Muchas o algunas de nosotras fuimos a colegios de monjas y con ellas pasamos  nuestra infancia y nuestra adolescencia. Basándome en mi experiencia, me atrevo a afirmar, hablando no solo de mí, sino en nombre de muchas amigas y conocidas, que fueron años felices -en muchos casos muy felices-   llenos de momentos estupendos, que han constituido una parte importante de nuestra vida.

Contrariamente a lo que a menudo se cree y se difunde, y a lo que cuentan quienes no fueron a colegios religiosos,  las monjas que yo conocí y las señoritas que formaban el claustro, nunca intentaron adoctrinarnos a la fuerza, ni que reprimiéramos nada. Nos presentaron su fe, eso sí. Pero a mí nunca me dijeron que el sexo fuera un terrible pecado,  ni me imbuyeron ningún sentido de culpa, ni me atemorizaron, ni me pegaron, ni me sobaron…, ni tantas y tantas tonterías que a menudo se dicen de todos los colegios de monjas.

Muy al contrario. Nos ayudaron y apoyaron contra viento y marea, para hacernos madurar y sacar lo mejor de nosotras.  En mi experiencia fueron mujeres generosas, cariñosas y esforzadas, cada una con su carácter y a veces mal carácter, con sus cosas admirables y sus errores (algunos debidos a su “época”),  que nos acompañaron en esa etapa tan complicada de la vida, como es la infancia y sobre todo la adolescencia, haciéndonos sentir a cada una única, apreciada e irrepetible, y esforzándose especialmente con aquellas que parecían necesitarlo más.

En mi opinión, nos educaron francamente bien. Nunca escatimaron esfuerzo, ni entusiasmo para que aprendiéramos las materias y nos convirtiéramos, en eso que ahora suena demodé, pero que creo firmemente, que es “ser mujeres de bien,  mujeres con valores y carácter”. Eso no significa ser carcas, rancias ni de mente cerrada, obtusas o perpetuadoras de desigualdades, sino, muy al contrario, mujeres independientes, formadas, generosas, cívicas…; mujeres que valoramos el esfuerzo, el estudio, el trabajo y la tenacidad, por encima de otras cosas. Nos permitieron evolucionar y avanzar cada una a nuestra manera, haciéndonos aprender, pero sin obligarnos a ser como no éramos. Y nos valoraron a todas: a las moderadas y a las rebeldes, a las transgresoras y las que parecían de ideas más tradicionales, a las espabiladas y a las que iban a su aire.

Sin necesidad de soflamas ni de estar todo el día en el candelero, nos dieron de forma callada y sacrificada su tiempo, su experiencia  y sus conocimientos.  Por ello, queremos reivindicar su trabajo callado y continuo,  que ha sido y sigue siendo tan importante en muchas partes del mundo, y  lo positivo  que ha sido y sigue siendo para tantos niños y niñas educarse con ellas.

Mis monjas no se pasaban la vida dando mítines sobre la libertad, el respecto y la igualdad. Daban todo lo que tenían dentro… y más. Por cierto, ya sabemos que a veces los que abanderan ese discurso son los que menos respetan la libertad de los demás, ni las ideas que no coinciden con las suyas, ni son tan igualitarios, solidarios ni coherentes como pretenden hacernos ver.  Pasito a pasito con su ejemplo, las monjas que yo conocí nos fueron educando y ayudando a afrontar este camino breve y complicado que es la vida.

Evidentemente no eran perfectas y cojeaban de bastantes cosas. Nosotras, como adolescentes, les criticábamos de mil maneras miles de cosas, soñando y novelando con nuestra vida después del colegio.  Pero, en general, fuimos tan felices entre aquellos muros, en aquellos patios,  y nos sentimos tan protegidas que, cada vez que paso por mi colegio, donde otras monjas y otras mujeres, estoy segura, siguen dando lo mejor de sí mismas, no puedo evitar sentir una oleada de afecto y un vuelco en el corazón.

En este momento, en que pareces más moderno y avanzado cuanto más desprecies y odies las tradiciones  y todo lo que ha formado, aunque nos empeñemos en rechazarlo, parte de nuestra historia, como es en España el catolicismo (aunque hoy el estado sea aconfesional, cosa lógica y positiva),  tenemos que reconocer  las muchas, muchísimas cosas buenas que  han hecho y siguen haciendo las monjas y la Iglesia.  Es de justicia y altura intelectual reconocerlo, independientemente de que seamos o no creyentes y de que tengamos unas u otras ideologías políticas, y por supuesto sin obviar ni olvidar toda la limpieza y purga que debe hacer, por los actos terribles que han cometido algunos de sus miembros, ni aquello a lo que podría abrirse.

Porque estoy convencidísima de su enorme labor, quiero alzar la voz en favor de esa parte de la Iglesia, discreta, laboriosa, sin protagonismo…, integrada por una legión de aguerridas y generosas mujeres, quienes, con una labor callada, sacrificada y vocacional, han hecho y siguen haciendo un trabajo colosal, poniendo su vida al servicio de muchos niños y niñas que lo necesitan y que, con el tiempo, espero sepan valorar lo que han recibido de ellas.

A todas esas mujeres que fueron y son, porque algunas todavía viven, parte importante de nuestras vidas, les debemos mucho de lo que somos. De ahí mi profunda gratitud a mis monjas y a todas las profesoras que nos dieron clase desde maternales hasta C.O.U, con esfuerzo, entusiasmo, cariño, disciplina y constancia. Trataron de sacar lo mejor de nosotras y de ayudarnos a ser las mujeres que ahora somos.

Ellas fueron y siguen siendo las artífices de que muchas niñas en aquellos tiempos nos convirtiéramos en lo que somos hoy, y de que muchas niñas y niños de hoy se vayan a convertir en personas de valía para sí mismas, para la sociedad y para el bien común.

Mis monjas nunca escatimaron esfuerzo para ayudarnos y protegernos. Nos enseñaron el valor de la familia, del esfuerzo, el estudio, las disciplina y la consideración hacia los demás. Porque sé que mucho de lo que somos hoy se lo debemos a ellas,  cuando voy por la calle y veo a cualquier monjita -la mayoría muy mayor-  no puedo evitar mirarla con ternura y agradecimiento.

Siempre que pienso en mi infancia, tengo mil recuerdos bonitos de mi colegio. No solo me pasa a mí, sino también a mis amigas. Mi infancia fue feliz en casa y también tuve la suerte de que fuera feliz en el colegio. Y ello, en buena parte, por aquellas mujeres.

En reconocimiento a las religiosas Mercedarias, Teatinas y a las Esclavas del Sagrado Corazón