Basta tan solo un poquito de atención para observar que con bastante frecuencia mujeres profundamente inteligentes, trabajadoras, generosas, colaboradoras…, pero, eso sí, con una personalidad acusada y muy seguras de sí mismas, esto es, como la mayor parte de los hombres, son puestas en su presunto lugar por jefes y compañeros, siguiendo un mal ejemplo masculino; ya que, en el fondo, no soportan su seguridad y empuje.
A este tipo de mujeres se las intenta limitar de una forma sutil y subliminar, para que adapten su comportamiento –normalmente impecable, porque suelen valer un montón- a lo que “se espera de ellas”, a unas reglas no escritas sobre el comportamiento lícito y esperado de la mujer.
Aunque nos guste ser femeninas, colaboradoras, amables, conciliadoras y multitasky, de ningún modo queremos ser “gatitas” que, con una metafórica caída de ojos más o menos acertada y ronroneando, tengamos que dar satisfacción y relax a los demás, para que puedan seguir sintiéndose tranquilos, sabedores de que ellos son los que mandan, los que parten el bacalao, los que van a seguir siempre por encima, los que deciden…, porque ¡obviamente! son los inteligentes. El poder, piensan inconscientemente, es cosa de ellos.
Nuestras hijas aprenden de lo que nos ven hacer y después de lo que nos oyen decir. Y aunque nos parezca que siempre hacen lo contrario de lo que nosotras hacemos o decimos, al final su comportamiento acaba teniendo tonos similares al nuestro, adaptado a sus circunstancias y generación. Lo que se mama de algún modo se imita. De ahí, la importancia de los modelos de mujeres que creen en ellas mismas, en su capacidad de hacer lo que quieren, y de conseguir las cosas por las que luchan y se esfuerzan.
Hace unos días leí que algunas empresas de Japón utilizan los gatos para reducir el estrés de sus empleados. Lo llaman la terapia del ronroneo, porque al parecer el gato aporta paz, calma, energía, relajación e instantes de diversión… a los trabajadores. Y pensé ¡madre mía! ahora entiendo muchas cosas.


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