El siglo XXI, y toda la revolución digital y sus avances tecnológicos, nos ha traído muchas cosas excelentes. Nos ha puesto el mundo al alcance de la mano, nos ha dado soluciones a problemas casi irresolubles, ha hecho que las comunicaciones no tengan límites. Estamos viviendo cosas fantásticas, la realidad virtual, la aumentada, los coches sin conductor, la creación de órganos artificiales, los smartphones, sin los cuales casi no concebimos nuestra existencia, miles y miles de cosas estupendas que a mediados del siglo pasado eran pura ciencia ficción. Pero me parece que no hemos sabido aunar todo ello con todas las cosas maravillosas que ya estaban ahí.

Somos tendentes a ir de un lado a otro y, cuando llega algo nuevo, queremos casi hacer borrón y cuenta nueva, perdiéndonos toda la riqueza que proporciona, saber aunar lo mejor de cosas diferentes. No hemos puesto interés en ello, porque podemos tener, lo que podríamos llamar, lo mejor de ambos mundos, esto es, lo mejor de las cosas que teníamos, con lo nuevo que se va creando.

Hemos hecho de lo efímero nuestro leiv motiv, y todo lo que perdura y permanece acaba pareciendo casposo y poco cool, y no solo eso, realizamos muchas veces actos para que eso que venía de antes desaparezca, o se diluya, como si no hubiera existido.

A menudo horroriza pensar que algo es para siempre, o para toda la vida. Casarse para toda la vida, tener un trabajo que te dure toda la vida, vivir en la misma casa toda la vida o veranear en el mismo sitio de toda la vida, se desprecia. Se tacha de cosas propias de gente corriente, incluso vulgar y obsoleta, gente que no sabe reinventarse y que se aposenta. Gente se ha hecho cómoda y no quiere hacer ningún esfuerzo para transformarse.

Pero esto, en mi opinión es la gran mentira del siglo XXI, es lo que hace que seamos esclavos del cambio para que nada nos parezca que pueda ser perpetuo o de por vida y nos lancemos a una vorágine de cambios y transformaciones que nos impide apegarnos mucho a las cosas para probar todo y no querer nada y sobre todo para justificarnos y justificar la falta de compromiso con nosotros mismos y con los demás.

En esa rotación y presunta transformación interminable dejamos cosas y personas en el camino que no se merecen ese comportamiento, pero nos decimos a nosotros mismos, que es consecuencia del mundo en el que vivimos, y de lo que éste demanda.

El mundo no demanda nada, somos nosotros los que demandamos o no demandamos las cosas, los que nos esforzamos o no nos esforzamos en algo, que no tiene porque estar en constante cambio, aunque pensemos o nos vendan que sí.

Creo que en este movimiento permanente, absurdo y superficial donde todo o mucho es de usar y tirar, confundimos lo accesorio de lo principal y, como no somos capaces de mantener las cosas o de luchar y esforzarnos por que estas se mantengan, haciendo todo el esfuerzo posible, no valoramos, sobre todo, lo importantes que son las personas que, con esfuerzo y tesón, saben mantener las cosas, cuidándolas con esmero y haciendo que duren mucho, mucho, tiempo.

Pues muchas de nosotras nos negamos a estar realidad ficticia que prima, y reivindicamos las relaciones de pareja para toda la vida, y si no son así, que no sea porque nosotras no hemos luchado por ellas. Reivindicamos el mantenernos en los puestos de trabajo o en la misma empresa hasta que nos jubilemos porque sabemos hacer bien el trabajo, nos esforzamos cada día en él, y estamos dispuestas a acoger en nuestro seno todo lo nuevo y necesario que esté por llegar y que aporte algo al bien común real y no ese del que se llena la boca esas personas que solo persiguen es su propio beneficio o imponer sus ideas.

Queremos vivir el paso de los años y de la vida con naturalidad y alegría, e incluso llevar el mismo pelo que llevábamos cuando teníamos quince años, porque nos hace sentirnos nosotras mismas. Queremos poder seguir disfrutando de nuestras amigas de siempre, sin cerramos a conocer a esas nuevas mujeres maravillosas que se cruzan en nuestra vida. Queremos mantener todo esto y mucho más, de forma perpetua, al igual que tenemos el amor nuestros padres, ese amor que nos hace sentirnos felices y tranquilas, y que se mantiene inalterable hagamos lo que hagamos.

Muchas de las cosas efímeras son bellas, pero muchas son de usar y tirar, y en cambio, lo permanente, lo que realmente interesa, es igual en el pasado, que en el presente, aunque algunos intenten convencernos de lo contrario, y seguirá siendo así en el futuro. Solo cuando volvamos a poner en su lugar todo esto, se reorganizarán las cosas ahora tan desordenadas.