La mascarilla, ese no sé si llamarlo complemento o artilugio, ha pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana, como ducharnos o cepillarnos los dientes todos los días. Esa cosa sin la cual no podemos salir ni hacer nada y, que quitárnosla cuando llegamos a casa, nos produce tanto placer como quitarnos unos tacones que hemos llevado todo el día, o la faja en la época de nuestras madres, o la arena o la sal cuando salimos de la playa. Sí, eso que mi padre, con más de 90 años llama bozal, y que no encuentra respuesta a su pregunta de cómo hemos llegado a esto, a tener que vivir todo el día con ella en la época en la que los coches vuelan, las maquinas nos responden y las personas se congelan para despertar en otro tiempo futuro.
Voy por la calle y no acabo de acostumbrarme a ver a todo el mundo con la mascarilla, de forma disciplinada y casi homogénea. ¡Y en el siglo XXI! Si ya mi hija considera el paraguas un artilugio decimonónico y dice que se tendría que haber inventado una especie de spray que nos aplicáramos e hiciera una burbuja invisible que nos aislara de la lluvia, fíjate un papel que te pones en la boca y que tienes que tener cuidado para que sus gomas no te deformen las orejas o te las ponga de soplillo. Yo, la verdad, como casi todos, ya nos hemos acostumbrado. El ser humano es adaptable a todo, aunque a veces creamos que nunca nos acostumbraremos.
He dicho que es algo que cuando nos quitamos nos produce placer y es así, pero hasta hace poco distinguía el quitarse unos tacones de quitarse la mascarilla porque decía los tacones te hacen, por lo menos en mi opinión, más elegante, más guapa, más interesante y por ello estoy dispuesta a sufrirlos y, en cambio, la mascarilla, como me dijo una vecina, es como si llevaras un dodot en la boca.
Pero hete aquí que tiene otros efectos positivos no previstos y es que parece ser que nos hace mucho más atractivos, todo será que, si en algún momento podemos prescindir de ella, ya no queramos por el halo de misterio que nos da.
Y es que parece ser que con la mascarilla nuestros ojos, los rasgos que quedan a la vista resultan más simétricos a la vista de los demás y la simetría es algo que gusta, y mucho. Además, hace que el otro se imagine el resto de nuestro rostro y puestos a imaginar siempre iremos a lo mejor y no a lo peor y entonces que mejor que imaginarse los rasgos de Brad Pitt o de Gisele Bündchen o de Angelina Jolie o de quien cada uno quiera o le guste. Eso nos hace fantasear sobre la persona y seguramente imaginarla mucho más atractiva de lo que es o de lo que nos resultaría sin la mascarilla porque ya se sabe, sobre gustos no hay nada escrito.
Pero voy más allá parece que en algún caso ha ocurrido que sobre todo en estas aplicaciones para ligar algunas personas para mantener el misterio se muestran con mascarilla y el otro se enamora de los ojos, de la mirada y sobre todo se imagina el resto como quiere o como le gustaría y entonces llega el chasco porque, en algún momento el otro se tiene que quitar la mascarilla y lo más probable es que la persona no concuerde nada con lo que nos habíamos imaginado. No es ni siquiera que veas más fea a la persona, sino que te has hecho una idea de ella y entonces cuando se quita la mascarilla como no coincide con esa idea pues no nos gusta.
Pensando sobre esto y para evitar que aquellos que se conocen con mascarilla cuando se la quiten se lleven una decepción, lo mejor es que nos mostremos sin mascarilla en el primer momento, sobre todo en estas aplicaciones para quien las utilice y, si al otro le gustas pues miel sobre hojuelas porque cuando lleves la mascarilla le vas a gustar mucho más. Pero no hagamos al revés porque el chasco no solo se lo lleva la persona que nos imaginó como le dio la gana, sino que el chasco, la decepción, también nos lo llevaremos nosotros porque no le gustaremos al eventual ligue.
Estamos llegando a tal punto que lo mismo en esos países donde se demanda por cosas peregrinas se inician procedimientos de indemnización de daños y perjuicios por haber engañado haciendo que el otro se haya hecho una falsa ilusión y por ejemplo se pague un viaje para ir a vernos donde residamos y luego resulte que no eras como te mostraste.
Si es que, si queremos buscar los tres pies al gato, los encontramos. Y vivimos entre paradojas… Por eso, cada día me doy cuenta de que solo sé que no se nada.

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