Los que tenemos una cierta edad y, como consecuencia de ello, experiencia acumulada a nuestras espaldas, vemos con horror y nos deja atónitos, cómo se intenta imponer en muchas cosas el pensamiento único, la idea única, el gusto único, la opinión única. En fin, cómo se nos trata de imponer una única opción, suprimiendo de un plumazo otras opciones tan válidas como la anterior. En un intento claro no solo de que prime algo sino incluso de acabar con lo demás tergiversándolo y manipulándolo o simplemente suprimiéndolo.
Si algo me gusta, en general, es tener la posibilidad de elegir entre varias opciones. Imaginaros si solo hubiera un tipo de hombre o de mujer que elegir, o un único tipo de modo de vida, o una única forma de pasar las vacaciones o una única forma de maquillarte, o de hablar, o de reír.
Precisamente, el tener diferentes opciones es lo que nos permite ejercer nuestra libertad, pudiendo, evidentemente cuando tenemos uso de razón, que a veces parece que le falta a mucha gente, y de una manera consciente y voluntaria, elegir una cosa en lugar de la otra y también cambiar a la otra cuando nos damos cuenta de que la elegida no nos acaba de convencer o estamos en otra fase o en otro período de nuestra vida donde barajamos otras opciones.
La capacidad de elegir y el discernimiento se empieza a desarrollar desde que nacemos. Igual que se aboga por miles de cosas estupendas, por ejemplo, que niños y niñas tengan la posibilidad de elegir una muñeca o un coche, de manera indistinta, o tener una y otra pareja, no sé porque en otras muchas cosas se nos quiere limitar poder elegir la opción que nos parezca mejor para nosotros y nuestros hijos o nuestros padres, cuando por edad o incapacidad, o no pueden todavía o ya han perdido la capacidad de decidir.
Es verdad, que, aunque nos encante algo, muchas veces no podemos elegirlo por diferentes circunstancias. Porque no tenemos la capacidad adquisitiva necesaria, porque no está en nuestra esfera o porque es inelegible, aunque nos gustaría, por ejemplo, en política. Pero eso no significa que debamos demonizar lo que no está a nuestro alcance.
A mí me encantaría pasar todas mis vacaciones en un yate de lujo como el de Valentino (TM Blue), pero evidentemente como no tengo la capacidad económica necesaria, ni la tendré nunca, me tendré que aguantar. Pero no por eso abogo por que se impida que la gente pase vacaciones en sus yates si honradamente pueden hacerlo, cumpliendo evidentemente con toda la normativa y con todo lo que haya que cumplir.
El problema que subyace de fondo, pero que nadie se atreve a decir claramente y en voz alta, es que si yo no me puedo permitir eso o por lo que sea no tengo opción a ello, prefiero que nadie lo pueda coger, utilizar o poseer…, para así no tener envidia, que es lo que en realidad nos pasa y lo que saca lo peor del ser humano.
Muchas personas, quizá la mayoría, cuanto más tienen o más consiguen, más quieren tener y conseguir, porque tener más a menudo se abraza con alegría. Sin embargo, pasar de más a menos, nos origina verdaderos problemas y sufrimiento.
Los sistemas tienen que tender a ser justos y razonables y a tener en cuenta a todos para que todos o la mayoría puedan elegir entre la mayor variedad de opciones posibles y aquellas cosas que sean vitales tienen que ser accesibles para todo el mundo y, por ello, tienen que velar quienes dirigen organizaciones internacionales, quienes guían la política, quienes dirigen empresas… Pero eso no significa que nos vayamos a la opción única en función, muchas veces, del gusto personal o de la idea de alguien, porque eso al final es pensamiento único.
Me he cruzado con varias personas en mi vida con los que enseguida me he dado cuenta que estaban resentidas porque seguramente pensaban que no habían tenido las mismas oportunidades de elegir que otros, y ese resentimiento, que siempre pretendían ocultar, pero que siempre afloraba, hacía que incluso novelaran su pasado y fueran mucho menos generosos en su presente, que era muchísimo mejor que su pasado. Estas eran y son personas que sin despeinarse para salirse con las suya, estando en una posición mucho mejor, incluso dominante ahora, eran capaces de las mayores tropelías y les repateaba mucho más que a cualquiera, que no se cumplieran sus órdenes y gustos a rajatabla, o que a cualquier otro eligiera otra cosa.
La convivencia solo es posible si, dentro de que sean cosas razonables, tenemos la capacidad de elegir y decidir qué opción tomamos. Yo misma, he comentado en muchas de mis entradas que, aunque mi marido y yo evidentemente tenemos un proyecto común, que hemos forjado durante muchos años juntos, nuestros gustos y opiniones en numerosas cosas son totalmente opuestos. Y eso no nos ha impedido llevar muchísimos años juntos y felices.
Al final, el pensamiento único y la falta de elección es lo que crea conflictos e impide que cada uno de nosotros desarrollemos el respeto y la tolerancia hacia las ideas y las elecciones de los otros. No basta con llenarse la boca de nada, ni repetir lo que por los actos estás viendo que no es, simplemente, como casi todo en la vida, basta con actuar como tal.
Como dijo Jesucristo para dar un criterio y distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas “Por sus obras les conoceréis”.

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