guardada entre placas de vidrio sellado, y miles de ejemplares de un Tratado, en el que se explicaba cómo se debía vacunar y cómo había que conservar el suero. Este libro constituye el primer manual de vacunas del mundo.
Por América y Asia
La expedición hizo escala en Santa Cruz de Tenerife. Ahí estuvieron un mes vacunando. De Canarias, viajaron a Puerto Rico y Venezuela. Después, a Cuba y Yucatán. Desde allí extendieron la vacuna por México, Guatemala y Centroamérica. Otro equipo viajó a Sudamérica. El año siguiente partieron hacia Manila con 26 niños, entre los que se encontraba Benito. Tras estar cuatro años en Filipinas regresaron a Acapulco.
La expedición vacunó directamente a más de 250.000 personas. Constituyó la primera acción humanitaria de ámbito universal que se realizó en el mundo. Fue precursora y referente de las modernas medidas de prevención vacunal, de los centros de vacunaciones, de la formación continuada, de la educación sanitaria, de los manuales de vacunas y de los programas de salud pública universal.
Agotada, tras 11 años viajando y con la salud muy mermada, Isabel decidió establecerse con su hijo en Puebla (México). No volvió a España. Tampoco se conoce la fecha de su muerte.
“La Rectora, con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud. Infatigable noche y dia, ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre sobre los 26 angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades”. Balmis, Macao (1806)
La Organización Mundial de la Salud la considera la “Primera enfermera de la historia en misión internacional“.

Más información: en Mujeres con ciencia, wikipedia, ABC y Mujeres en la historia. Y en los libros Ángeles custodios de Almudena de Artega y A flor de piel de Javier Moro.

Gracias, es muy importante que esta gran labor se conozca.