Muchas mujeres de entre 45 y 65 años, con padres ya muy mayores y en menor o mayor grado dependientes, nos ocupamos de ellos y gestionamos sus necesidades.  Dedicamos tiempo, trabajo y esfuerzo para hacer que en sus últimos años estén bien atendidos y que sus días sean lo más agradables o llevaderos posibles, dependiendo de cada situación. Con todo cariño, los acompañamos, les hacemos la compra, resolvemos sus gestiones, vamos con ellos al médico,  a misa, a su paseo diario…

El cuidado de nuestros padres mayores, cuando afortunadamente viven, es  un tema recurrente en nuestras conversaciones. Antes lo eran nuestros hijos y  ahora, nuestros padres. Aunque lo hacemos por amor y responsabilidad, y con la confianza que nos da saber que el cariño todo lo perdona, a menudo discutimos, principalmente con las madres, sobre cómo deberían organizarse en esta fase de su vida. Después nos solemos arrepentir. No les convencemos de nada, las cosas se van a seguir haciendo a su manera y, sobre todo, nos apena disgustarlos, siendo tan mayores y con tanto como han hecho por  nosotros.

La generación que ahora está entre los ochenta y los noventa y tantos años vivieron una infancia, donde la disciplina y la obediencia a los padres formó siempre parte sustancial de sus vidas.  Hacer lo que los padres decían o les habían enseñado, sobre todo en el caso de las mujeres, era algo tan natural como levantarse y asearse todos los días.

La mayor parte de ellos mantienen unos principios y opiniones tan firmes, que aunque nos esforcemos en intentar cambiarlos cuando estamos en desacuerdo,  es casi imposible. No se parecen a eso tan frecuente ahora de hoy dicen digo y mañana diego, sin despeinarse. Además de sus valores, los mayores tienen una forma de hacer y de organizarse, que defienden o imponen a capa y espada, convencidos de que es así como se hacen las cosas.  Cuando las fuerzas les empiezan a fallar y no pueden valerse por sí mismos, esperan que la ayuda de sus hijos -hijas en su mayor parte- se plasme haciendo las cosas de la manera que consideran adecuada y a la que están acostumbrados. Convencerlos de que nuestra propuesta es más efectiva y mejor, resulta casi imposible.

En esa lucha todavía hoy mayoritariamente femenina -aunque murieran en el intento, la mayoría de mujeres de esa generación consideraban su obligación ocuparse de la casa y de hijos, padres, nietos… y familiares en general, suyos y de sus maridos-, no acaban de entender cómo su manera de hacer las cosas, no se repite ni es aceptada de manera natural por nosotras, sus hijas. Que no queramos hacer las cosas como ellas tiene claro que deben hacerse.

Nosotras, que nacimos en la década de los 60, que muchas tenemos carreras universitarias, que hemos llevado una vida autónoma e independiente trabajando fuera de casa (lo que no implica que hayamos trabajado más que nuestras madres), luchamos a diario contra ese empecinamiento, intentando con cariño convencerlas de las ventajas de nuestra idea de organización, aunque con escasos resultados.

Al final, como los queremos y somos conscientes de lo mucho que han hecho y se han sacrificado, acabamos cediendo: “Qué más da hacer las cosas como ellos quieren, si para ellos es tan importante y van a ser más felices”. Y como nosotras también fuimos educadas en una cierta disciplina filial, aceptamos que es una tontería perder más tiempo en intentar cambiar sus ideas y convicciones sobre lo que es adecuado; que esa guerra la tenemos de antemano perdida.

Sin embargo, también somos conscientes de que con nuestra generación esa forma de actuar se ha acabado. Cuando necesitemos que nuestros hijos nos echen una mano, nos atenderán a su estilo y manera; no a la nuestra.  Harán lo que ellos consideren mejor  y no lo que nosotros esperemos. Y no porque nos quieran menos de lo que nosotros amamos a nuestros padres, sino porque la sociedad es otra. La generación de nuestros hijos, que no ha nacido como nosotros en la era analógica ni ha tenido que adaptarse a la digital -son nativos digitales cien por cien- viven en un mundo donde las cosas se hacen como cada uno quiere y decide.

Esas generaciones de mujeres cuidadoras, que durante siglos se han responsabilizado  de atender a toda su familia, desde viejos a niños, es una especie en extinción.  Hombres, mujeres, gobiernos, empresas y entidades sociales están asumiendo la función del cuidado de ancianos. Pero lo hacen a su manera, y no al estilo y costumbres de los mayores. Confiamos que esto nunca implique lo que afirmaba aquel dicho de “uno por otro, la casa por barrer”. Nuestra generación, entre lo analógico y lo digital, muy curtida ya en la batalla, debería buscar formas donde el prefijo co esté presente: cohousing collaborating, co-owner… 

Adelantémonos a lo que casi con toda seguridad va a ocurrir y aprendamos de otras situaciones, en la que nos estamos dando de bruces con una realidad que nunca previmos; por ejemplo, comprobar que con 50 o 60 años, si quieres estar en el mercado laboral, posiblemente vas a tener que emprender, porque, aunque se habla mucho, nadie es capaz de buscar fórmulas para que en España empresas e instituciones no consideren fuera del mercado a las personas con esa edad.