Cuando éramos pequeños, en casa y en el colegio, nos enseñaban a no hacer alarde, o por lo menos lo que se consideraba un alarde excesivo, ni de nuestras capacidades, ni de lo que teníamos o no teníamos, porque eso significaba algo tan feo y censurable, como ser presuntuoso, ostentoso o vanidoso.

Así crecimos mucha de la gente de nuestra generación, sabiendo que no debíamos hacer alarde o por lo menos mucho alarde, de lo inteligentes, lo listos, lo guapos, lo graciosos o del buen gusto que teníamos. En tanto y cuanto esto podría suponer ser una persona presuntuosa, soberbia, ostentosa o vanidosa. Esto tiene su sentido porque no hay nada que irrite más a la gente o, como dirían mis hijos, que dé más pereza, que una persona que constantemente está diciéndonos lo guapa o lo lista que es o el dinero que tiene o lo que vale para el puesto …

Pero de esto a esa falsa modestia de la que hacen gala muchas personas que seguro todos conocemos, va un trecho, y a mí, personalmente, me irrita muchísimo más las personas que con sus palabras te están diciendo lo modestas que son y con sus actos muestran lo petulantes y vanidosas que son en realidad.

Pero encima utilizan, lo que ya es el colmo, esa presunta modestia, falsa modestia, para engañar, manipular y ejercer una influencia sobre la gente convirtiendo incluso en verdadero todo aquello que bien saben que es mentira.

Pero voy a ir más allá. Muchas de estas personas ni siquiera tendrían que mostrarnos de manera, más directa o más indirecta, esa modestia porque no solo es falsa, sino que ni siquiera existe en ellas esa presunta capacidad que nos quieren hacer creer y sobre la cual aplican esa falsa modestia.

Siempre he sido partidaria de que la gente muestre o dé a conocer sus capacidades, con más o menos manos izquierda o derecha, de forma más directa o indirecta,  porque eso nos da a los demás la posibilidad de conocer si eso que nos están mostrando es real o, como tantas cosas en este vida, es puro teatro,  pero también valoro profundamente la humildad, la de corazón, la de la gente que realmente vale y mucho y actúa y se comporta humildemente, porque lo siente así, porque es así, porque no hace de su vida una constante película.

Esa humildad la asocio a la honestidad, cosa realmente importante y que a veces tan olvidado tenemos, porque todo aboca, incluso me atrevería a decir se fomenta, desde instituciones desde medios audiovisuales a que se venda la burra, por ello, actividades que consisten en parte en vender un poco entre comillas la moto como el marketing o la publicidad están tan de moda.

Aprender a vender, pero sobre todo a vendernos se ha convertido en el leiv motiv y prioridad de nuestra vida.  El que no sabe venderse, como diría un castizo, no rasca bola, ni llega a ningún lado. Pero lo gordo, lo impresentable, es que lo que estamos vendiendo muchas veces es una flagrante mentira o al menos una gran exageración de la realidad. Por eso, herramientas que surgieron para darnos a conocer a nivel profesional o personal, se han convertido en una especie de autobombo donde la gente exagera de tal manera sus capacidades y habilidades, que ya muchos empezamos a dudar de su utilidad para ello, porque cuando se rasca nos damos cuenta de que en muchas ocasiones no sabemos quién es realmente la persona ni lo que realmente ha hecho.

A veces me da la impresión de que, en el fondo, la gente no quiere, no queremos, que los demás sepan o vean cómo somos en realidad. No queremos que se conozca nuestro verdadero yo porque lo mismo el otro se lleva una sorpresa. Al final, como diría mi abuela, en muchos casos si acabamos conociendo a esos falsos modestos, seguramente se nos caerían los palos del sombrajo.