He leído que las mujeres mayores presentan factores de resiliencia que les han ayudado a soportar mejor el confinamiento, incluso en soledad. En España hay dos millones de personas mayores de 65 años que viven solas, y de estas, un 72% son mujeres.

Contaba el artículo que estas mujeres valoran mucho la libertad, seguramente porque han podido disfrutar poco de ella y por eso prefieren vivir en su casa, aunque sea solas. Además, estas mujeres, por su educación y sus circunstancias, son totalmente autosuficientes en lo que supone el día a día, cocinan estupendamente, saben limpiar, coser, en fin, todo eso tan denostado, pero tan necesario en nuestro día a día.

Estas tareas junto a la lectura, la televisión y todo lo que se puede hacer estando en casa, les ha permitido estar mucho más entretenidas y soportar mejor que los hombres todo el periodo de confinamiento vivido.

Pensando en ello, lo suscribo totalmente. Viendo simplemente las diferencias que ha supuesto el confinamiento en el caso de mi padre y de mi madre, que viviendo juntos y siendo muy mayores, por lo tanto, en las mismas circunstancias, cada uno de ellos lo ha llevado y asumido de forma diferente. Aunque evidentemente la parte de desazón y tristeza por las muertes y la situación vista cada día en los medios, ha sido grandísima en ambos.

Pero ciñéndome a lo que supone no haber podido salir ni un día de casa, para mi madre, ha sido más llevadero que para mi padre porque, como reconoce el artículo, mi madre se entretiene más con todo y siempre encuentra cosas que hacer o mejorar, (cocinar, coser o leer diariamente el periódico que le encanta, ver la televisión, arreglar armarios …). Mi padre acostumbrado a salir todos los días simplemente a comprar el periódico y darse una pequeña vuelta a la manzana porque ya no tiene mucha fuerza, no hacía más que quejarse.

Mi madre ha seguido levantándose relativamente pronto todos los días y encargándose, con 90 años, de todas las labores del hogar. Antes de todo el tema del Covid, tenían una persona que iba un par de días a ayudarles porque, sobre todo mi madre, nunca ha querido ni quiere más ayuda. Debido a la coyuntura y a que la cuidadora venía de la otra punta de Madrid, han prescindido este tiempo de su ayuda y han estado tres meses solos. Únicamente les llevábamos la compra y las cosas que necesitaban, dos o tres veces a la semana y se la dejábamos casi en la puerta por miedo a contagiarles.

Todo esto me lleva a ratificarme en lo que ya pensaba:  que a ser resiliente y a tener capacidad de aguante, asumiendo y pasando las cosas de la mejor manera posible, también se aprende. Al final, la inteligencia es la capacidad de adaptación y esa capacidad la tienen maravillosamente desarrollada la gran mayoría de mujeres mayores.

Nunca les oiremos decir me aburro o no sé qué hacer o quejarse sistemáticamente de todo, yendo, como se dice vulgarmente, “a caballo y gruñendo”. Ellas siempre han ido a pie y por un lugar pedregoso e inhóspito. Por eso la situación en sí de estar confinadas en sus casas, centrándonos solo en lo que es el confinamiento, lo han interiorizado y aceptado muy bien.

Ellas no han necesitado ni ordenador, ni conexiones, ni miles de canales, ni series, ni películas, ni ir a comprar como locas haciendo acopio de lo que no necesitaban. Ellas, que han vivido y han sido educadas en la austeridad, saben que el ser humano puede con más de lo que se imagina y que hay cosas mucho más terribles que no haber podido salir de casa casi tres meses; que lo terrible era lo otro, por qué no se salía.

Tal vez sea necesario no tener tanto para desarrollar nuestra imaginación y la capacidad de aguante, la capacidad de resistencia y resiliencia. Esa generación de hombres y mujeres, pero especialmente de estas últimas, son ejemplares únicos en su especie, irrepetibles e incomparables. A ver si alguien, aparte de con palabras y declaraciones vacías, se lo reconoce debida y justamente.