Hace un par de días he empezado  a ver una nueva serie en Amazon Prime, “Madres”. Me imagino que nos pasa a casi todas, con la edad, cada vez me gustan más las películas, las series, con las que me puedo identificar. Si no me puedo identificar, las que más me interesan son las que tratan temas relativos a la mujer, porque me gusta confirmar, que al final y aunque distintas, no somos tan diferentes unas de otras .

Le dije a mi hija que me estaba gustando esta serie y le sugerí que la viera. Mis hijos son verdaderos devoradores de series, pero cuando le dije el título y de qué trataba: la vida de diferentes madres en un hospital con sus hijos, con distintas enfermedades y problemas,  me contestó que no, que lo que le estaba contando le daba una pereza horrible. “Esta serie es para vosotras, las mayores“. ¡Y nosotras que todavía nos sentimos tan jóvenes, llenas de futuro y que entendemos todo!

La serie tiene un punto triste, porque versa sobre lo que sufren las madres y los padres, pero sobre todo las primeras, cuando sus hijos tienen problemas. La relación que se establece entre diferentes mujeres que se pasan grandes temporadas en los hospitales, al lado de sus hijos, cuando están enfermos o con problemas. Cómo les cambia la vida, y, sobre todo, lo difícil que al final es ser madre. Cómo, después de ese esfuerzo, esfuerzo que realizan de mil amores, porque les sale de dentro, reciben, en muchos casos, malas reacciones, airadas y desconsideradas de sus hijos. Cómo, muchas veces, centrarse tanto en los hijos supone la ruptura o la mala relación con la pareja. Cómo, aunque todo esto ocurra, allí seguimos, al pie del cañón, contra viento y marea y pase lo que pase.

Aunque lo que retrata son situaciones límite, de hijos con anorexia, que han tenido accidentes gravísimos, que padecen cáncer…  y eso, gracias a Dios, no es hoy por hoy mi caso, sí que de alguna manera me siento reflejada  en esa realidad. A veces, parece que cuanto más haces o cuanto más estás encima de algo, intentando que todo salga bien y ayudando a solucionarlo todo, más te estrellas y más sufres las iras y los desaires de los hijos. Y aunque sabes que te quieren mucho, con  algunas de sus contestaciones y actitudes te hacen replantearte si no tendrías que cambiar de táctica, de actitud, de cómo relacionarte…

Pero al mismo tiempo me he dado cuenta que eso es casi imposible. Intentar cambiar el ser simplemente madre, y no estar encima de nuestros hijos, aunque ya sean mayores y hagan su vida, es muy difícil, para algunas casi imposible. De alguna manera es como si nos grabaran a fuego que somos ante todo madres. No podemos evitarlo. Cuidarlos, intentar protegerlos, comprometernos con ellos en cualquier circunstancia y situación, dar lo mejor de nosotras, hacerlo con ellos lo mejor que podemos y sabemos… nos sale de manera espontánea.

Como si no tuviéramos bastante con nuestros hijos, muchas veces seguimos ejerciendo esa función más allá. Y nos convertimos en “madres” de nuestros hermanos e incluso de nuestros padres mayores, a veces con facultades mermadas o dependientes. Eso, aunque ninguno de ellos quiera y nos pida que no les digamos lo que tienen que hacer ni cómo tienen que actuar.  Les observamos, creyendo que no nos ven, pero se dan cuenta y eso les pone negros. “Mama, no me mires tanto, deja de observarme”.

Ser madre es profundamente complicado. Cada hijo es un mundo. No importa la edad que tengan, ni las circunstancias en las que se encuentren, allí estaremos nosotras para intentar arreglar y solucionar lo que sea necesario, dándolo todo, todo, por ellos, aunque el día anterior o la hora anterior, nos hayamos jurado y perjurado, y les hayamos jurado y perjurado, que no les vamos a dirigir la palabra, que vamos a cambiar de actitud, que no piensas volver a opinar de nada. Que, así como reaccionan ellos, vas a reaccionar tú, cuando te pidan algo. Pero volveremos a caer miles de veces, y siempre, al final, será lo mismo, porque así somos las madres, así nos sale y así seguiremos siendo.

Esto solo lo entendemos cuando somos madres. Todo aquello que dijimos que no haríamos porque nos parecía pesado, limitante y reiterativo en nuestra madre, de repente se torna natural en nosotras. Surge de manera espontánea. Y no solo es imitación; es instinto.

Os recomiendo la serie. Aunque no estamos en estos momentos para más situaciones tristes, reconforta confirmar lo que ya sabías desde que fuiste madre: que la misma palabra MADRE, abarca todo, y que cuando somos madres acabamos entendiéndolo todo. Lo que pasa es que hay que serlo para entenderlo.